El polvo de los bastardos

Enviado por degolando el 16/02/2010 a las 21:12
degolando

Al descubrir a mi novia teniendo sexo con otro, no volví a tirar en dos años. La imagen de Carolina montada sobre un cuerpo ajeno, disfrutando de rutinas que practicábamos en la intimidad, resultó tan chocante que me abstuve de cualquier contacto físico con otra mujer. Yo la adoraba. Pensé construir una vida a su lado, tener hijos, casa, perro, gato, auto y deleitarme con ella en las comodidades de la vejez. Ahora que han pasado un par de años de la ruptura, me parece irrisorio armar un futuro con ingredientes impuestos por el marketing de la iglesia católica. Cuando era un mocoso, una vieja de mierda me enseñó las bondades de un matrimonio reprimido y frígido como núcleo esencial de la sociedad. Fue en clase de catequesis donde la señora Clementina elaboró una frase digna para el bronce:

 

 “El sexo es una herramienta de procreación, jamás de diversión”, sentenció la ACN su voz chillona y, al conocer a Carolina, yo creí en la sarta de mentiras de la arteriosclerótica anciana. Le pedí casamiento al cumplir un año once meses de feliz noviazgo. Me faltaban cuatro semestres para titularme y apenas lograse ser profesional, anunciaríamos la noticia a los amigos.

 

Por suerte no alcancé a cagarme la vida.

 

Una tarde de abril salí temprano de clases. Unos compañeros de la U me invitaron a una juerga con las chicas  de sicología- con una fama de fáciles que ni explico- y yo me negué .

 

-No gracias, le voy a dar una sorpresa a mi polola-. Me excusé.

-Eres un macabeo, polleruo.

 

 No me importaba mucho ser considerado un idiota. Amaba a  Caro. Deseaba estar con ella cuando se me brindaba una oportunidad- nuestros horarios nunca eran compatibles-. Como el profesor de Historia contemporánea había enfermado, la última hora de clase quedó libre. Sin pensarlo tomé mi mochila y partí a casa de mi ex.

 

Según lo que me contó, ella venía del sur y se vino a estudiar a la capital cual Carmela de San Rosendo. Su padre- un acaudalado agricultor- le arrendó un loft en Providencia. Al cumplir un año de relación, ella me entregó una copia de las llaves de su departamento. “Así me podrás venir a ver cuando se te plazca”, dijo tras de una noche lujuriosa. Pues bien nunca las había ocupado hasta esa tarde. Abrí la puerta del apartamento lentamente, intentando evitar el ruido típico de la madera. Lo primero que escuché fue un quejido agudo entremezclado con un ahogo. Al mirar  noté las pantaletas rosa de Carolina colgadas sobre un ficus. Ya temía lo peor, sin embargo, la esperanza me hizo creer que le prestó la casa a una amiga para que se divirtiera. Sólo había una formar de comprobar mis suposiciones, entrando. Ingresé con cautela, siendo silencioso. Al dar unos pasos noté un camino de prendas que terminaba en la habitación de la muchacha. Al avanzar tropecé con una blusa, un sostén, un par de calzoncillos, blue jeans, una falda y una polera.

 

Al estar frente a la puerta … respiré profundo y giré con suavidad la fría chapa metálica. Aún tengo grabada la imagen de Carolina meneándose  sobre el cuerpo del desconocido. Su cabello castaño le cubría los hombros, sus manos se apoyaban en el torso del semental de la misma manera en que se apoyaba en mi cuerpo, pequeñas gotitas de sudor resbalaban de su espalda…

 

Sentí como si Mike Tyson me hubiera dado un gancho al mentón. No caí, pero quedé paralizado ante el cuadro erótico, el cual contemplé unos minutos como espectador de  película pornográfica.

 

- Está rico, mi amor- dije con cierta ironía tras recuperar el habla. Carolina giró la mitad de su figura quedando extraña posición. Al observarme ahí, en el dintel, se puso pálida y saltó del cuerpo del amante dándose un golpe seco contra el piso. Posteriormente, con la sábana intentó cubrirse las partes íntimas y dijo:

 

- No es lo que estás pensando-

 

Salí. Ella me persiguió protegiendo sus vergüenzas con la sábana. Te amo, te amo, fue un error mi amor, disculpa, gritaba mientras bajé las escaleras. Por favor no te vayas, conversemos, insistió.

 

Ya en el hall, la escena prosiguió de la misma manera y si no hubiera sido porque le arranqué la improvisada toga, hubiera continuado hasta la casa. A la vista del conserje y los otros inquilinos, su desnudez alcanzó ribetes patéticos. Con sus manos, Carolina intentó cubrirse gritando mi nombre.

 

Yo huí en silencio.

 

Caminé por Santiago y a la hora en que los bares abrieron sus puertas,  me emborraché de tal manera que ni siquiera recordaba cómo demonios había llegado a una banca frente al monumento a Rubén Darío. Estaba sin zapatos, sin dinero y con una jaqueca de proporciones bíblicas. Por unos instantes, olvidé los sucesos de la tarde anterior. Cuando caminé a casa, en plena resaca, retornó la memoria. Carolina me partió el pecho. Ya no tenía razones para continuar viviendo, pensé en el suicidio como  alternativa viable. Estaba cerca del río Mapocho y con la idea fija pensé en lanzarme al vacío. Me quedé apoyado en la baranda del puente del Arzobispo. Había tomado la decisión, no obstante, a último momento, decidí no hacerlo. Algo me aferró la vida. No fue la esperanza ni el deseo de vivir. Un algo inexplicable me ató al tiempo, a permanecer con los pies en la tierra y no bajo ella. Una pesadumbre me invadió camino al hogar, como si la gravedad influyera sobre mi paso.

 

Habré llegado a eso de las seis de la tarde a mi casa. Al golpear, mi madre me dio una bofetada y luego un abrazo.

 

- La carolita está llorando en el living- comentó.

- Saca a esa puta de mi vista. No entro a la casa hasta que se vaya.

-  Qué paso.

- Nada, no la quiero ver.- fui a casa de mis tías mientras mi ex se marchó. Al llegar, mi madre hizo preguntas que no contesté. Fui a mi pieza y miré el techo toda la noche.

 

 

II                   

 

 

- Para ir al cielo, debes respetar a tu mujer- comentó Clementina en clase de religión.

 

Tengo clara una cosa… mi destino no incluía un ticket al paraíso. Jamás deseé una vida perfecta. Me hubiera aburrido a los dos o tres años de monótono matrimonio e incurría en las típicas andanzas del casanova, un hombre que se quita la piel de oveja y se lanza a devorar las primeras piernas que se abran en el camino.       

 

Nunca hubiera sabido esto si no descubro a mi cuasi prometida con otro. La palabra fidelidad se borró de mi vocabulario junto- al menos eso creí- con la palabra orgasmo la cual se relacionaban directamente. Odiaba las mujeres. Al ver a una en la calle sentía ganas de vomitar. El sexo no me provocaba nada y durante ese período no tuve actividad de ningún tipo. Ni siquiera me masturbaba. El deseo se esfumó en alguna parte de mi cerebro y no lo recuperé hasta 24 meses después.

 

No me levanté de la cama durante una semana. Me quedé acostado sin comer ni dormir. Me levantaba sólo para ir al baño. Si hubiera tenido pañales ni siquiera hubiese hecho el esfuerzo. Era un zombi. No hablaba, no me reía, ni siquiera era capaz de articular pensamientos coherentes. Al dormir veía en el sueño a Carolina en medio de una orgía. Negros, blancos, chinos, la follaban por todos los orificios posibles. Yo contemplaba la escena mientras un negro “superdotado”, me invitaba al festín. “Ella es de todos, no te pertenece, ella es de todos, no te pertenece”, repetía esa voz.

 

Tras ese sueño desperté con rabia. Tomé nuestros álbumes fotográficos y los rompí en pequeños fragmentos que luego del arrebato volvía a asir como rompecabezas para luego, volver a destrozarlo. Quemé los peluches- casi incendio la casa, el fuego alcanzó una cortina. Por suerte logré controlarlo-, boté las conchas marinas que me regaló, destruí un par de almohadadas y las sábanas donde habíamos hecho el amor.

 

Luego de la catarsis, justo al sexto día, salí del cuarto con dirección a la universidad. Decidí congelar el semestre y pedí la devolución del dinero. Mi casa de estudio accedió dándome un millón de pesos que no les entregué a mis padres. Ellos se enteraron de mi deserción estudiantil seis meses después, cuando les conté que había abandonado la carrera  para consumir  coca y una botella de vodka con jugo de naranja como desayuno.

 

 Después de realizar todos los trámites de rigor y cobrar el cheque,  conocí a un grupo de cuicos, hijitos de papá a los que invité a beber al Entre latas. A todos les gustaba la coca y a mí también me agrado esa señora blanca que jalaba con un lápiz bic o un billete de diez lucas. De tan sólo recordar la sensación de la droga raspando mis fosas nasales, mi boca tiende a babear como perro de Pablov. Uno nunca deja de ser adicto, aunque- como en mi caso- lleves  años limpio. Extraño esa maldita sustancia, sin embargo, resisto la tentación acostándome con cualquiera que me abra las piernas. He reemplazado una adicción con otra, igual que los borrachos. El alcohol no lo abandoné del todo. He aprendido a medirme. De vez en cuando caigo en una borrachera, claro, no al nivel de esos meses, donde me tomé hasta las gracias.

 

Una noche, en medio de esos meses perdidos, desperté apoyado en la mesa de un departamento desconocido en el barrio alto.  En la mesa había una raya blanca y un vaso de pisco puro. Bebí un poco de ese brebaje y sentí unas horribles nauseas. El licor me quemó la garganta. Descendió al estómago igual que una bola de fuego. Quise vomitar, pero logré contener la arcada. Sabía que si jalaba, la sensación de malestar pasaría, enrollé un billete de cinco lucas para quedar duro y seguir en la juerga, sin embargo, antes de pegarme el fierrazo, un pensamiento cruzó por mi mente, un rayo de lucidez donde me dije… qué mierda estoy haciendo… sacudí mi cabeza. Todo me dio vueltas. Sin reflexionar mucho tomé el vaso de pisco y lo dejé caer sobre la línea.

 

-Hueón, qué mierda estay haciendo- gritaron mis ex amigos.

 

Arranqué. Corrí mucho y cuando mi corazón ya no daba más , me detuve frente a la estatua de Baquedano. Me senté en la cuneta y lloré. No lo había hecho durante casi seis meses. Por primera vez después de la infidelidad, permití que la pena se cruzara por mi camino…

 

Fue el primer paso a la recuperación definitiva…

 

III

 

Decidí rehabilitarme. Si me quedaba en Santiago acabaría mal. Me fui al sur, a un poblado de la séptima u octava región… ya no recuerdo muy bien. Era un villorrio ubicado a orillas del mar. Viví en casa de unos amigos de mi papá quienes me acogieron como si fuese un hijo. Los primeros meses fueron difíciles. En las noches no pegaba un ojo. Sudaba. Tenía escalofríos y unos espasmos estomacales que me retorcían el intestino. No dormí mucho a causa de la abstinencia. Mi cuerpo pedía droga y no dejaba de pensar en un saque.

 

 En las mañanas, daba eternas caminatas a orillas del mar. La brisa salada de la costa golpeaba mi rostro como una bofetada de aire puro que limpiaba mis insanos pulmones. Mis pies se hundían en la arena oscura y las olas reventaban en mis piernas enfriándome mi piel. A pesar de ser un bonito paraje, yo lo odiaba. Mi nariz goteaba mocos transparentes. Tenía la boca reseca y un dolor de cabeza horrible. Andaba mal humorado. Cualquiera que se me acercase recibía un insulto o incluso un golpe, como ese cabro chico a quien le volé la raja con una patada en culo. El mañoso me arrojó arena a la cara y yo lo perseguí  unos cuantos metros hasta tenerlo a tiro de cañón  para impactar en su culo. El chico voló uno o dos metros cayendo de bruces contra el agua. Esa fue la primera vez que me reí en mucho tiempo…

 

Pasaron los meses y comencé a dormir bien, los dolores de cabeza fueron disminuyendo paulatinamente hasta desaparecer. Mi humor fue cambiando a medida que mi organismo se desintoxicó. Para matar el aburrimiento, conseguí empleo de garzón en un restaurante local, una taberna de mal a muerte donde los pescadores iban de juerga. Era un lugar rústico, acogedor con mesas de pino, una barra al final del recinto y unos pilares donde los borrachos se apoyaban para no perder el paso. Fue una experiencia de mierda, pero si no hacía algo, acabaría volviéndome loco. El lugar no tenía nada de especial. Era una calle central rodeada de otras que la interceptaban. A pesar de mi odio- que aún perdura-, ese villorrio me salvó la vida.

 

Una tarde, mientras servía una mesa compuesta por un tipo canoso de rostro surcado por arrugas, un cabro rubio de ojos celestes y otro tipo con cara de angustiado, decidí que me había recuperado. Fue una decisión arbitraria, torpe, sin embargo, ya estaba aburrido del pueblo. Luego de servir vino y junto a una orden de seviche, me quité el delantal de la cintura, pedí mi paga y renuncié. Hice las maletas sin dejar una nota de despedida y tomé el primer  bus a Santiago. Ya no toleraba el silencio del poblado. Anhelaba el bullicio.

 

Al llegar al bus, me subí, encendí mi Mp3. Escuché ocho horas del canto celestial de Janis Joplin. Ni siquiera miré el paisaje. Me bastaba con Janis y su voz gorrión desgarrado.

 

Llegué a la capital a eso de las nueve de la noche. Era diciembre o noviembre, ya no recuerdo bien. Al bajar el pie en la estación de buses, respiré profundamente el vaho de esmog. Casi me pongo a llorar cuando la bocanada de humo  echó a patadas el oxígeno. Bendito monóxido de carbono, lo amo.

 

Salí a Alameda a tomar la micro,  las bocinas de los automóviles junto con las puteadas de los taxistas a los micreros- y uno que otro lanza esperando un descuido- me recibieron dándome a entender que estaba en casa. Me subí a un bus que me llevaba a mi viejo y querido Ñuñoa. Como un niño frente a un juguete nuevo, intenté ver si Santiago había cambiado en algo. La ciudad seguía igual, salvo por uno que otro edificio que Paz Froimovic había construido derribando centenarias casas, un par de rayados de los hip hoperos y uno que otro nuevo vagabundo que se sumaba a la fauna de la urbe.

 

Cuando golpeé la puerta de mi casa en Campo de Deportes, casi esquina Irarrázaval, mi madre se puso pálida.

 

- Qué haces acá- dijo.

- Me vine poh.

- Por qué.

- Me aburrí… no te alegra verme.

- Sí, claro- ella se acercó me brindó un frío abrazo, junto con un forzado beso en la mejilla.

 Mi padre apareció en casa a eso de las nueve. Venía como siempre, con su terno impecable, el maletín de James Bond- se jura 007- peinado para atrás y  sus look de CNI renovado.

 

- ¿Estás bien?- preguntó

- Sip

- Cómo te trataron allá.

- Bien.

- Estás más delgado ¿Comiste bien?

- sip, harto.

- Ok, ¿ Qué vas hacer con tu vida?

- terminar Derecho e irme a trabajar a tu staff

- Ok… tienes sueño

- sí, un poco

- Ok si quieres dormir, hazlo.

- Buenas noches, papá

- Buenas Javier… es bueno tener a la familia reunida

- sip, lo es-

 

Partí a la pieza. Cerré la puerta. Estaba todo como lo había dejado, incluso con el polvo de la repisa donde guardo mis libros. Salí de ella, fui a la cocina a buscar un paño para limpiar. Mientras quitaba la tierra, de un libro salió la única foto de de Carolina que sobrevivió a las llamas. La tomamos cuando fuimos al zoológico. A mí me cargan los animales, pero deseaba tener sexo con ella y estaba dispuesto a oler la caca de los elefantes si fuese necesario. Fue así como un fotógrafo nos ofreció una instantánea.  Había olvidado que la usaba como marcador de “Memorias de ultratumba”… si no hubiera sido porque marqué la fecha de compra- 3 de marzo 2002- jamás me hubiese enterado que llevaba un año y ocho meses sin pensar en ella.

 

IV

 

Ese verano fue aburrido. Ninguno de mis ex amigos- no drogos- quería juntarse conmigo. Era lógico. Los dejé botados. Por eso me quedé sin juerga durante el calido mes de enero y su aburrido amigo, febrero.  Mi viejo me ofreció trabajar como procurador en su staff, no acepté con la promesa de que marzo entraría a laborar. Pues bien, como me abundaba dinero por mi trabajo de mesero, me dediqué a gastar mi pequeña fortuna. Almorzaba todos los días un completo en el dominó, luego visitaba una librería comprándome  una novela de Bukoswki, Auster o Fante, daba largos paseos por el paseo Bulnes donde me sentaba a devorar libros. Volvía a mi casa a eso de las nueve o diez de la noche tan sólo para dormir.

 

Así llegó marzo. Entré a terminar derecho y como procurador en el staff de mi padre. Ya no tenía amigos en la universidad. Estaba solo. Francamente no me importó mucho. En las horas libres me dedicaba a estudiar las materias bajo la sombra de un sauce. En las tardes llegaba a la oficina, me cambiaba los jeans para ponerme el terno. Era la única manera de que me respetaran en el bufett.

 

Una tarde me encontraba acarreando un montón de expedientes, cuando apareció una rubia espectacular. Usaba un ajustado traje de dos piezas que le ceñía su exuberante figura. Tenía un culo bárbaro- como diría un argentino- unos pechos enormes y un escote donde observé un corpiño negro. La tipa era una asesina. Yo la miré de pies a cabeza y al cruzó delante de mí, me di vuelta a mirarla sin percatarme del junior. Choqué con el tipo. Los papeles cayeron al piso y ella río iluminando la sala. Como un idiota fui recogiendo uno a uno los oficios mientras la señorita seguía su camino, meneando las caderas como serpiente apocalíptica.

 

Al llegar a casa me masturbé. No lo había hecho en dos años. Mi mano  fue bañada con el chorro blanco de esperma que brotó como un geiser. Tuve que levantarme a buscar papel higiénico del baño. Ahí descubrí algo importante… estaba caliente. Necesitaba de un cuerpo para saciar el instinto. De cierta manera, volví a sentir  que la sangre corría por mi cuerpo. Si era capaz de estar excitado, significaba que mi tragedia pasó.

 

Era hora de recomenzar… qué mejor manera que con un buen polvo.

 

Intenté infructuosamente conquistar a alguna de mis compañeras, colegas de trabajo, incluso alguna desconocida que se parase en un paradero de micro. Perdí mi capacidad de seducción, en realidad, descubrí que jamás había tenido una. Carolina había sido la única mujer con la cual tuve sexo- hasta ese entonces- en mis 24 años.  Carecía del script -que ahora tengo- para llevar a la cama a quien se me plazca. Era un nerd pajero que deseaba fervientemente una mujer. Luego de meses de continuo desastre, decidí recurrir a los servicios de mercado. Una vil transacción económica donde yo ganaba un par de orgasmos, mientras la señorita abría sus piernas para obtener una recompensa económica.

 

Como inexperto en la materia, no sabía  donde buscar una puta. Debí recurrir a lo más sencillo, googlear la palabra escort. En la pantalla aparecieron más de cien millones de sitios con diversas proposiciones. Tras no saber dónde pinchar, seleccioné una agencia que, como nombre de fantasía, utilizaba el nombre de “tabu’s”. Miré cada una de las fotos y una en particular llamó mi atención.  Era una chica  de nombre Amaranta. Ella poseía unos grandes pechos naturales, gordos y redondos, una cintura pequeña y un coqueto vello púbico de color castaño claro. Anoté el teléfono y llamé.

-Amaranta.

- Sí- respondió una voz sexy, ronquita que me recordaba a alguien, no sabía a quién.

- Hola quisiera tener… cómo lo digo.

- una cita conmigo.

- Me quitaste las palabras de la boca.

- Es primera vez que haces esto.

- Sí.

- Se nota mi amor, estás nervioso.

- Un poquito.

- Relájate no más.

- Cuánto me sale el servicio

- Cincuenta lucas normal, setenta completo-. Casi me dio un ataque. Era carísima, aunque dispuesto a pagar.

-  Y cuál es la diferencia-.

- El normal es solo sexo oral y contacto normal, el otro incluye greco.

- Ok, quiero el último.

- ¿Vienes ahora?- preguntó.

- Eh, no mañana en la tarde.

- Pero amor- me dijo- pudo haberme confirmado mañana-. Soltando una risa embriagadora- bueno- mañana entonces a qué hora.

- A las cinco, después de que salga del trabajo. Dónde queda ubicado.

- En Tobalaba con Providencia, te doy la dirección mañana.

- Bueno nos vemos,

- Chao.

 

Finalmente había decidido finalizar mi abstinencia. Sin embargo, una duda me surgió de la nada: ¿Qué era greco?

 

Otra vez me metí a Internet y buscar el significado del término.

 

Greco: chilenismo para hacer referencia el sexo anal.

 

Me quedó clara la película.

 

V

 

Esa mañana hizo un frío horrendo. El termómetro indicaba  dos  grados bajo cero. El hielo se adhería a los vidrios de los vehículos cristalizando los parabrisas. La gente caminaba entumida, tiritando y quienes venden cafés en las esquinas, obtuvieron suculentas ganancias.

 

Yo, en cambio, al levantarme de la cama, decidí vestirme abrigado. Me puse una bufanda, un  abrigo y un gorro de aquellos que usan los rusos. No presté mucha atención en clases, ni tampoco en el trabajo. Sólo quería que acabase el día para ir a satisfacer la necesidad.  

 

A las cuatro tr salí de la oficina con dirección al lugar indicado. Corría una brisa helada que te golpeaba como cuchillo cualquier punto donde no te protejas del frío. Las personas caminaban como apretadas, compungidas, haciendo muecas por las temperaturas. Yo no era la excepción. Caminaba entre tiritones, intentando calentarme con una sopaipilla.   

 

Diez para la cinco de la tarde y llamo a Amaranta.

-Amaranta

- Con ella

- Yo agendé una cita contigo ayer en la noche

- sí, lo recuerdo muchachín

- Estoy en las coordenadas que me indicaste anoche, dame la dirección, por favor.

 

Ella me entregó los datos y di con la dirección. Era un edificio como cualquier otro de Santiago, rectangular  con un par de ventanas y lindos balcones donde seguro se tenía una vista privilegiada de la capital.

 

Entré y en la sala de estar me recibió un conserje sentado tras el mostrador. Vestía camisa celeste, manchada con algo grasoso a la altura del pecho y unos pantalones grises.

 

-Buenas tardes.

- Buenas- respondí.

- A dónde va

- Al 705.

- Su nombre por favor.

- Carlos Ramírez- mentí

- momento por favor.-  levantó el citófono y dijo mi nombre, luego movió la cabeza  e indicó que subiera. Le hice caso. Ya en el ascensor, mire mis ojos. Era lo único que se veía del rostro, porque éste estaba cubierto por una bufanda y un sombrero gris que no desentonaba con el terno que llevaba puesto. No me había cambiado de ropa, ya que en la mañana había dado un examen y como a los abogados les gusta ser formales, no tuve más alternativa que usarlo todo el día.

 

Al llegar al séptimo piso, estaba un tanto nervioso. Mis piernas tiritaban como gelatina y al llegar al departamento 705, me dieron ganas de abortar el plan. Estuve unos segundos dubitativo, no obstante, cerré los ojos tocando el timbre. Pasaron unos minutos cuando la puerta se abrió ingresé sin que nadie me recibiera. Luego sentí  que la madera se cerraba atrás de mí.

- Hola- me dijo una muchacha de cabello castaño, ondulado, ojos verdes redondos, casi de animación japonesa. Usaba un sexy conjunto rojo que resaltaba una silueta plagada de curvas… yo quedé aterrado.  La chica caminó hacia la pieza, mientras yo quedé paralizado.

- Eres tímido mi amor- dijo- por que no te quitas esas cosas que llevas puestas.

 

Le hice caso, saqué primero el sombrero, luego desenrollé la bufanda café. Ella seguía contemplando la ciudad por la ventana. Cuando se dio vuelta, la muchacha se puso pálida y una lágrima corrió por su mejilla.

 

- Ma… ma… Martín.

- Tantos años sin vernos, Carolina… o debo decir Amaranta.- Mi ex novia cayó sentada en un sillón de cuero en el living, se tomó la cabeza, pasando sus dedos lentamente por su cabellera.

- Déjame explicarte todo.

- No te preocupes- respondí aparentando calma- ya me quedó todo claro y las explicaciones después de tanto tiempo no valen la pena.

- yo.. yo, nunca te que quise…-

- Vine por un servicio y quiero que me lo des- repuse

- es que…

- Nada de peros… puta-. La tomé con firmeza volviendo a sentir su piel tersa, llevándola a una de las habitaciones. Al abrir la puerta apareció una cama de dos plazas, un velador y un cuadro colgaba en la cabecera. La arrojé en la cama dándole una cachetada. Ella ni siquiera gritó, me bajé los pantalones, junto con sus calzones y nuestros sexos quedaron al aire. La penetré con brusquedad, ella emitió un chillido pequeño, como el de una gata, la sentí dentro con una impotencia que se reflejó en las embestidas.

- Date vuelta- ordené. Ella aceptó lo hice por detrás. Yo escuchaba su gemido dolorido mientras yo descargaba el semen entre sus nalgas.

 

Caminé hacia donde estaban los pantalones me los puse y de la billetera arrojé la tarifa. Salí en silencio. Llegué a la calle y encendí un cigarro pensando que Dios es un hijo de puta que nos odia a todos.     

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