Fue un gruñido, como el de un animal agonizante, el que me despertó la madrugada del sábado 27 de febrero del 2010. Eran las 3:34 de la madrugada cuando comenzó el terremoto, el sexto más fuerte en la historia de los cataclismos que se tenga registro en la historia universal. Chile ya está acostumbrado a aquellos fenómenos que cubren de desolación a un pequeño y remoto país, no obstante, la fuerza de la naturaleza, aún nos asusta y nos preocupa.
Las noches anteriores había tenido pesadillas. Soñé con muertos, destrucción y otras cosas que me hicieron dormir mal durante dos noches consecutivas. Tal vez fue un presagio, una señal de advertencia para esta angosta faja de tierra que no recordaba como era cuando la tierra se tornaba arisca y encrespa su pelaje cubriendo de angustia y temor a quienes habitamos sobre ella, haciendo de aquel dicho de: “tener los pies sobre la tierra”, un mal chiste de humor negro.
Eran las 3 con 44 minutos cuando un leve vaivén, similar al de una mujer cuando mece en sus brazos a un bebé, el que me alertó de que ese no sería un temblor como los que estamos acostumbrados. Ese gruñido de la tierra es un sonido que aún permanece latente en mis oídos, junto con el movimiento horizontal bajo mis pies fue el que me hizo presagiar lo que se venía. Me levanté de la cama y caminé raudo hacia la pieza de mis padres. Mi viejo- el cual mantiene el aplomo y la tranquilidad – ni siquiera quería levantarse de la cama cuando aquel deslizamiento iba incrementándose.
- Papá, levántate.- dije
- No hijo, si no es para tanto.
- Hueón es un terremoto el que se viene, sal de ahí.- En ese momento, comenzó el cataclismo. Fue una sacudida que abrió las ventanas de mi casa e hizo caer un par de vasos sobre la mesa, la pantalla de un viejo computador, mientras en la calle los chispazos de los cables del tendido eléctrico iluminaban la oscuridad imperante. Todo vibraba y yo sentía como si un gigante me remeciera de un lado a otro.
- Papá. Sal de ahí, te puede caer el techo.
- Hueón, no puedo levantar a tu mamá- posteriormente ordenó-. Anda a cortar el interruptor de la luz.
Mientras caminaba yo sentía como si caminará en gelatina. Corte la luz de la casa y cuando volteé la mirada, mi padre y mi madre ya estaba a salvo bajo el dintel de la puerta que da al comedor de la casa. Yo me quedé a un rincón de salida a la calle justo en el lugar donde sabía que existía uno de los pilares que sostiene mi hogar. Pasaban los minutos y el sismo no paraba. De pronto miro hacia la mesa del televisor y me doy cuenta que éste está a punto de caer.
-El televisor- grité y salté hacia en el momento que estaba al borde del mueble. Me quedé ahí, sujetándolo hasta que la tierra se calmó. Minutos después la tierra aún se movía suavemente, casi como un ronroneo. Mi madre lloraba, mi viejo estaba tranquilo, consolándola. Las líneas de teléfonos estaba cortadas, no obstante, recibía llamados. La primera con quien hablé fue con la Val, quien desde Mendoza me dijo que se había sentido allá también y después de calmarla de que estábamos todos bien, nos despedimos.
Salí a la calle. Una nube de polvo cubría a Santiago, la gente estaba despierta, levantando un lamento y preocupaciones. Doscientos metros al Oeste de mi casa, un poste de luz cayó sobre la cornisa de un galpón derrumbando parte de la techumbre al piso. Por suerte no pasó nadie por aquel lugar, sino le hubiera costado la vida a más de alguien.
Fui a mirar en mi casa y la vieja muralla del patio había caído y la pandereta que separaba mi casa con las de los vecinos de los pies, también cedió. Eran daños menores, ya que mi la estructura de mi casa había aguantado con éxito su tercer terremoto. Ya un poco más tranquilo y en la oscuridad de la noche me percaté de un detalle…
Nunca había visto tantas estrellas en el cielo capitalino.












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