muestra cómo la cultura es capaz de instalar en su seno los valores más oscuros.
A raíz de los entierros colectivos descubiertos en las afueras de un hospital siquiátrico, en Austria, cabe preguntarse por quién es quien que decide el genocidio de grupos humanos completos, y en qué fundamenta su decisión, si es en defensa de la vida, de la pureza de una raza, de su fuerza, de su orgullo y creatividad?
Quién es quien que logra instalar sus valores de exterminio, en pro de la exaltación de una raza, en el corazón de la sociedad alemana y de su cultura?
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil...
Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes...
Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor...
Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra...
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mas que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: "Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estoy en un bistró que se llama Le timbre o algo muy parecido, en la rue Saint-Beuve, casi debajo de las ventanas de un departamento al que iba mucho hace cuarenta y ocho años, antes de que la mitad de mis lectores hubiera nacido. Era un sitio destartalado y espacioso donde vivían Sergio Castillo y Mario Carreño, donde había una gran olla que alguien revolvía siempre con un cucharón de palo y que humeaba siempre, y donde sucedían muchas cosas, muchos encuentros, las conversaciones más sorprendentes.
Pues bien, en Le timbre hay poco espacio, no es fácil entrar a las mesas ni salir de ellas, y se produce una proximidad y una inevitable familiaridad con la gente de las mesas vecinas. Por mi parte, me siento inspirado por sombras amistosas: Castillo y Carreño, algunos otros que acudían en forma habitual, como el pintor Camacho y el escultor Cárdenas, cubanos, o Alvaro de Silva, que había viajado con Neruda al Lejano Oriente, que después había hecho carrera en el cine incipiente de la India, había sido profesor de literatura en los Estados Unidos y había terminado por encallar en París, en un hotelucho de la rue des Carmes, con o sin aguacero.
Sombras, he dicho, amistosas, sin contar la que le da el nombre a la calle, el gran crítico del siglo XIX, el escritor de los Lunes, modelo lejano de nuestro Hernán Díaz Arrieta, Alone. Estamos sentados, pues, codo a codo con dos señoras que hablan en forma infatigable, incesante, informada, de literatura. Tienen varios libros dispersos en la mesa, de modo que no es fácil hacerles un espacio a los platos y a la copa de vino. Y entre los libros, tres volúmenes completamente inéditos, de formato pequeño, de no más de ochenta o cien páginas cada uno, de Mario Vargas Llosa.
Mi compañera de mesa pregunta por el segundo de los volúmenes, cuyo título no alcanzamos a leer, y una de nuestras vecinas, amable, sonriente, lo exhibe ante nuestra vista: Medio siglo con Borges. Resulta que la vecina es la editora actual de los Cahiers de l’Herne y de la editorial del mismo nombre. En mis buenos tiempos, conversé un par de veces con Dominique de Roux, el fundador y primer editor de aquellos célebres cuadernos, que agruparon a la vanguardia, a la literatura más incisiva, más provocativa, más avanzada de aquellos años. La señora del lado mío, la actual editora de l’Herne, me mira de soslayo con cierta curiosidad, la del frente se ríe, mi compañera de mesa da mis señas, cosa que no suelo hacer, y a los pocos días me llegan los tres libritos, recién salidos del horno, con una tarjeta de saludo. En París pasan estas cosas.
En París, a pesar de la fama de malas pulgas que rodea a sus habitantes, existe, al mismo tiempo, una especie de complicidad, una conciencia difusa y un evidente orgullo de ser parisino. Sólo he observado un sentimiento comparable en Nueva York, entre los neoyorquinos. La gente se saluda en los ascensores y los vecinos de mesa en los restaurantes suelen hacerse una venia, o cambiar, en la hora del café, un par de palabras: costumbres civilizadas que nosotros, en Chile, todavía no aprendemos, y que aquí, por suerte, perduran.
Abro y me leo en poco rato el primero de los cuadernillos, el de Borges. Comienza con unas Preguntas a Borges formuladas en París, en la segunda mitad de 1964, y publicadas en Expreso, de Lima, a fines de noviembre de ese año. Eran tiempos en que nos veíamos con Mario casi todos los días. Se podría agregar algo más, propio de una biografía o de una autobiografía literaria. Era un período de intensa evolución intelectual, de formidables descubrimientos, de apasionados rechazos. Vargas Llosa, por ejemplo, se alejaba notoriamente de la órbita de Jean-Paul Sartre, en la que se encontraba sumergido hasta la camisa en los días de nuestro primer encuentro, e ingresaba a tientas, con paso lento, pero seguro, en la de Jorge Luis Borges, Albert Camus, algunos otros. A Borges, como es lógico, le pregunta por sus preferencias en la literatura francesa y el maestro se refiere a tres escritores: a Michel de Montaigne, a Gustave Flaubert y a un escritor “personalmente desagradable, a juzgar por sus libros, pero que se esforzaba por ser desagradable y que lo ha conseguido”, que era Léon Bloy. Lo que le interesaba en Bloy era una idea recogida en sus lecturas de cabalistas y de escritores místicos, del estilo de Swedenborg, el sueco, según la cual el universo “sería una especie de escritura, como una criptografía de la divinidad”.
Sacamos una conclusión: Borges, hombre de libros y de bibliotecas, se fascinaba ante la noción de que el universo pudiera ser un libro abierto, escrito por Dios y que uno intenta leer con asombro, con dificultad, con interpretaciones aventuradas, inseguras. Mario le pregunta a Borges por los dos Flaubert que él encuentra, el de las novelas realistas, como Madame Bovary, y el de las grandes reconstrucciones históricas. Borges contesta que hay un tercero, y es el que le interesa más: el de la novela experimental, inacabada, póstuma, Bouvard et Pécuchet. Dos escribientes jubilados se encuentran en uno de los muelles del Canal de San Martín, muelle que lleva nombre de batalla napoleónica, vía acuática que es una de las obras urbanas más ambiciosas de Napoleón Bonaparte, y deciden reunirse todos los días para seguir escribiendo, llenando papeles, investigando temas diversos y aparentemente inútiles: las urnas griegas y romanas, por ejemplo, las alas de las mariposas, las costumbres de las abejas o de las hormigas. El libro que van a escribir, que se escribe frente a los lectores, es melancólico, humorístico, de una ironía sangrienta. A veces nos reímos a carcajadas, mientras los dos escribientes o escribidores, encorvados sobre sus mesas de trabajo, prosiguen su tarea con terquedad, con voluntad indomable.
El lector empieza a descubrir una noción de la naturaleza humana, de la necesidad misteriosa de la escritura, del libro del universo, que los dos improvisados amigos se han propuesto completar a la manera de un mosaico. Nos quedamos pensativos. Volvamos por un momento al realismo de La casa verde, pensamos, pero no dejemos de lado el enigmático, el infinito Bouvard et Pécuchet, obra final de un lector de Montaigne, de Flaubert, de Schopenhauer y de Swedenborg, el del universo concebido en forma de biblioteca.
La
vieja razón a veces parece tan fría… ¿dónde es que los mortales pueden
encontrar algo que realmente los haga grandes? Nuestras acciones deben
ser controladas por nuestro pensamiento, porque si nos dejamos llevar
por los impulsos ciegos de nuestros corazones, nos perderíamos en una
serie de sinsentidos mayores aún que el sinsentido diario al que
estamos sometidos. Entonces ponemos como salvaguarda una serie de
premisas de orden práctico, ético e incluso trascendental. Pertenezco a
la raza con vocación de exceso y he sufrido ya las consecuencias de los
mismos más de una vez… ya no soy tan joven como para soportar lo que
alguna vez fui capaz de tolerar con soberbia.
Pero una vida enmarcada en el
contexto de la moderación es siempre una vida de fuerza contenida. Los
que amamos muchas veces dependen de nosotros, además, como todos,
tenemos un cierto apego por nuestra vida y queremos conservarla porque
estamos seguros de que no tenemos otra, o, en caso de sostener alguna
creencia inverosímil, tenemos un instinto de auto conservación que
domina a todos los demás, tanto para el bien propio como para el de la
especie. Por ello no cedemos al exceso que desea todo el resto de
nuestra naturaleza. Nos cuidamos y cuidamos de los que amamos.
¿Dónde entonces puede escapar el
impulso arrollador del deseo? La gente que es adicta a las compras
tarda demasiado tiempo en darse cuenta de que si la última compra no
fue capaz de darle satisfacción, es muy probable que tampoco lo haga la
próxima. El más delicioso banquete termina hastiando nuestros
paladares y si la comida es excesiva nuestro aparato digestivo nos
pasará la cuenta con verdadero resentimiento. No puede el macho amar a
todas las hembras ni la hembra a todos los machos y para qué hablar de
las pasiones que no siguen la regla convencional. A ello se deben sumar
los deseos que no dejan de existir por muchos que su objeto sea
imposible de realizar o conocer: el deseo de inmortalidad, de recorrer
el universo más rápido que los cuerpos más veloces, de ver a los
faraones del pasado, de desentrañar por fin el misterio del origen de
todas las cosas.
La lentitud de la razón ha sido
inversamente proporcional a sus logros. Los filósofos que soñaron con
las respuestas disponibles hoy murieron hace miles años y en miles de
años recién podrán conocerse las respuestas a mis preguntas o las
preguntas que desconozco. No tengo el tiempo, mi vida es breve.
¿Acaso por ello deba contentarme
con aceptar las respuestas del sacerdote, por mucho que violenten a mi
inteligencia que le grita un gigantesco mentís? No. Ello no sólo sería
deshonesto, sino que además imposible. Ahí estaría constantemente
vigilante mi razón diciéndome que el cura miente y acusándome de
cobardía.
¿Adónde puede viajar entonces mi
impulso devorador de soles? ¿Dónde puede mi consciencia encontrar la
satisfacción a todo su monumental deseo? Allí adelante, ya sea con los
colores de la pintura o los vidrios, el maleable metal, o las meras y
volátiles palabras que se fijan en las pantallas, está la posibilidad
de que nos creemos mundos. Como ejemplo, están allí todas las
creaciones de nuestros ancestros y de nuestros contemporáneos, quienes
haciendo uso de su imaginación nos mostraron que otros mundo sí son
posibles para la consciencia que no está dispuesta a engañarse, pero
que tampoco puede renunciar a sí misma.
Las más bellacas acciones y los más
grandes temores se transforman en aventura para Conan Doyle o
Lovecraft. Dalí vulnera todas las leyes de la física y derrite los
sólidos sin perder sus propiedades, mientras que los hombres nuevos
nacen de huevos con formas de mundo. Los poetas han ensalzado hasta la
redención los deseos más inmorales y Edipo es celebrado pese a que
rompió el último de los tabúes. En el arte estamos más allá de la
realidad sin perder nuestro sentido de la misma. Nos abandonamos a
mundos divinos sin tener que engañarnos con crueles dioses
inexistentes. En el arte la ficción no abandona a la verdad ni la
verdad a la ficción y la falsedad por fin desaparece.
El arte es la inmortalidad de los mortales que los dioses, de existir, envidiarían.
Recientementehemos
vistocomodescaradamente,activistas políticos de la Concertacióndesignados en cargos vinculadosal desarrollo cultural, sectarios por resentimiento conpánicoa perder el exiguo poder, matan moral y socialmentela historia regional y la gestiónde sus personajes. Cuando estos últimos no son de sus filas.
Indudablemente,la ocurrencia deestas estrategias políticas vienende susguaridascentralizadasen Santiago,donde habitan los seres pensantes,acáen la Provincialas“Jefaturas” designadasbajoespurios “concursos” para ocupar cargos en la
administración pública inherentesainstituciones
culturalessolo ejecutan instrucciones.Al mas puro estilode la antigua
Unión Soviética.
Es decir,las iniciativas y gestión de cada obrapertenecíaa la gerontocraciadel Kremlin, por eso,los
funcionarios designados a cargodelas instituciones del Estado,para congraciarseconsusmentores políticosdebían obligadamenteubicar en cada obraimportante inauguradapara el “pueblo”o mas bienpara satisfacción del ego- como
ocurrió recientementeen una
instituciónculturalenTemuco
- ungranpanelcon los nombresdelos seres pensantes.Y de ahíhacia abajo.
Estoesaberrante y perverso, engendra odiosyrencores,esel
germenparaque los ciudadanos pierdan la noción de pertenenciaa la Regióny a la ciudady se sientansicológicamente
excluidosdelaporteque han hechopara el desarrollo
de la Región.En el futuro Gobiernode Sebastian Piñeraharemos
absolutamentetodoslos cambiosnecesariospararespetaral hombre ysus obras que dieron origen a la creación de
cultura;porque no necesitamos “vestirnos con ropa
ajena”.
En la nueva
concepción valórica y éticaseincluyeelrespeto
al derechointelectual autoriaygestiónde los grandes proyectoslideradospornuestragente de la IX región.No nos importaen que vereda política se encuentren, les
otorgaremosel derechobien ganadoa sermencionados, reconocidos y honradoscomo ciudadanos, cuyo aporte intelectual o materialen el ámbito de la cultura ayudóa crear nuestra identidady demuestrala fuerzay elsignificadoque tiene la IX Región.en el corazón de sus habitantes.
De acuerdo a la literatura existente en las ciencias sociales especialmente en Antropología, cada comunidad mapuche, cuyo hábitat natural es la novena región en el siglo disponían de 19 de 5 sitios destinados a la sepultura de sus difuntos. El catastro de reducciones que maneja la CONADI indica que hay sobre 2000 comunidades o reducciones en las regiones octava, novena y décima..
En consecuencia, teóricamente estamos asentados sobre 10.000 cementerios indígenas con características arqueológicas, sin mencionar aquellos sitios donde fueron sepultados personas de este grupo étnico de manera aislada. Esta característica específica otorga un perfil antropológico y arqueológico a la novena región muy singular y especial para el tratamiento del patrimonio cultural.
Veamos, los hallazgos arqueológicos situados cronológicamente en un rango de de cien a doscientos años, tienen sobrevivientes que habitan en las diversas comunidades mapuche del presente. En consideración a esta realidad proponemos que a la región se declare de “alta sensibilidad “antropo-arqueologica”. En el presente, la aplicación de la Ley del Medio Ambiente que obliga a las empresas y al Estado a realizar estudios arqueológicos para el desarrollo de proyectos de desarrollo, se cumple en cierto nivel de importancia.
Los estudios en cuestión privilegian el rescate de eventuales evidencias culturales sin considerar los sentimientos afectivos de los sobrevivientes mapuche del lugar, quienes observan como un Huinca designado por el Estado guarda en una caja las osamentas de sus abuelos o tarabuelos, tíos o parientes consanguíneos que después de este procedimiento administrativo o con fines de investigación científica ellos nunca mas verán.
Lo mas invasivo y contrario a los derechos de los muertos para descansar en paz bajo el sub suelo, excluye a los habitantes de la comunidad, para opinar u oponerse a la excavación de sus cementerios ancestrales. Porque según la Ley de Monumentos Nacionales el hallazgo pertenece al Estado de Chile, en lineas generales es un vasallaje camuflado de legalidad - una contradicción increíble - en los últimos 20 años donde los gobiernos de la concertación hablan en el discurso de la deuda histórica con el pueblo mapuche; en la practica no se respeta el sagrado derecho de honrar a sus muertos y dejarlos descansar en paz en paz.
Nuestra propuesta, apunta a que los estudios arqueológicos y antropológicos, en la región establecida previamente la legitimidad deben ser discutidos por la autoridad política y por la autoridad étnica. Actualmente hablamos de “rescates” arqueológicos como medida de protección del hallazgo de osamentas o materiales culturales patrimoniales, pero nunca sabemos hacia donde son derivadas las osamentas y el fin que tendrán a lo largo del tiempo.
¿Que respondemos a los sobrevivientes?. ¿Como autoridad política? En segundo lugar el Estado debe asumir la responsabilidad de financiar la sepultación de aquellos restos humanos denominados hallazgos arqueológicos que deben ser dignamente sepultados en cementerios reconocidos legalmente ubicados en las comunidades mapuche.
En tercer lugar, como futuro Gobierno, debemos proponer entre los especialistas bajo el alero de las universidades la redacción de “términos de referencia” para actuar en situaciones de rescate de osamentas y o alfarería con la participación de lideres de las respectivas comunidades. En cuarto lugar, generar un amplio programa de capacitación y actualización de conocimientos legales en el interior de las comunidades mapuche para difundir las políticas gubernamentales sobre este tema e incentivar a los habitantes a exigir el respeto por sus cementerios llamados arqueológicos. Con el propósito que sean los portadores de la cultura mapuche quienes tomen la decisión final sobre las políticas y derechos de los muertos denominados arqueológicos por y por ultimo respetar el deseo de mantener a sus a ancestros en aquellos lugares donde fueron originalmente sepultados por sus antepasados.
En resumen, el respeto a la cultura mapuche no excluye a sus muertos, el nuevo Gobierno de la Alianza por Chile los dignifica adoptando medidas de protección y derechos para los sobrevivientes hacia allá propenden las nuevas políticas del Estado respecto al patrimonio cultural arqueológico. La forma de actuar frente a este tema humanitario, social y ético es un derecho de los descendientes mapuche de igual forma como tenemos nosotros sobre nuestros familiares fallecidos.
Ha habido muchos, seminarios, charlas, capacitación y conferenciasrespecto alcambio cultural.Algunos eventos
congregan a empleados y profesionalespara capacitarlos respecto a estrategias para enfrentar el cambio, con
nombressugerentes como ·”Resistencia al
Cambio”, “Preparémonos para el cambio”, etc, etc. Como si estos procesos
inherentes a la culturafuesen una
pandemia que amenaza a la humanidad.
No se expone, que el cambio cultural esta presente en la
conducta humana desde siempre y para todos quienes vivimos en una sociedad. No es
un fenómeno nuevoque llegará como una corriente de transformaciones avasalladora y
excluyente nunca jamás vista.No obstantela nueva gestión que esperamos realizarjunto a nuestros representantes políticos
cambiará viejos y gastados paradigmas que se han quedadoen nuestra sociedadbajo la creencia que – La tradición se
transforma en Ley – Habrá transformacionesmodernas, eficientes, dinámicas,que acojan confuerzay optimismoa ciudadanos altruistas.
La gestión moderna de un Estado, elimina por Ej.,la cadena de intermediariosde todo pelajeparacrear empresasrentables,
pequeñas, medianas o grandes. Los cambios de paradigmas previstosen diferentes áreasde la vida social, económica y cultural le
hará bien a Chiley su gente,a esto llamamos cambio dirigido.Nunca inalterable,si no, participativo, integrador,informado,porque la sociedad tiene capacidad de adaptación,filtra aquellos elementos no operacionales y reemplaza
porotrosque funcionan de acuerdo a un nuevo estilo político.
Asífuncionala retroalimentación,desde la
cúpula a la base y viceversa Y no
esperemosque el Gobierno piense por
todos yproponga todo.Llegó el momentodeliderar, captar, aprehender,internalizar,cual esel bien comúny no dejar que las corrientes de cambiosimposibles de detener, transformen a Chileen una gelatina derramada en el piso de la
cocina,donde una parte escurre hacia
allá y otra hacia cualquierlugar.Aquí intervienen los líderes, personasinnatas para guiar a una sociedadhacia el camino del éxitoy la plenitud.
En este
sentido cabe aclarar que la concertación como elemento histórico de lucha se ha
autonombrado protectora cultural de nuestro país, durante años se ha jactado
gracias a operadores políticos (por lo demás con muy buena remuneración)
pertenecientes “al mundo de la cultura” de los grandes avances en la materia,
Pero cabe la pregunta avances qué privilegian a quién, hay resultados realmente
concretos o sólo el cumplimiento de indicadores cuantitativos para dejar
contentos a la estadísticas y justificar acciones que sólo los favorece a
ellos.
Como
profesionales nos preocupa la cultura, la cual como decimos cada día se
transforma dinamiza ycambia, Chile,
debe estar presente en este proceso, debe reorientar su mirada y entender que
la cultura es un todo en nuestra identidad, no sólo se trata de libros, que
muchos no saben leer o de museos que muy pocos visitan o de poetas que ya no
recitan, se trata de Chile en su raíz más profunda.
Como
profesionales de Renovación Nacional, sabemos eso y nos preocupa, es por eso
que junto a Sebastián Piñera, a nuestros diputados y senadores hemos asumido el
compromiso de trabajar por la cultura de nuestro país, no solo proponiendo
ideas si no tomando un rol activo entendiendo los grande cambios culturales se
dan en el continuó avanzar de una sociedad y su gente, no con una política que
diga lo que es cultura y lo que se debe privilegiar, si no apoyando a gestores
de la cultura que son cada uno de los chilenos.
Charles Lindbergh, célebre aviador norteamericano, nació en el seno de una familia de inmigrantes suecos. Su padre ejerció la abogacía y más tarde fue congresista, tribuna desde la que mostró su oposición a la entrada de los Estados Unidos en el Primera Guerra Mundial; su madre era profesora de química.
Muy pronto el joven Charles comenzó a mostrar interes por las máquinas. En 1922 abandonó sus estudios de ingeniería mecánica, se unió al programa de entrenamiento de la escuela de vuelo y mecánica en Lincoln (Nebraska) y compró su propio avión, un Curtiss JN-4, de nombre Jenny, un avión usado de la primera guerra mundial, y se dedicó a dar exhibiciones de aviación por todo el país.
En abril de 1923, mientras visitaba a unos amigos en Arkansas, Lindbergh realizó su primer vuelo nocturno sobre el Lago Village y el lago Chicot. En 1924, empezó un entrenamiento de piloto con la Fuerza Aérea Norteamericana. Durante este tiempo también realizaba trabajos de mantenimiento a aviones en Billings, Montana, trabajando para el aeropuerto internacional de Logan.
Al terminar el entrenamiento, fue el mejor alumno de su clase. Consiguío un empleo como jefe de pilotos en una ruta de correo aéreo operada por la compañía Robertson Aircraft Co. en San Luis, Missouri. Fue reconocido por llevar el correo aéreo bajo cualquier circunstancia climática.
Después de un accidente, incluso, salvó bolsas de correo sacándolas de su avión que se incendiaba, e inmediatamente se comunicó con el administrador del aeropuerto para que le enviaran un camión. En 1919, un empresario de hoteles de Nueva York, Raymond Orteig, ofreció un premio de $25,000 dólares al primer hombre que hiciera un vuelo sin escalas desde Nueva York a Paris.
Este premio llamó la atención de muchos aviadores en todo el mundo. También se permitía hacer el vuelo desde París a Nueva York. Los primeros que intentaron el vuelo fueron los héroes de guerra franceses Capitan Charles Nungesser y su navegante Raymond Coli. Despegaron el 8 de mayo de 1927 desde Nueva York. Ambos desaparecieron durante la aventura. El último contacto que se tuvo con ellos fue cuando cruzaron la costa de Irlanda.
Otros equipos, incluyendo a famosos héroes de la primera guerra mundial como René Fonck, Clarence Chamberlin (quién realizo el segundo vuelo sin escalas cruzando el atlántico dos semanas después que Lindbergh) y el Almirante Richard E. Byrd, compitieron tratando de ganar el premio Orteig.
Durante la carrera hubo otras muertes por accidentes e incendios de aviones. Lindbergh obtuvo fama internacional al ser el primer piloto en volar solo pilotando un aeroplano monomotor, en un vuelo sin escalas a través del Oceano Atlántico. Voló desde el campo aéreo en Long Island, Nueva York, hacia el aeródromo Le Bourget, París, los días 20 y 21 de mayo de 1927 en 33.5 horas.
Su avión era de un sólo motor, llamado el “Espiritú de San Luis”. El Presidente de Francia le rindió honores, y a su regreso a Estados Unidos, una flota de barcos de guerra y aviones lo escoltaron a Washington, D.C. donde el presidente Calvin Coolidge lo otorgó la distinguida Cruz de Vuelo el 11 de junio de 1927.
En 1929 se le otorgó la Medalla de Honor por su histórico viaje trasatlántico. Se casó en 1929 con Ana Morrow, hija del embajador de Estados Unidos en México. Entre 1931 y 1935 Lindberh inventó un corazón artificial. En marzo de 1932, su hijo de veinte meses de nacido fue secuestrado y asesinado.
A raíz de este hecho se aprobó la ley Lindbergh que convirtió al secuestro en crimen federal, si la víctima cruza la línea estatal. Recibió la medalla de honor del ejército nazi, por lo que fue fuertemente criticado. Fue congresista y se opuso a la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial.
Renunció a sus comisiones de la fuerza aérea. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, quiso volver al ejército, pero fue rechazado. Aún así, siendo solo un asesor, lideró cincuenta misiones de combate de la fuerza aérea norteamericana, como civil. Eventualmente participó en el desarrollo del Boeing 747 Gano un premio Pullitzer en 1954, por la publicación de su libro “El espiritú de San Luis” donde relata ampliamente sus experiencias ensu vuelo trasatlántico. Lindbergh murió víctima de cáncer el 26 de agosto de 1974 en su hogar en la isla Hawaiana de Maui.
El calendario maya permite la sincronización mas completa
del hombre con el tiempo real.
Liberándolo del aspecto ilusorio de la vida que lo priva
de su conexión e integración como ser cósmico
que es.
Los Mayas tuvieron como nadie un conocimiento y medición
del tiempo con una exactitud que nos sorprende.
Su medición de la distancia al sol y a los planetas es solo
igualable con las que hoy día logra la NASA con su actualizado
instrumental.
Entrar en este conocimiento es entender la multidimencionalidad
del hombre y su trascendencia y es un valiosísimo instrumento
de autoconocimiento como la aventura sagrada que es.
Contáctate con tu energía
esencial para saber quien sos, de donde venís y hacia donde
vas.
Todo lo que llega del universo nos conecta con instrumentos valiosos
que nos guían en el aquí y ahora.
Este estudio permite conocer tu misión, tu desafío
u obstáculos que debes sortear en resumen tus trece trabajos
de vida.
Nos da claramente año tras año las tareas a cumplir
en nuestro camino evolutivo.
Permitiéndonos reconocer los cambios de energía que
cada 52 días se producen, liberándonos para poder
fluir en la 4ta. Dimensión, que es el tiempo real en el que
se mueve el universo todo, conectándonos asi con la energía
“G” y llegando a niveles mas profundos de comprensión.
Es tiempo de salir del encantamiento del sueño y liberarte.
Conoce tu mudra y tu mantra y con ellos te contactarás con
tu esencia como un ritual natural, diario, sagrado y personal.
Nuestro irregular calendario (Gregoriano) nos introduce en la ecuación
12-60 de doce meses irregulares, dividiendo el tiempo en horas de
60 minutos, comprendiendo el tiempo como lineal.
Esta conexión con este tiempo confuso donde los meses tienen
31 – 30 – 28 días y cada 4 años 1 mes
de 29 días y donde Octubre que parecería el octavo
mes es el décimo y Diciembre que parece el décimo
es el doceavo, nos confunde sumergiéndonos en esta 3ra. Dimensión,
nos llena de miedos transformándonos en una sociedad consumista,
donde el hombre desconoce su intuición.
El gregoriano es un calendario solar, desconoce la influencia de
la luna, regente de las aguas, los líquidos, la intuición
y las emociones.
El calendario maya es lunar (energía femenina) y solar (energía
masculina) es decir hay equilibrio y comprende al tiempo como circular.
Nos conecta con la ecuación 13-20 donde trece lunas de 28
días exactos cada una mas un día fuera del tiempo
nos conectan con las 20 energías solares, arquetípicas
permitiéndonos asi en esos 28 días (ciclo natural)
conectarnos con nuestra esencia y fluir con el tiempo real, como
fluye el universo todo.
Cuendo entres en esta energía la sincronicidad y la telepatía
serán parte de tu vida, la conexión con la intuición
(el alma) marcará el verdadero camino que debes seguir.
TodosChile.clsurge por la necesidad de un BLOG CIUDADANO SIN CENSURA POLÍTICA, en el que los participantes puedan expresar libremente todas sus ideas -dentro del marco legal chileno- junto con respetar las Normas del Sitio.
TodosChile.clfue creado el 26 de diciembre de 2008.
El 22 de Enero de 2009 se terminó la primera versión de este Blog. Un reconocimiento al diseñador web John Zarate por su buen trabajo y dedicación.
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