por Cristián Warnken "Habría que ir a la Luna si es necesario a buscar imágenes inocentes" -dijo hace años Werner Herzog, director alemán de películas desmesuradas, algunas filmadas casi como documentales en la selva o en paisajes y fronteras extremas. Que un director de cine como él afirme que ya no quedan imágenes puras en la Tierra, habla de una devastación sin precedentes: todas las formas de registro y apropiación del mundo de las que disponemos hoy han terminado por gastar las reservas de inocencia del planeta. Nosotros mismos, como espectadores, hemos perdido la inocencia al recibir imágenes que parecían vírgenes: la mirada sobrecogedora de una mujer afgana atrapada en una secuencia en un paraje lejano, en realidad era un canto de sirena más para vender un cosmético, un seguro o una bebida light . Es casi imposible una mirada auroral sobre las cosas, y quien tenga esa mirada todavía intacta es un naïf o un "idiota", como el príncipe de la novela de Dostoievski, que traspasaba la densa neblina de la corrompida sociedad sanpetersburguesa como un rayo láser de otro planeta. El Idiota andaba en la luna, como andan los pocos que todavía pueden ver las cosas por primera vez. Pero incluso hasta la intacta Luna en el firmamento puede ser un globo aerostático escrito con alguna promesa de venta. Entonces, ¿adónde fijar nuestra vista cansada, donde no haya una frase de llamada? Tal vez esté próximo el tiempo del regreso del secreto y del pudor. Un tiempo en que protegeremos aquello que más amamos y veneramos del alcance de los depredadores de sentido, siempre dispuestos a convertir en botín el tesoro de lo originario e inmaculado. Por eso la naturaleza muchas veces se oculta y se repliega allí donde una mirada invasora no puede llegar. Anhelamos encontrar una mariposa que no tenía un nombre en nuestro herbario, y nos maravilla cuando aparece ante nuestro campo de visión una galaxia hasta entonces inexistente. Pero, ¿fue el mundo alguna vez inocente, y nuestra mirada más gratuita que ahora? Emily Dickinson, la poeta con la voz más pura de Occidente, nunca se movió de su casa en Amherst, Nueva Inglaterra, tal vez para protegerse y conservarse en el estado de arrobamiento y extrañeza que no la había abandonado milagrosamente desde la infancia: "Son demasiado pocas las mañanas/ y demasiado escasas las noches./ No hay hospedaje/ para los deleites/ que vienen a la tierra a establecerse./ No encuentran aposento,/ y al galope se alejan". Cada uno de nosotros sabe cuándo una epifanía dejó de serlo y se gastó al dejarla al descubierto, a merced de nuestra propia avidez o de la de otros. Por eso esperamos tanto el paso de las estrellas fugaces, que son las únicas que se salvan. No quieras nunca retenerlas. La fugacidad de las cosas más bellas, que tanto nos duele, es también su forma de protegerse de nosotros. ¿Te imaginas una flor de loto que durara 100 años, o un desierto florido permanente, o que tu niño nunca dejara de ser el niño que es ahora cuando lo estás contemplando dormir? Me imagino la mirada del primer cazador recolector que llegó hace 10 mil años a la pampa nortina y vio algo que se cruzaba ante su mirada, algo que no tenía nombre, algo que no quería comer, ni cazar ni atrapar, sino solamente ver, en una pausa de su agitado día de sobrevivencia. Me imagino la fiesta del primer sorbo de agua de un nómade en el desierto. Me imagino cuando los que están atrapados bajo tierra vean otra vez la luz por primera vez. Pero nosotros, ¿qué imagen inocente les devolveremos? ¿Se encontrarán con nuestras cámaras ocultas, nuestros micrófonos invasivos, nuestras preguntas gastadas, nuestras miradas vacías, en el momento exacto en que volverán a nacer? Tal vez, apenas salidos del fondo de la tierra, habría que llevarlos a la Luna a buscar las imágenes que merecen ver, tras la larga espera de lo que todavía no existe. ¿No vino acaso la NASA a eso? ¿O ya en la Luna tampoco queda nada? Fuente: emol











El Maestro
Un buen artículo como siempre. Qué tendrá la luna que cuando la miro me siento en otro mundo mucho mejor...lo mío no tiene remedio.
Un abrazo de una lunática.
Por cierto, Virgo
la verdad es que tiene mucho más de lo que podemos pensar.
Un abrazo.