
Lamentablemente, todos sabemos que en nuestro país no hay nada más definitivo que lo precario...
Terremoto y tradición
Señor Director:
En artículo publicado ayer, Joaquín García Huidobro, a través del relato del caso del albañil y carpintero Domingo, quien no quiere que su casa de adobe sea condenada a muerte, ha mostrado la encrucijada en la que Chile se encuentra en la tarea de reconstrucción. Uno ha escuchado en la televisión a funcionarios de ciertas municipalidades que parecieran sentirse orgullosos de la eficiencia de las demoliciones en curso.
Eso nos preocupa: entendemos las urgencias, los peligros del post terremoto, pero hay que evitar que una vez más lo urgente termine devastando los restos de nuestra historia y memoria, el patrimonio que puede ser rescatado o reconstruido.
¡Que por sacar la cizaña, no terminemos por matar el trigo!
No es fetichismo con el pasado, es orgullo y amor por lo propio, lo auténtico, noble, ese Chile profundo del que venimos y al que los nietos de nuestros nietos querrán regresar en el futuro como el hijo pródigo regresa a casa.
Propongo que las autoridades correspondientes permitan que, por lo menos, un pueblo de los devastados sea reconstruido con criterios estéticos, bajo la dirección de un equipo de historiadores, expertos en patrimonio, arquitectos, constructores del más alto nivel, un pueblo que pueda convertirse en un modelo de reconstrucción a emular por otros pueblos. Una reconstrucción así nos hará sentirnos orgullosos como país y dará una señal potente a las nuevas generaciones que revierta nuestra atávica tendencia a demoler el pasado.
Démosle a Domingo, el albañil y carpintero, la oportunidad de torcerle la mano a las fuerzas destructoras y ciegas de la naturaleza y levantar su casa de adobe (esta vez firme y segura) sobre el abismo que somos.
Cristián Warnken Lihn




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