Hoy, ya con el corazón sereno y, llevando en mí pecho aquella vieja certidumbre de que a estas alturas, el espíritu navideño ya se ha volatilizado dejándonos un montón de cuentas para pagar, se qué, mismo que muchos aún se sientan influenciados por el “maniqueísmo”, una visión donde uno de sus preconceptos más conocidos es creer que cada hombre posee como su propiedad ciertas cualidades definidas, esto hace que haya hombres buenos o malos, inteligentes o estúpidos, enérgicos o apáticos y, así por delante, continúen reinando soberanos en el orbe.
Con todo, León Tolstoi ya lo decía: los hombres no disfrutan esa constitución, pues por veces podemos afirmar que un determinado hombre se muestra más frecuentemente bueno que malo, o más frecuentemente enérgico que apático, o inversamente; pero sería falso decir de un hombre que es bueno o inteligente, y de otro que es malo o estúpido. No en tanto, es así que los juzgamos... ¡Eso es falso! Los hombres se parecen a los ríos: todos son hechos de los mismos elementos, sin embargo, todos difieren entre sí, porque algunos son más estrechos, otros son más rápidos, más anchos, mas plácidos, más claros, o más fríos, o turbios, o trépidos.
Sin embargo, San Agustín de Hipona, cuando este aún sólo era conocido como “el obispo Aurelius Agustinus” que, envuelto en su neoplatonismo cristiano, se dedicaba a combatir las herejías y el paganismo, a tal punto, que sus obras terminan por influenciar el pensamiento teológico de la Iglesia Católica de la Edad Media. Con todo, en su enseñamiento retórico, nos deja una frase esplendorosa que asevera: “Tener Fe, es creer en las cosas que no se ven; la recompensa por esa Fe, es ver aquello que no se ve”.
Pues bien, si prestamos atención a lo que divulga la agencia EFE de noticias, ya no sé más si es posible aconsejar a los niños que aun deben continuar a creer en esas épicas fiorituras que nos rodean, sobre pena de, a posterior, yo ser tachado de un blasfemo cismático. Eso ocurre porque a los niños japoneses “que se portan mal”, es posible que los visite el “Papá Noel” malvado que atacó al presidente de una empresa y luego le incendió su oficina.
¡Sí!, no se asombre, porque es verdad, ya que un intruso, disfrazado con las características prendas rojas de Papá Noel, se adentró silenciosamente sobre las 6.40 hora local de Tokio, en las instalaciones de la empresa Sanai, dedicada a la limpieza y recogida de basuras.
Por suerte para muchos, solamente el presidente de la compañía, Shoichi Arai, de 61 años, se encontraba en ese momento en las oficinas de la empresa, que está ubicada en Kumagaya, en la provincia de Saitama (al norte de Tokio)…
Y tras atacar al empresario con gas lacrimógeno, no contento con su actitud o, tal vez influenciado por esos perversos impulsos navideños que le afectaron los humores, el hombre, de unos cincuenta años de edad según las estimaciones de la policía, prendió fuego a las oficinas, donde dos de cuyas plantas se vieron muy afectadas.
Mientras tanto, el presidente de la compañía, quien aseguró que no conocía la identidad de su atacante, sufrió heridas graves durante el incidente, como la rotura de varias costillas y quemaduras en las dos piernas.
Entonces, no me queda más remedio que evitar esos deprimentes recursos psicoterapéuticos que, sobre pesos y medidas previamente ajustados con el analítico rigor que se merecen, nos conducen a una salida surrealista, en la cual, las cosas, sucediendo o no, son meramente tan artificiales, que pueden arrastrarnos a una normalidad indeseada dentro de un prosaico proceso de imbecilidad, lo que les hace merecer la misericordiosa sonrisa de los burros y el satánico elixir de las mordacidades.
Mismo así, me quedo con otro pensamiento del Santo Obispo: “Ciertamente estamos en la misma categoría de las bestias; ya que toda acción de la vida animal dice respecto a buscar el placer y evitar el dolor”











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