Las justas iras del sur

Enviado por El Maestro el 20/02/2012 a las 8:35
El Maestro

por Joaquín García Huidobro

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¿Tienen razón los aiseninos cuando protestan? ¿No es la suya una región privilegiada en crecimiento económico y empleo? Lamentablemente estos datos positivos no bastan. Otros números muestran que algo anda mal en la Undécima Región. Su tasa de suicidios duplica la media nacional, ostenta altos índices de embarazos de
adolescentes, y el 36,1% de los hogares está a cargo de una mujer sola.

Los manifestantes se quejan de su endémica desconexión del resto del país. Están aislados y no pueden
autoabastecerse. Sus hijos carecen de una Universidad de primer nivel para estudiar en su propia tierra. Sus
protestas expresan irritación.

La opinión pública, por supuesto, está de su lado, y durante unos días lamentará las injusticias que sufren
pescadores, comerciantes, profesores, dueñas de casa y todos los que hacen patria a 1.649 kilómetros al sur de Santiago.

Al mismo tiempo, esa misma opinión pública celebra entusiasmada la construcción de más líneas de metro capitalino, con recursos millonarios. Y pide más dinero para las universidades de Santiago. Aysén, sí: de la boca para afuera.

Definitivamente, en Chile el tema de las regiones no vende. Su majestad el votante capitalino no soporta desprenderse de unas migajas de su omnímodo poder.

La historia de nuestro centralismo es antigua: el tibio intento federalista de 1826 fue abortado prontamente; Chile se constituyó desde sus comienzos como un Estado unitario, por más que su geografía pareciera aconsejar otra cosa.

Como ya no se podía cambiar ese carácter unitario, la regionalización iniciada en 1974 quiso, al menos, descentralizar el país. Por desgracia, creó numerosas regiones, en vez de establecer pocas pero poderosas. El gigantesco Brasil tiene 26 estados, mientras que nuestro modesto territorio, diez veces menor, está dividido hoy en 15 regiones. Ingenuamente, las propias regiones han buscado combatir el centralismo sobre la base de dividirse aún más.

Cuando los santiaguinos se preguntan por las causas de los desórdenes, la primera idea que viene a la mente
es: ¿quién está detrás?, pero entienden el asunto como: ¿qué movimiento o partido de los que conocemos en Santiago ha organizado toda esta revoltura?

La respuesta es "ninguno", y más le valdrá a las agrupaciones políticas capitalinas no asomarse por esos lados, porque pueden salir trasquiladas. La gente del Movimiento Social por la Región de Aysén no está actuando como
parte de la UDI, del Partido Comunista, o del PPD. Más allá de sus preferencias ideológicas, en este momento son simplemente aiseninos. No protestan sólo contra el Presidente Piñera, sino contra todos sus predecesores desde don Francisco Antonio Pinto en adelante.

Por supuesto que no ha faltado la infiltración de los anarquistas, como ha denunciado el senador Patricio
Walker. Pero el alma del movimiento es muy distinta, y sus organizadores deberán mostrar fortaleza para excluirlos.

Los anarquistas son las barras bravas de la política. Una mala compañía. Las reivindicaciones de Aysén no son distintas de las de Punta Arenas o Arica. Lo que está en juego no es una visita de uno o más ministros, aunque sean importantes. Lo que aquí se discute es un nuevo modo de entender la política y el país.

Ha llegado el momento de entender que los habitantes de Santiago no podemos resolver los problemas nacionales pasando la aplanadora demográfica sobre nuestros compatriotas de esas regiones lejanas y despobladas.

El problema de Aysén y otras regiones tiene muchas aristas, y su solución exige tomar innumerables medidas, algunas pequeñas y otras grandes.

Urge resolver el problema de la conectividad vial de nuestro sur. La Concertación dejó de expandir la Carretera Austral, pero no planteó una alternativa razonable.

Tan importante como los caminos y las escuelas, tan decisivo como los policlínicos y los hospitales, tan relevante como fomentar el poblamiento de nuestras zonas extremas, es tener una idea clara de qué haremos para que la regionalización se haga efectiva, para que Chile sea Chile en todas sus regiones.

Sin esta idea clara, en los próximos años veremos una multiplicación de estallidos de descontento, agravados por la idea de que una causa buena justifica la destrucción de la propiedad, el bloqueo de los caminos y el uso de la
violencia contra la fuerza pública.

Nuevamente el Gobierno enfrenta males que no ha creado, pues recoge la herencia de más de un siglo de desidia. Sin embargo, tiene una oportunidad única de comenzar a resolver un problema que es mucho más serio que el de nuestra educación. Aunque a pocos les importe.

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