por Roberto Ampuero Hasta hace poco predominaba la idea de que en Chile la izquierda siempre monopolizaría la política cultural y la centroderecha nada tendría que hacer en ese ámbito. Esto cambió gracias al esfuerzo programático realizado durante dos años por el grupo de cultura de Tantauco, que elaboró las propuestas de un gobierno de la Coalición por el Cambio para los creadores y la ciudadanía. Las propuestas son una señal potente, pues manifiestan la convicción del candidato favorito de que la cultura es el alma plural de la nación, que debe ser alentada con espíritu amplio y tolerante, donde nadie sea marginado por sus ideas políticas, su fe, su pertenencia social, racial, de género o su orientación sexual. Que la centroderecha haya colocado sobre la mesa una agenda cultural más detallada que la candidatura oficial, que a ratos confunde la explicitación de propuestas con la exhibición de rostros, ha despertado la curiosidad de creadores que históricamente votaron por la Concertación y hoy ven sin sobresaltos un eventual triunfo opositor. Tras conocer los compromisos culturales de Sebastián Piñera, que incluyen, entre otros, duplicar los fondos e incorporar al mundo privado a la promoción de la cultura, así como respaldar las culturas indígenas y la imagen país, un número creciente de artistas valora en el candidato su oposición a dictaduras de todo signo, su visión liberal de la cultura y su deseo de introducir cambios en un sector que controlan desde hace décadas las mismas fuerzas. Es conveniente para este país moderno y democrático que la centroderecha, siguiendo experiencias europeas, haya dado un paso trascendental hacia la cultura. Nada mejor para un creador que poder escoger entre políticas culturales diversas, que lo liberan de la unidimensionalidad. Los neoestalinistas vilipendian, desde luego, a los creadores que respaldan el cambio, tildándolos de “traidores”, “agentes de la CIA” o “pésimos escritores”, desconociéndoles así algo elemental: el derecho a escoger la opción que más les convenza. Pero desacreditan también para amedrentar a otros intelectuales que juegan con la idea de apoyar el cambio. Para la izquierda dura es inaceptable que hayan aparecido competidores con visiones modernas, inclusivas y flexibles en una arena que controlaba y considera propia. Carente de argumentos para desacreditar la irrupción de estas nuevas propuestas en política cultural, sectores neoestalinistas concentrarán su artillería en la descalificación moral y literaria de Vargas Llosa y sus interlocutores. Los mismos que aplauden a Castro y Chávez acusarán al novelista de propiciar el retorno al poder de “fuerzas antidemocráticas y reaccionarias” en Chile. No lograrán, sin embargo, ocultar un fenómeno sano y esencial para la democracia: la irrupción en el ámbito de políticas culturales de un referente nuevo y articulado, que nos brindará la oportunidad de comparar y elegir. Fuente: emol
Curiosamente, Piñera no sólo es el primer candidato presidencial de centroderecha en atribuir importancia a la cultura bajo un eventual gobierno suyo, sino también el primer aspirante a La Moneda en mucho tiempo en cerrar su campaña prácticamente con un acto de poderoso contenido cultural: días antes del balotaje participará en una mesa redonda sobre cultura en la cual el invitado estrella será Mario Vargas Llosa, uno de los escritores de mayor prestigio de América Latina, un intelectual de excelsas credenciales democráticas.











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