Enviado por Luis
el 17/02/2010 a las 19:38
La nueva editorial Silopsis, con sede en Barcelona, dará a conocer sus primeras publicaciones el día 31 de Marzo de 2010. Entre las obras editadas se encuentran antologías de los poetas españoles Carlos Marzal y Guillermo Carnero, además de una selección de poesía joven.
La antología de poesía joven incluirá a 75 poetas latinoamericanos y 25 españoles, menores de 30 años.
Entre los poetas chilenos seleccionados se encuentran Gladys González, Amanda Durán, Marcela Saldaño, Daniel Rojas Pachas, Pablo Paredes, Víctor Salinas Rubio, Diego Alfaro Palma, Elías Hienam, Enrique Winter, Diego Ramírez y Raúl Hernández.
La selección en Chile estuvo a cargo del profesor de linguistica de la Universidad Pompeu Fabra, Raimundo Mella.
Enviado por Luis
el 17/02/2010 a las 19:37
La nueva editorial Silopsis, con sede en Barcelona, dará a conocer sus primeras publicaciones el día 31 de Marzo de 2010. Entre las obras editadas se encuentran antologías de los poetas españoles Carlos Marzal y Guillermo Carnero, además de una selección de poesía joven.
La antología de poesía joven incluirá a 75 poetas latinoamericanos y 25 españoles, menores de 30 años.
Entre los poetas chilenos seleccionados se encuentran Gladys González, Amanda Durán, Marcela Saldaño, Daniel Rojas Pachas, Pablo Paredes, Víctor Salinas Rubio, Diego Alfaro Palma, Elías Hienam, Enrique Winter, Diego Ramírez y Raúl Hernández.
La selección en Chile estuvo a cargo del profesor de linguistica de la Universidad Pompeu Fabra, Raimundo Mella.
Enviado por degolando
el 18/01/2010 a las 22:50
Uno que otro
papel picado de las celebraciones en plaza Italia en medio de las corrientes de
aire circulaban por las elegantes calles de Providencia y Las Condes. Desde los
balcones de los edificios, las bandera chilena ondeaba al compás de la brisa,
la cual, supuestamente, trae consigo “aires de Cambio”.
Sin embargo, la
celebración estaba a ras de piso, el asfalto perfecto de las avenidas del
sector oriente. El motor de las camionetas cuatro por cuatro y los Mercedez Benz
rugía entre bocinazos y más banderas
chilenas que cubrían de un manto tricolor las grises avenidas capitalinas.
Más de algún
rubio o una rubia, impecablemente
vestido asomaba la mitad de su cuerpo por la ventana de un Mini cooper, o Volkswagen, o un Audi, entonando el grito de moda: “se
siente, se siente, Piñera Presidente”, pero entre aquellos que celebraban, no
faltó quien portaba una fotografía
Pinochet, el cual, santo patrono de la derecha, celebraba desde el averno el
primer triunfo electoral de la derecha desde el Jorge Alessandri Rodríguez.
Cuando subí al metro, el
fervor aún continuaba. Una pareja que hubiera encajado perfectamente en
comercial de dentífrico, usaba unas coquetas poleras blancas con la denominada “estrella
del cambio”, elemento que los creativos del abanderado de la derecha copiaron
vulgarmente a Lula da Silva. Recuerdo a una señora de extracción popular con
una vocación abiertamente aspiracional -su cabello estaba teñido de color
trigo, aunque la delataba la raíz negra – subió al metro con una sonrisa de
dientes amarillos. Ella era acompañada por dos o tres señoras más que decían:
se fueron, se fueron, se fueron… ahora nos toca a nosotros. Yo me reí en
silencio. Pensé pobrecitas, este gobierno no será de ellas, sino de quienes
andan en la superficie con sus lujosos automóviles… bueno, después se pegaran
el alcachofazo…
Después de unos minutos,
llegué a Recoleta. Subí por las escaleras de Estación Einstein, pensando hallar
una situación parecida a la de mi lugar de trabajo. Sin embargo no había nadie,
no había pabellones patrios, no había bocinazos- salvo uno que otro aislado- nadie cantaba
loas a Piñera ni mucho menos entonaba la canción nacional. Era un silencio
acompañado del tránsito de la circulación del transporte público y uno que otro
borracho esperando que la botillería de turno abriera tras el fin de la ley
seca.
Pese a la predecible
victoria de Piñera, llegué contento a mi casa. Todavía queda gente con algo de neurona.
Enviado por degolando
el 29/08/2009 a las 0:17

Yo soy muy pero muy volado. Durante mucho tiempo pensé que el plazo de entrega para el concurso de cuentos de revista Paula terminaba el día viernes de la próxima semana, pero no era así. Eran las cuatro de la tarde cuando me puse a revisar las bases del concurso y me di cuenta que debía entregarlo hoy a las seis de la tarde y no tenía anillados ni impreso las copias del cuento- eso sí estaba corregido, listo, pero de puro gil me iba a quedar sin concursar-... si a eso le sumamos que no tenía un peso en los bolsillos, la situación era un tanto complicada. Por suerte mi vieja tenía unos pesos así que partí rapidamente a imprimir las copias y anillarlas, eran las cinco de la tarde... me faltaba un sobre donde enviar las copias. No podía ser cualquiera. Debía aguantar el peso de cinco copias y después de recorrer todos los bazares del barrio, no encontré el apropiado, eran las cinco y cuarto y no había solución. Me resigné a perder la oportunidad de participar... me dio rabia y me fui refunfuñando, pegándole a un par de perros cajeros y me eché una paloma con un piedrazo.
- Diego, qué te pasa- preguntó mi tía que justo me vio de casualidad.
_ Tía, por hueón no voy a participar en Paula.
- Por qué, si tú hablabas a cada rato de eso.
- Sí, es que me falta un sobre... tengo todo listo, menos eso.
- Pero anda al centro poh
- Es que no alcanzo.
- A ver quieres un sobre.
- Sí.
- No importa que no sea muy ortodoxo
- No
- Ven a mi casa- fuimos, ella tomó papel de diario y con una habilidad prodigiosa armo un sobre lo suficientemente sólido para soportar el peso con un diario sobre la crisis financiera, deposité la historia, el sobre con mis datos y luego de reforzar la estructura con cinta de embalaje, partí rajado a dejar el cuento. Eran veinte para las seis. Debía cruzar Santiago en veinte minutos, sino quedaba fuera. La verdad es que el sobre era muy, pero muy ordinario, pero, al menos resistía. con ese paquete salí rajado a las oficinas de revista Paula. en el caminó boté una vieja, me saqué la cresta corriendo por la calle- tengo la mala costumbre de andar con los zapatos desabrochados- Casi un bus del transantiago me atropellan por cruzar con roja por Recoleta, pero a mi no me importaba. corría a lo forest Gump por el objetivo... debía llegar a las seis de la tarde sí o sí.
Tomé el metro en hora punta, sudado como cerdo. estaba tan hediondo a sudor que la gente no se me acercaba, además de tener la ploera empapada. Miraba el reloj a cada rato, y el metro parecía andar más lento que el tiempo. yo caminaba de un lado a otro del vagón con una cara de loco que hubiera asustado a fredy Krugger y la gente me miraba porque el papel de diario que pretendía ser un sobre, se veía horrorosamente mal.
después de rogarle a todos los santos- es bastante raro ver a un ateo rezando- me bajé en estación ñuble a las seis cincuenta y ocho minutos. corrí por el metro, tropezando con la gente que me estorbaba el paso. doblé por Ñuble y salí a Vicuña... corrí tan rápido que yo cacho que le ganaba a Bolt una competencia. Ni que me persiguieran los pacos...
Cuando llegué a la puerta de Copesa, el guardia estaba cerrando la puerta, me metí a la mala, lo reconozco. Eran las seis de la tarde en punto y dejé el cuento a las seis con treinta segundos.Al pasar el papel de diario, la secretaria se mató de la risa. Es que soy ecológico y reciclo- me saqué el pillo- y salí contento. Cagado de la risa... sin embargo al rato después pensé... por qué me esforcé tanto si ni siquiera estoy seguro que voy a ganar.
Enviado por degolando
el 05/08/2009 a las 13:17
Me paré en la puerta de su trabajo para ver si la hallaba. Nunca la conocì personalmente, pero podìa reconocerla con los ojos cerrado.Había visto su foto aca en bligoo todos los días desde noviembre a la fecha, por ello su rostro de nariz grande y cabello castaño, ojos tiernos, me resultaría familiar.
Estuve sentado en la esquina de Bandera con Alameda, aguardando, impaciente, miraba el tráfico de Santiago, miraba a la gente para ver si ella aparecía y cuando estuve casi una hora, me di cuenta de lo estùpido que era al perder mi tiempo en un amor post modernista...
Enviado por degolando
el 03/08/2009 a las 22:15
Embriagado de mil copas una imagen femenina encandiló mi pupila. Sus pechos proclamaron mi cantar de cantares y el matiz del instinto entonó la lujuriosa sinfonía. Blanca degustaba la anónima copa de Merlot, mientras yo en la penumbra despunté el adjetivo, arma letal de conquista pasajera, palabra puente a su lecho rosa.
En vilo cual serpiente fijé la mirada en el cuello de la víctima. Un perfume celeste fraguó el torbellino, su aroma ligero empalagó el olfato trastocando mi sentido.
Entre ondulaciones del cabello en llamas, mi estrategia sucumbió a la danza del calipso cristal donde el acuoso metálico del párpado en-cripta la noche.
En silencio preparé la caballería. El verso me acompañó tembloroso ante el campo inexpugnable del escote, hábitat natural del índice escarpelo quien libera en el desliz un minúsculo alarido.
Empapado del signo lascivo arribé a la ninfa sin cautela ni prejuicio. Mi mano arácnida trepó por el dedo y mi boca ajustó la fina caricia del habla. El veneno surtió efecto a través de una piel erizada y la sonrisa perla que denota nerviosismo. Blanca cayó a la llamarada lila, rodó en el pecado, bañando la colcha de residuo salino.
Mi dulce Blanca agitó el pecho con el jardín de mis adjetivos. Mi lengua anidó en el vello crepúsculo, frontera ermitaña del rayo fotoeléctrico, tierra prometida del amante furtivo y el cazador de incandescentes soles capturó en la retina memorias insomnes del cuerpo del delito...
El meñique escala en melódica vértebra, un lamento vibra en el espejo, armonizando cuerdas de soprano para una ópera geométrica:
Primer acto…
Relinchan catres jubilosos.
Segundo acto…
Mi diente enclaustra la carencia de lácteo
Tercer acto…
La cobra descubre la calida humedad del labio. Arremete en la madriguera
Cuarto acto…
Germina espuma lechosa
atando partículas radioactivas,
enciendes fulgores atómicos
en la nebulosa incierta tu ojo
y revolotea el parpado
en la mañana de Hiroshima…
Blanca aguardaba enhebrar mariposas matutinas, alimentar oníricos destellos con una taza de café. Ella pretende cazar a la víbora- con cascabel incluido- sin embargo, el alba es una luz amenazante. La serpiente repta sigilosa buscando refugio en el recuerdo coital.
Al verla dormir bajo el grávido sueño, me inclinó ante ti lujuria a quien regalo este cuerpo como brindis al claroscuro.
Enviado por degolando
el 22/07/2009 a las 17:34
Anoche murió una persona y nadie le importó. Cayó desde el segundo piso por culpa de la borrachera. Su cabeza se estrelló contra una piedra y sus sesos se regaron por el piso. Los que escucharon el golpe dijeron que se oyó igual a una explosión de calefón, algunos, los más curiosos vieron el espectáculo sin impresionarse en demasía -han visto cadáveres con dos balas en la cabeza, con los intestinos colgado por el ombligo o desangrándose en la vereda. La violencia de los narcos es así. Los ajusticiamientos y rencillas en la Pincoya son más comunes de lo que creemos- alguien puso su mano el la yugular del flaco sin detectar el menor atisbo de pulso.
Una señora cubrió los restos de Manuel con una sábana celeste. La policía llegó dos horas después del incidente – si mi amigo, el flaco Manuel hubiera sido de Las Condes, se hubieran peleado por llegar- encontraron al flaco muerto, con los ojos abiertos y perdidos mirando el cielo azul de Julio del 2007. La policía tomó fotografías, el flash iluminaba el piso con destellos blancos. Luego cubrieron el cuerpo con una lona negra, mientras un cabo servía café a los superiores. - Cuándo llegaran los del médico legal… cuándo llegará la fiscal.- preguntó un Carabinero intentando calentar el cuerpo dando pequeños brincos de conejo.
Tres horas después arribó la fiscal, cinco minutos más tarde apareció la camioneta de la morgue. Eran las seis de la mañana. El cielo adquirió un matiz plomizo y el aliento se convertía en vapor al escaparse del labio. La fiscal inspeccionó al difunto, hizo un par de preguntas , ordenó retirar el cuerpo. Los asistentes del médico legal extrajeron una bandeja metálica depositando los restos del flaco. El menos afortunado- un hombre gordo, ojos verdes- debió recoger con pala la masa encefálica del amigo de mi papá. En un balde guardó los restos y los dejó dentro del carro mortuorio. Cerraron la puerta trasera del vehículo. Los policías se despidieron de la fiscal y todos partieron.
Cinco minutos más tarde apreció un camión aljibe de la Municipalidad. Un funcionario se estacionó unos metros del lugar del incidente. Conectó la manguera en un costado del vehículo. abrió la llave. Un chorro de agua borró los restos de sangre.
Quien haya pasado por esa esquina jamás sabrá que alguien dejó la vida ahí.
Tampoco le hubiese importado.
Entrevista concedida a El Pais 08.02.2008
J. K. Rowling (Bristol, Inglaterra, 1965), Jo para los amigos, tiene la misma mirada, aterrada y feliz, de Harry Potter, su personaje de ficción. Escribió el primer libro porque lo necesitaba, y siguió escribiendo, hasta el número siete, que aparece ahora (el 21 de febrero en España; como todos, en Salamandra), sin mirar a los lados, sin fijarse en el gigantesco volumen de adictos, niños, jóvenes, adultos, que han hecho de este enorme libro de magia y realidad acaso el best seller más grande de la historia.
Harry Potter es su héroe; le salvó, y le ha dejado una secuela emocionante: lo ha abandonado, pero no puede vivir sin él. Nos lo dijo este último martes por la mañana en Edimburgo, donde vive desde hace años, en la única entrevista que ha concedido a un medio español.
Le llevamos un queso asturiano, para recordarle su premio Príncipe de Asturias de la Concordia, y saludos de la fundación que convoca esos galardones.
Alguna vez ha hablado, en sus entrevistas, de otro gran solitario como ella, de Francis Scott Fitzgerald. Nos pareció oportuno empezar por aquí a hablar con ella de la soledad y de la muerte, y de la melancolía, que son los asuntos que dominan en el último periodo de Harry Potter, acaso su álter ego.
Pregunta. Suele hablar usted de Scott Fitzgerald, un melancólico.
Respuesta. Sí, he hablado de él para hacer una distinción entre un escritor que por naturaleza y talento tuvo el impulso de escribir y que no pudo compaginar esa necesidad de escribir con su vida social. Lo mencioné porque en estos días tan mediáticos parece que existe la obligación de que el escritor sea un personaje público. En mi caso, la gente piensa que, como soy una escritora reconocida, debería ser buena dando entrevistas y saliendo en cámara. La gente espera verte disfrutar en programas de televisión y que te guste ser un personaje público, un performer. Pero no lo soy. Me gusta la vida del escritor. Disfruto de la soledad.
P. Es curioso, a veces en Harry Potter, sobre todo en las últimas entregas, hay un grado de melancolía, y de soledad, que recuerda a Fitzgerald.
R. Indudablemente. Es la melancolía que nace de una pesadumbre. Y Scott Fitzgerald tuvo dos pesadumbres: la pesadumbre de su talento y su necesidad de crear y la pesadumbre de su vida privada, que era catastrófica. Esas dos pesadumbres son suficientes como para llevar al alcoholismo a cualquiera.
P. Esas pesadumbres pueden venir de esa época entre la infancia y la adolescencia, cuando llegan los fantasmas y se quedan contigo para siempre.
R. Sí, creo que los adolescentes están muy cercanos a la muerte. Sienten que se les presiona tanto que, para ellos, la muerte está a un paso. Son personas muy frágiles. En Gran Bretaña hay una cultura de miedo hacia los adolescentes, hacia la juventud en general. Y no debería ser así. Tendríamos que estar protegiéndoles en lugar de protegernos de ellos.
P. Habla de la muerte. En los libros seis y siete de Harry Potter la muerte aparece no sólo como palabra o pensamiento, sino como una posibilidad, una evidencia y una realidad.
R. El plan siempre fue ése, que la muerte apareciera ahí. Desde que era niño hasta el capítulo 34 del séptimo libro, a Harry se le exige ser un hombre mayor en cuanto que se le obliga a que asuma la inevitabilidad de su propia muerte. El plan [de la serie de novelas] era que él debía tener contacto con la muerte, y con la experiencia de la muerte. Y siempre fue Harry, solo, el que debería tener esa experiencia. Todo me lo planteé a conciencia, porque el héroe tiene que vivir cosas, hacer cosas, ver cosas por su cuenta. Es parte de ese aislamiento y de esa melancolía que conlleva ser un héroe.
P. Ese capítulo 34 ["Tumbado boca abajo, con la cara sobre la polvorienta alfombra del despacho donde una vez creyó estar aprendiendo los secretos de la victoria, Harry comprendió que no iba a sobrevivir"] suena al principio de Cien años de soledad, de García Márquez.
R. Es muy halagador.
P. Es un libro sobre la muerte, y obviamente sobre la soledad, como el suyo... El personaje de Cien años... acompaña a su abuelo a ver el hielo, y usted lleva a Harry a visitar la muerte...
R. Para mí ese capítulo es la clave de todos los libros. Todo, todo lo que he escrito, fue pensado para el preciso momento en que Harry se adentra en el bosque. Ése es el capítulo que yo había planificado durante 17 años. Ese momento es el corazón de todos los libros. Y para mí es el verdadero final de la historia. Aunque Harry sobrevive, de eso nunca hubo dudas, él llega a alcanzar ese estado único y muy raro que es aceptar su propia muerte. ¿Cuántas personas tienen la posibilidad de aceptar su muerte antes de morir?
P. Es una experiencia cercana a todos. Cuando uno ha visto la muerte en una persona próxima se pregunta cómo será esa mirada que ya nunca veremos, qué pasará después.
R. Definitivamente. Y me resulta extraordinario que a pesar de que todos sabemos que vamos a morir, la muerte sigue siendo un misterio. Pensamos que la muerte es como algo secreto que le ocurre a muy poca gente. Y de pronto alguien cercano se muere y entonces cae la bomba. Harry tiene un entendimiento precoz de la muerte, mucho antes de ese capítulo 34. Y eso tiene un evidente paralelismo con mi vida. Si alguien de tu vida cercana se muere, como se murió mi madre, se vuelve explícito el hecho de que la muerte nos llega a todos. Y es algo con lo que has de vivir siempre.
P. Vivimos en épocas oscuras y tristes, lo dice usted en sus libros, y en éste especialmente. ¿Cómo vive usted esta época?
R. Tengo que creer en la bondad de la gente. Creo que la gente es, por naturaleza, buena. Pero actualmente sigo muy de cerca la política americana. Estoy obsesionada con las elecciones en Estados Unidos. Porque tendrá efectos profundos en el resto del mundo. La política exterior de Estados Unidos en los últimos años ha afectado, para mal, tanto a su país como al mío.
P. ¿Y si tuviera una varita mágica, qué haría?
R. Quiero a un demócrata en la Casa Blanca. Y me parece una lástima que Clinton y Obama tengan que ser rivales porque ambos son extraordinarios.
P. Esta mañana, al entrar en el hotel vi que llevaba The Times en la mano, y en la portada había una foto de Hillary llorando.
R. Bueno, era lágrima pequeñita. Y ella se puede permitir una lágrima de vez en cuando. La vida política es muy dura para una mujer. Si no lloras, eres una hija de puta. Y si lloras eres débil. Es difícil. En cambio, es aceptable llorar para el hombre.
P. Soledad, muerte. Hablamos de cosas oscuras. A lo mejor la literatura va de eso.
R. Bueno, creo que fue Tolkien quien dijo que todos los libros importantes tratan sobre la muerte. Y hay algo de verdad en eso, porque la muerte es nuestro destino y debemos afrontarlo. Todo lo que hacemos en la vida es un intento de negar la muerte.
P. Dijo usted que veía su alma como algo imperecedero.
R. Sí, es cierto. Pero también he dicho que tengo muchas dudas acerca de la religión. Me siento muy atraída por la religión, pero al mismo tiempo siento mucha incertidumbre. Vivo en un estado de flujo espiritual. Creo en la permanencia del alma. Y eso queda reflejado en el último libro.
P. ¿Qué le hace feliz?
R. La familia y el trabajo, obviamente. Me considero tan afortunada de tener una familia... Mis hijos son, por encima de cualquier cosa, lo más importante. Aunque es muy difícil compatibilizar el escribir con ser madre.
P. Antes de venir a verla le pedí al guionista español Rafael Azcona que me diese una pregunta para hacerle, y él me contestó que se lo preguntaría a su nieta Sara, de seis años, que es adicta a Harry Potter.
P. Eso es genial.
R. Pero usted dice que hay que leer sus libros a partir de los siete años.
P. Bueno, mi hija mayor tenía seis cuando empezó a leerlos. Siempre supe adonde iba con los libros. Así que sí, pienso que un niño de seis puede entender el primer libro [Harry Potter y la piedra filosofal] aunque el final es bastante tenebroso. El quinto libro es el más oscuro de todos porque hay una ausencia de esperanza, hay una atmósfera opresiva. Y creo que por eso a la gente no le gustó tanto. Aunque hay lectores que prefieren ese libro a todos los demás, pero son una extraña minoría. El quinto, el sexto y este último no creo que sean adecuados para un niño de seis años.
P. ¿Y cuando escribió el primero, pensó en un lector determinado?
R. Ése es el problema. Yo lo llamaba cuento infantil porque el personaje principal era un niño. Pero siempre fue un niño que quise hacer mayor. Y al final es un hombre, un hombre joven pero un hombre. Eso es lo inusual en libros infantiles: que el protagonista crezca. Y me alegra enormemente que la gente siga leyendo y disfrutando de los libros. Ellos se hicieron mayores con Harry Potter. Pero nunca pensé en los adultos como posibles lectores.
P. Peter Mayer, el editor, que fue el primero al que escuché hablar de Harry Potter en España, dice que la clave del éxito es que la serie se haya convertido en lectura para adultos.
R. Sí, es increíble. Sólo ahora soy capaz de mirar atrás y darme cuenta de todo. Durante 10 años no me permití pensar en ello. Creo que lo hice para protegerme. Es muy difícil vivir con esa presión, pero vivía negando los hechos, constantemente. Después de cada publicación hice un esfuerzo para no leer ninguna crítica.
P. La literatura salva a la gente, o ayuda a salvarse. ¿Cómo le afectó a usted escribir?
R. Le diré una cosa. A mí me salvó la vida el mero hecho de escribir el primer libro. Siempre me dicen que el mundo que inventé es irreal; fue eso lo que me sirvió para evadirme. Sí, es cierto, es irreal hasta un punto. Pero no porque mi mundo fuera mágico, sino porque todos los escritores se evaden. Además, yo no lo hacía sólo para evadirme sino porque buscaba aclararme con asuntos que me preocupaban. Asuntos como el amor, la pérdida, la separación, la muerte... Y todo eso queda reflejado en el primer libro.
P. ¿Y qué más le dio ese primer volumen?
R. Puestos en un nivel prosaico, escribir ese libro me dio la disciplina, el enfoque y la ambición, que en aquel entonces se reducía simplemente a ver el libro publicado.
P. ¡Cómo sería el día de la publicación!
R. Vi mi sueño hecho realidad. Fue un momento extraordinario. No me lo creía, estaba extasiada. Y de forma casi inmediata sentí como si un tren me estuviera empujando a toda velocidad por detrás, como en un dibujo animado. Pensé: "¿Qué me ha pasado?". Tres meses más tarde recibí un adelanto astronómico, según mis estándares de entonces. En esa época, alquilaba un piso, no tenía seguro, ni ahorros. Llevaba ropa de segunda mano. Ya sabe, el dinero escaseaba, y tener ese dinero de repente fue extraordinario. Esa noche no pude dormir. Al día siguiente empezaron a aparecer periodistas, me dieron un premio importante, me llamaron de The Sun para comprar los derechos sobre la historia de mi vida, y los periodistas empezaron a rondar por delante de mi casa. Y le diré una cosa: aquello me dio mucho miedo.
P. ¿Por eso teme a los periodistas aún ahora?
R. No, no los temo. Recuerdo a un par de periodistas en particular que intuyeron mi incredulidad y mi vulnerabilidad y me ayudaron. Uno de ellos me dijo que tenía todo el derecho a mantener a mi hija aislada de la prensa, porque siempre me negué a llevarla conmigo a las entrevistas y a que le sacaran fotos. Le estoy hablando de la prensa de este país, del Reino Unido. Así es como funciona.
P. Sus libros parece que están llenos de claves personales.
R. Tiendo a usar fechas significativas. Cuando necesito una fecha o un número, uso algo que está relacionado con mi vida personal. No sé por qué hago eso, es un tic. El cumpleaños de Harry es el mío, por ejemplo. Los números que aparecen o las fechas que vienen en los libros tienen relación conmigo.
P. Escribir su primer libro la extasió. ¿Y la presionó el éxito, saber que millones de personas esperaban sus textos?
R. Me tomé muy en serio no pensar en ello. Obviamente, hubo momentos en los que algunas noticias se filtraban, sobre todo durante los libros cuatro y cinco. Ahí sí que noté la presión, y creo que se hace evidente en la escritura.
P. ¿Cómo se encontraba?
R. Cuando llegué al cuarto libro estaba muy quemada. Había producido un libro por año durante cuatro años, mientras criaba a mi hija sola, sin niñera ni ayuda de ningún tipo. Me sentía exhausta. Y realmente pensé: "Ya no puedo más, tengo que parar". Y se lo dije a mi editor, que si seguía así no iba a poder seguir escribiendo. Y entonces conocí al que es ahora mi segundo marido.
P. Usted es Harry Potter. Y usted misma lo dice: "Harry es mío". ¿Siempre supo cómo iba a acabar? ¿Siempre supo que iban a ser siete libros?
R. Siempre supe lo que le iba a pasar. Desde el principio tenía toda la trama esbozada, sin los detalles, pero siempre supe que su historia se iba a terminar. Y ha terminado, aunque muchos fans están muy disgustados. No hay forma de hacer resurgir la historia de Harry. Su historia ha terminado. Pero terminarlo fue muy duro. Fue devastador.
P. El final es conmovedor: "La cicatriz [de Harry] seguía allí y después de 19 años ya no duele".
R. Es simbólico. Todos repetimos la mentira una y otra vez: que el tiempo lo cura todo. Y no es verdad. Hay cosas que no se curan, como cuando alguien a quien quieres muere.
P. Escribe también: "Harry Potter, el niño que sobrevivió". Lo dice el maestro, y dice que sobrevivió porque fue fiel a sus convicciones, gracias a ello venció a Voldemort. ¿Usted es así?
R. Me gustaría poder decir que sí porque creé un héroe con atributos heroicos. Leí en algún sitio: "Un héroe no es más valiente que los demás. Es tan sólo valiente durante cinco minutos más"... Harry es así.
P. En todos los libros hay la conciencia de que uno se puede salvar si tiene amigos, pero la historia de Harry es también una historia de soledad.
R. Estoy totalmente de acuerdo. Le he dado a Harry mi fallo, que es una tendencia a encerrarme, a aislarme cuando estoy bajo presión, triste o feliz. Tiendo a aislarme. Pero sé que eso no está bien, que no es saludable. Y eso se lo di a Harry. Aunque eso sea también lo que le hace heroico, lo que le prepara para actuar por sí solo.
P. ¿Harry es su héroe?
R. Sí, bueno, en la vida real mi héroe es Robert F. Kennedy. Creé a un niño que intenta actuar con moralidad, que a pesar de haber sido agredido y lastimado física y mentalmente aún sigue atraído por el lado bueno de las cosas. Y es genuino y leal, y yo encuentro heroicas todas esas cosas.
P. La gente se fija en las cifras de su vida, en lo rica que es, pocas veces en el ser humano; parece que la ven con la varita mágica, como Harry Potter.
R. Lamentablemente es así. Cuando veo mi nombre en listas de gente poderosa, cosa que hago poco, lo pienso. El poder no es algo que deseara, y además no tengo poder. Rica, sí, lo soy.
P. Imagínese que por un instante tuviera la capacidad de hacerse invisible.
R. ¿Hacerse invisible? Eso sería lo mejor...
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Un imperio en cifras
- Ventas. 400 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo de las siete entregas de la serie. - Fortuna. 810 millones de euros es la fortuna de Rowling.- Recaudación. 3.000 millones recaudaron en salas de todo el mundo las cinco películas basadas en sus obras. - Pujas. Por 28.000 euros se vendió en una subasta un ejemplar de la primera edición de la primera entrega. - Idiomas. A 65 lenguas se han traducido los libros, incluyendo el latín y el griego clásico. - Rechazos. 12 editoriales rechazaron el primer manuscrito. - Influencia. El mago ha inspirado a 200 bandas de rock.

Jorge Luis Borges
Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dió unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan tambièn para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Entonces me dijo con voz firme: -Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa -le contesté.
-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.
Y así lo hice.


Jorge Luis Borges
Clásico cuento de este poeta y escritor argentino a quien por su pensamiento político nunca le dieron el Premio Nobel de Literatura, aunque siempre estuvo nominado.
Jamás me lo van a otorgar, porque es un premio para mediocres, -solía responder a los periodistas que se lo hacían notar.
El Aleph
O God, I could be bounded in a nutshelland count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2
But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (ast the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hic-stans for an Infinite greatnesse
Leviathan, IV, 46
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos. Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. «Es el Príncipe de los poetas de Francia», repetía con fatuidad. «En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas.»
El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.
-Lo evoco -dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las compuertas a la imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:
He visto, como el griego, las urbes de los hombres, los trabajos, los días de varia luz, el hambre; no corrijo los hechos, no falseo los nombres, pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre. -Estrofa a todas luces interesante -dictaminó-. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero -¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?- consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema.
Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:
Sepan. A manderecha del poste rutinario (viniendo, claro está, desde el Nornoroeste) se aburre una osamenta -¿Color? Blanquiceleste- que da al corral de ovejas catadura de osario.
-Dos audacias -gritó con exultación-, rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito. Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí. Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, «para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri -los propietarios de mi casa, recordarás- inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer». Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el «salón-bar», inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad: -Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores...
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, «que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro». Acto continuo censuró la prologomanía, «de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios». Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar en el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, «porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad». Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió -salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! -repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
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