Uno que otro papel picado de las celebraciones en plaza Italia en medio de las corrientes de aire circulaban por las elegantes calles de Providencia y Las Condes. Desde los balcones de los edificios, las bandera chilena ondeaba al compás de la brisa, la cual, supuestamente, trae consigo “aires de Cambio”.
Sin embargo, la celebración estaba a ras de piso, el asfalto perfecto de las avenidas del sector oriente. El motor de las camionetas cuatro por cuatro y los Mercedez Benz rugía entre bocinazos y más banderas chilenas que cubrían de un manto tricolor las grises avenidas capitalinas.
Más de algún rubio o una rubia, impecablemente vestido asomaba la mitad de su cuerpo por la ventana de un Mini cooper, o Volkswagen, o un Audi, entonando el grito de moda: “se siente, se siente, Piñera Presidente”, pero entre aquellos que celebraban, no faltó quien portaba una fotografía Pinochet, el cual, santo patrono de la derecha, celebraba desde el averno el primer triunfo electoral de la derecha desde el Jorge Alessandri Rodríguez.
Cuando subí al metro, el fervor aún continuaba. Una pareja que hubiera encajado perfectamente en comercial de dentífrico, usaba unas coquetas poleras blancas con la denominada “estrella del cambio”, elemento que los creativos del abanderado de la derecha copiaron vulgarmente a Lula da Silva. Recuerdo a una señora de extracción popular con una vocación abiertamente aspiracional -su cabello estaba teñido de color trigo, aunque la delataba la raíz negra – subió al metro con una sonrisa de dientes amarillos. Ella era acompañada por dos o tres señoras más que decían: se fueron, se fueron, se fueron… ahora nos toca a nosotros. Yo me reí en silencio. Pensé pobrecitas, este gobierno no será de ellas, sino de quienes andan en la superficie con sus lujosos automóviles… bueno, después se pegaran el alcachofazo…
Después de unos minutos, llegué a Recoleta. Subí por las escaleras de Estación Einstein, pensando hallar una situación parecida a la de mi lugar de trabajo. Sin embargo no había nadie, no había pabellones patrios, no había bocinazos- salvo uno que otro aislado- nadie cantaba loas a Piñera ni mucho menos entonaba la canción nacional. Era un silencio acompañado del tránsito de la circulación del transporte público y uno que otro borracho esperando que la botillería de turno abriera tras el fin de la ley seca.
Pese a la predecible victoria de Piñera, llegué contento a mi casa. Todavía queda gente con algo de neurona.





Estimado Diego...
Tu post destila cierto aire de resentimiento social, no obstante es necesario entender que, atinada o no, fue una dicisión de la mayoría. Es el juego de la democracia, ni menos ni más.
Pero, como advierto en ti un escritor en ciernes, dejemos las formas de lado y vamos a lo de fondo: a ver si me explicas qué significa la palabra arras.
Salud2.