
Alguna vez, hace no demasiado tiempo, aunque cosas similares ya eran un conocimiento ancestral en otras sociedades, Albert Hofmann sintetizó una sustancia conocida como LSD. Es bien sabido lo que pasó después. Intelectuales y científicos se dieron a la experiencia psicodélica y afirmaron que era posible descubrir dimensiones desconocidas de la realidad y de esa forma crecer de una manera insospechada hasta el momento en nuestra cultura occidental.
Numerosos intelectuales se sometían a gustosos a la experiencia psicodélica en ambientes controlados, Aldous Huxley, Richard Alpert y otros personajes célebres vivieron experiencias transformadoras al punto que uno de ellos cambió su nombre, puesto que su anterior identidad ya no hacía justicia de la nueva…
Luego un hombre llamado Thimoty Leary decidió popularizar la experiencia y salió a recorrer los Estados Unidos regalando muestras gratis de ácido lisérgico, convencido de que la experiencia lisérgica serviría para cambiar la consciencia del mundo, sin embargo, el ambiente cuidadoso y controlado de los intelectuales estaba ahora ausente y muchas personas bordearon la locura… o eso nos dijeron.
Curiosamente, lo que sí fue cierto es que la gran mayoría de quienes tuvieron la experiencia lisérgica desarrollaban una actitud de pensamiento bastante independiente para su época, lo que les llevó a oponerse a cuestiones tales como la guerra, la discriminación racial y una serie de políticas en boga por esos días. Por ello no fue extraño que el gobierno de los Estados Unidos prohibiera su uso incluso en investigación, sin embargo, no adujo para esto el pacifismo ni la actitud de búsqueda interior de la gente que tuvo experiencias lisérgicas, sino que hizo que reparáramos en los locos que resultaban de dicha experiencia… y que eran la minoría.
Hace poco debí participar como guionista en la entrevista a un médico que era una eminencia en los beneficios del vino para la salud. Sus conclusiones eran asombrosas: en los adultos, el vino hace bien y la leche hace mal… la periodista encargada le preguntó, atónita, por la ocurrencia del alcoholismo, ante lo cual el médico observó que un diez por ciento de personas con una propensión a una enfermedad no podía privar al noventa por ciento restante de los beneficios antioxidantes de los milagrosos fenoles y taninos que componen el exquisito brebaje y que, por otro lado, también hay un porcentaje de personas alérgicas a la aspirina, a los anti inflamatorios y en general a cualquier medicamento en uso.
La experiencia cotidiana es algo que, para muchos de nosotros, debe ser trascendido y que para demasiados intereses es mejor que no lo sea. Una persona que tiene una visión auténtica no compra todo lo que le ofrecen, sino tan sólo lo que necesita y es por eso que existen intereses que desean limitar cualquier ventana que nos permita una experiencia de autenticidad. El hombre cotidiano, camina irreflexivo por la vida y es susceptible de ser convencido de lo que sea, el hombre auténtico no.
La última barrera para separarnos de la experiencia transformadora quiere ser una malentendida compasión. Así como el LSD fue prohibido porque a una minoría le hacía saltar la tapa de los sesos, minoría que además lo consumía sin control ni supervisión experta y con propósitos meramente recreativos, así la red quiere ser estigmatizada porque una serie de jovencitos la usa con propósitos de bulling, exhibición o contemplación sexual o distractor lúdico, sin embargo, la voluntad transformadora de uno mismo es una fuerza demasiado grande, una voluntad de poder fuerte, hubiera dicho Nietzsche, que desea su propio acrecentamiento y que cada vez encuentra menos trabas para ello.











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