Embriagado de mil copas una imagen femenina encandiló mi pupila. Sus pechos proclamaron mi cantar de cantares y el matiz del instinto entonó la lujuriosa sinfonía. Blanca degustaba la anónima copa de Merlot, mientras yo en la penumbra despunté el adjetivo, arma letal de conquista pasajera, palabra puente a su lecho rosa.
En vilo cual serpiente fijé la mirada en el cuello de la víctima. Un perfume celeste fraguó el torbellino, su aroma ligero empalagó el olfato trastocando mi sentido.
Entre ondulaciones del cabello en llamas, mi estrategia sucumbió a la danza del calipso cristal donde el acuoso metálico del
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