Han pasado 20 horas del sexto terremoto más intenso del mundo, registrado en la escala de Richter y la experiencia vivida todavía resuena en mi recuerdo. Tres minutos que pensé nunca se acabarían, donde quizás nunca perdí la calma, pero sí en un momento, de aquellos 180 segundos, caí en la desesperanza. Nunca me había sentido tan impotente, debajo del dintel de la puerta de mi pieza, mirando por el pasillo como mi madre y mis dos hermanas, emulaban mi localización, cada una en las puertas siguientes. Ellas rezaban porque se detuviera, yo sólo les podía gritar que estuvieran tranquilas, que ya iba a pasar.
De pronto, justo cuando creía que el final sería fatal, la tierra se detuvo. Pude moverme y abrazar a mi madre y hermanas. El edificio había resistido heroicamente y nos había salvado la vida. Muchas cosas cayeron al suelo, se quebraron y destrozaron, pero nosotros no caímos. Estábamos ahí parados, abrazados como la familia que somos tanto o más firmes que el edificio que nos cobijaba. Por un momento sentí que eramos invencibles. Luego la angustia, por no saber cómo estaban los demás, aquellos que no estaban con nosotros.
Las llamadas desde los celulares eran infructuosas, como era de esperarse. Mi hermana Claudia logró, milagrosamente, contactar a todos los faltantes y poco a poco nos enterábamos que todos estaban bien. Me angustiaba no saber cómo estaba mi polola, ya que las líneas seguían colapsadas, impidiendo la comunicación. Finalmente logré hablar con ella y la historia se repetía. Para mi calma ella estaba bien y nada había pasado, aparte del desparramo de cosas que había dejado a su paso el terremoto. Lo tuvo que vivir sola en la casa de su abuela. La imagen de su soledad, batallando bajo el dintel de la puerta de entrada, por mantenerse en pie y preocupándose de su abuela que estaba en el segundo piso, aún me estremece y me pone los pelos de punta. Su padre la asistió minutos después del terremoto, desde un par de casas más allá, a lo que se sucedieron sus lágrimas y desahogo. Totalmente entendible después de lo vivido.
La ciudad había resistido en su mayoría y con ello, salvado la vida de muchos. La vida de algunos se perdieron, hasta el momento un poco más de 200, pero creo que pudo ser peor. Lamento la pérdida, pero agradezco inmensamente la vida de todos los que se salvaron. Lentamente la ciudad fue retomando la calma, conforme la luz de la mañana despedía a la enrome luna llena que acompañó todo el terremoto. Increíblemente la ciudad reaccionaba, se movia, volvía a la vida, como negándose a rendirse.
Han pasado 20 horas y la calma reina de nuevo en el departamento, mi padre duerme en mi pieza, en la otra mi hermana con mi madre. Estamos más unidos que nunca, como si todo esto nos recordara que nos tenemos el uno al otro y que nada nos puede pasar si permanecemos unidos. Miles de historias sucedieron este día que posiblemente contaré, pero el sueño me vence, tras no haber podido dormir mucho hoy. Quizás otro día sea el tiempo de historias extraordinarias.
Por hoy, agradezco a la vida, que me permitió sobrevivir este terremoto, y seguir cerca de todos aquellos a los que amo.












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