por FRANCISCO MOUAT
Ahora sé que se movía en bicicleta por mis barrios, pero también sé que no usaba casco. Estudiaba en el mismo campus que mi hija mayor. Se llamaba Amalia, que en mi vida es lo mismo que decir madre. Amalia como mi mamá, mi abuela, mi ahijada y un pedazo de mi hija menor. A fuerza de ir durante años como alumna al mismo colegio en la mañana donde yo iba a dejar a mis hijos, habremos cruzado casualmente una mirada. Tenía los ojos claros, es lo que aprecio en una fotografía que publican en Internet. Tenía apenas veintitrés años.
Decía que le gustaba andar en bicicleta y moverse sobre ella por la ciudad. Como a tantas otras mujeres, casi todas jóvenes a las que les basta un destello de primavera para salir a gozar el aire libre. Algunas saben que Santiago no es Amsterdam y no está hecha para cuidar a los ciclistas, y usan casco, se sienten un poco más seguras. Otras no se dan cuenta de ese pequeño y trivial detalle que a veces marca la diferencia entre la vida y la muerte. En días de árboles floridos y soles tibios y tímidos, cuando ya no hace tanto frío en la mañana y los parques recuperan luz y color, las veo pedalear por Santiago y celebro su vitalidad. Qué gráciles se ven, qué hermosas son. Casi no es posible distinguir sus rostros mientras avanzan a la velocidad de un paseante. No hay detalles en ellas que sobresalgan: es el conjunto, armonioso, lo que nos cautiva, nos enamora, nos obliga a detenernos y observarlas con admiración. Hay excepciones, por supuesto. Una tarde no vi que venía embalada, porque físicamente no tenía cómo verla arriba de mi auto, llegando a una esquina, a una mujer de unos treinta y tantos que andaba en bicicleta y que estimó -locamente- que yo le había tirado el auto encima en la ciclovía de Antonio Varas, frente a la escuela de Carabineros. Ella, que sí me había visto venir, nunca pensó en detenerse y me echó el rosario encima con furia, complementó con insultos manuales y amenazó con meterme preso porque yo no la había respetado. Me quedé de una pieza y no le dije nada. Ella venía en su mundo y yo en el mío, y estuvimos cerca de estrellarnos. Pude haberla atropellado, y eso que a mí me gustan, aunque ya no tanto como antes, las mujeres en bicicleta que pasean por Santiago.
¿Habré visto venir a Amalia alguna vez aquí cerca de Plaza Ñuñoa en bicicleta? Nunca lo sabré.
Nos cruzamos cada día de nuestras vidas con tantas personas a las que jamás volvemos a ver, o de las que no tendremos cómo saber qué siguió a ese fugaz encuentro. Sucede algunas veces que esas mismas personas a las que dejamos atrás o nos sobrepasan en la ruta se cruzan con uno más tarde de un modo inesperado.
Decía que le gustaba andar en bicicleta y se llamaba Amalia, Amalia Herrera. Ese día, venía de la universidad para ir al teatro. No sé qué obra iba a ver. ¿Qué importa eso ahora? ¿O importa demasiado, porque tal vez condicionó el camino escogido? La obra de teatro se representó normalmente, y hubo una espectadora que no llegó a la cita.
Amalia Herrera estudiaba Antropología. Probablemente quería entender un poco mejor esta majamama compleja e indefinible que somos cada uno de nosotros, los hombres sobre la Tierra, y además estaba sana, y tenía energía, y en bicicleta pensaba que llegaría a tiempo a la función.
¿Sabías, Amalia, que un día el gran escritor Elias Canetti, cuando era joven y tenía tus años, después de leer en el periódico una mañana que la justicia austriaca había liberado sin ninguna vergüenza a los asesinos de unos obreros de Viena cuyo gran pecado había sido manifestarse en contra del gobierno semanas atrás, apuró indignado su café y tomó su bicicleta para ir a sumarse a esa masa enfervorizada de miles de obreros que protestaban contra la injusticia y la impunidad, una masa que acabó quemando el palacio de tribunales?
Sospecho que si tú hubieras vivido en Viena en esos años y hubieses leído ese titular de un diario oficialista que decía que la sentencia era justa, habrías tomado tu bicicleta y habrías enfilado al centro presa de la misma indignación de Canetti.
Lo que quiero decir es que tú también soñabas con ser justa, y eras apasionada, y vivías tu mundo, y un poco por eso o por azar tomaste la bicicleta el otro día para ir al teatro y un accidente te botó en el camino. Ibas sin casco. A lo mejor ibas apurada. Te atravesaste en la ruta de un auto.
Un día después de tu entierro, pasé al anochecer por una esquina de Ñuñoa y vi a una muchacha arrodillada en la vereda, rezando o maldiciendo al destino, no lo sé, frente a unas velas encendidas, mientras los transeúntes y los autos pasaban y algunos miraban y todos seguían su marcha. Detuve mi auto para ver por última vez a esa muchacha que sufría y una camioneta se pegó a la bocina para que yo avanzara. Nadie me lo ha confirmado porque a nadie le he preguntado, pero estoy casi seguro de que esas velas estaban encendidas para recordarte allí donde tú habías dejado la vida junto a una bicicleta, Amalia. Sólo puedo decir que era una escena de mucho dolor, el dolor de los que te amaban y te sobreviven.
Fuente: emol











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