La historia cuenta que en la época de Galileo, investigar significaba depender de los ricos y poderosos mecenas, quienes a su vez, se dejaban “guiar” u orientar por la Iglesia. Por ese motivo, un benefactor, por importante que él fuera, difícilmente podía apoyar a alguien cuyas teorías no cuadrasen con el canon establecido. Esto terminó generando algo que había permanecido larvado, y finalmente despertase. Algo que se mantendría durante muy largo tiempo…, la conspiración, o si se prefiere, la conjura para poder “respirar de forma diferente”.
Sin embargo, pese al omnímodo dominio de esa Iglesia sabuesa y hurona, había otras formas de pensamiento, otros sistemas de entender la vida y de comprender la magnitud de las cosas. Esa metodología no siempre pasaba por seguir a pies juntillas lo que ordenaban los dogmas religiosos. Era preciso prescindir de ellos, y lógicamente, hacerlo en secreto. En aquella época, existieron numerosos grupos que, amparándose en otras filosofías, en el esoterismo y, por supuesto, en el ocultismo de las lejanas religiones orientales, dieron cauces y dinero a las nuevas ideas. Y a la sazón, las sociedades secretas apoyaron los avances científicos y la ciencia se hizo conspirativa.
Fue por ese motivo que el médico y teólogo aragonés Miguel Servet, acusado de herejía por haber cuestionado el dogma de la Trinidad, fue condenado a morir sosegado en las hogueras de la Inquisición; mientras que otros científicos y pensadores notables fueron perseguidos o murieron en extrañas circunstancias. El Vaticano y los “sabios” del sistema que recibían su protección y sus sinecuras, estaban dispuestos a cualquier recurso para impedir que el afán de conocimiento acabara destruyendo su poderío. No en tanto, los testarudos investigadores siguieron adelante, y a menudo, amparados en el secretismo, porque creían en la verdad expresada por el gran Galileo en el siguiente párrafo:
“La ciencia está escrita en el más grande de los libros, abierto permanentemente ante nuestros ojos, el Universo, pero no puede ser comprendido a menos de aprender a entender su lenguaje y a conocer los caracteres con que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las que es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellas uno vaga desesperadamente por un oscuro laberinto…”. ¡Magnífico!
Y es el propio lenguaje, el que guarda algunas antiguallas magnánimas. Y así, por una de esas casualidades del destino, entre esos paseos que ocasionalmente emprendo por el viejo Diccionario de la Real Academia, inesperadamente me encontré con una palabra que me despertó atención: “Eubolia”, la cual personifica una virtud que ayuda a hablar convenientemente y es una de las que pertenecen a la familia de la prudencia. Una palabra vernácula del idioma griego antiguo, que simboliza “buen consejo”.
Y en cuanto a no confundir oratoria con charla, buena es la frase de Lord Halifax: “Di lo que tengas que decir; y cuando termines un buen párrafo, ¡cállate!”. También Rogelio Magallán, periodista mexicano, sobre “eubolia” dice: “No es un animal, ni una enfermedad, ni un tecnicismo de esos que tanto se acostumbran en esta época de la globalización. ¡No!, la eubolia es una virtud tal como lo son la bondad o la nobleza y, en su significado más amplio, consiste en la discreción y reserva que debe tener una persona para no expresar sino lo indispensable y lo que conviene decir”.
Ya Azorín, en su libro “El Político”, le dedica a la eubolia un capítulo, relacionándola con la actitud que los políticos deberían guardar al respecto, practicándola en todos sus actos públicos, ya que el hombre reservado es aceptado siempre con consideración, interés y respeto. En política, según Azorín, siempre gana más quien sabe callar y no dice si no lo preciso; y que quien deja que se desparramen sus palabras sin ton ni son y sin la más mínima reflexión, en vez de transmitir un mensaje claro a sus escuchas, termina por originar dudas, confusión y desconcierto.
La palabra eubolia describe un desorden mental que conduce al orador, sobre todo al político, a extenderse más allá de lo que la prudencia sugiere. Nadie debería ser imprudente en sus expresiones, aún cuando esté disgustado por cualquier circunstancia, menos aún, si nos referimos a los señores Presidentes de cualquier una de las Repúblicas que nos rodean.
Por consiguiente, sería bueno que ellos aprendiesen de una vez por todas a no decir las cosas correctas en los lugares equivocados, y a exponer genialidades momentáneas en los horarios más impropios; mismo porque, como todos saben, lo pestífero o malsano, puede mismo llegar a ser desbastador para la salud… ¿No le parece?











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