Esperando la tragedia

Vivimos a la espera de un enemigo que ya vive entre nosotros, un enemigo sin cara y sin cuerpo, pero con una voz atronadora que sin pronunciar una sílaba lo dice todo. Su voz es la voz del destino, que no escucha a nadie, que no espera a nadie, que no ve a nadie, pero que de un segundo a otro lo es todo. La voz del subsuelo que nos recuerda nuestra endeble posición de habitantes de faldeos cordilleranos, de agricultores de tierras volcánicas, de últimos grumetes de un barco fantasma del que preferimos no saber el destino final. Es difícil calcular hasta qué punto la espera de ese terremoto grande, de ese Apocalipsis, ha marcado la psicología nacional. Quizás se debe a ella nuestra incapacidad de contar una historia con comienzo, medio y fin. Para nosotros, el fin puede ocurrir en cualquier momento.
El chaqueteo

Me da rabia cuando critican el chaqueteo del chileno. Los españoles, los franceses o los ugandeses también aseguran que la envidia es suya y sólo suya. El chaqueteo es universal porque no es el amor sino su opuesto, la envidia, lo que hace girar el mundo. Los que se quejan del chaqueteo del chileno dejan entrever que son tan exitosos, tan por encima de la media, que tenemos que envidiarlos. Hablar del chaqueteo chileno es querer pertenecer al exclusivo y muy chileno grupo de los mediocres que le echan la culpa de todo al empedrado. En realidad, el que se queja de la envidia ajena suele ser un envidioso de primera. Los que no padecen esa enfermedad por lo general son insensibles a los dardos. Sólo ven la envidia los que la sienten.
¿En qué colegio estudiaste?

La pregunta sirve de comodín para iniciar una conversación relajada en
comidas, cócteles y almuerzos entre desconocidos. Así, sin necesidad de una
conversación profunda, se sabe quién es quién. Ya se sabe, los del San Ignacio
son pastorales y comprometidos y usan todos el mismo peinado; los del Saint
George's, bucólicos y liberales; los del Instituto Nacional van todos para
Presidentes de la República; los del Liceo de Aplicación son duros de roer; los
del Santiago College, millonarios; las de las Ursulinas, pavas; los del
Marshall, porros; las del Liceo 7, candidatas fijas a Miss Chile; las del Villa
María, cuicas; cuicos también los del Verbo Divino; los de la Alianza Francesa
se las saben todas; los del Manuel de Salas, son intelectuales; las del Liceo
1, esforzadas; los del Liceo 11, peligrosos; los del Fleming, repitentes; las
del colegio Los Andes, vírgenes; los del San Juan, izquierdistas, y así hasta
el infinito.
"Nunca salí del horroroso Chile –dijo el poeta Enrique Lihn-, nunca salí de la prosa que me endilgaron los dos patios del Liceo Alemán". Ser chileno es pertenecer a un sistema de castas copiado a la mala de una Inglaterra que ya no existe. Sistema en que las insignias escolares ya definen para siempre tu vida (un fracasado del San Ignacio no es igual a un fracasado del A-94). Se haga lo que se haga, nunca somos otra cosa que esos pobres uniformados que siguen adormecidos los actos cívicos, desfilan en las banditas escolares, se ríen de las ratas desolladas en el laboratorio, se excitan con los jumpers que esconden torpedos y se ríen a carcajadas de las bromas contra los del liceo del frente.
Frente al extranjero

No hay extranjeros, ricos o pobres, morenos o rubios, que no confiesen
que adaptarse a Chile ha sido una tarea ardua, en la que no pocos fracasan, no
sólo por estar obligados a sufrir sobrenombres, empujones o murmullos, en la
espalda, sino por la total incapacidad nuestra de integrar a la conversación al
forastero, escucharlo, preguntarle cómo se siente, darle un lugar entre
nosotros.
Pero el racismo no es una exclusividad chilena. El racismo es el más
natural, el más primario de los sentimientos. El racismo no se enseña. Se
enseña la tolerancia, el interés por los demás, el diálogo. Somos tan racistas
como cualquier otro país, sólo que tememos siquiera pensar en ello. De ahí que
hayamos desarrollado una tolerancia de pantalla, una curiosidad que no pregunta
nada, una hospitalidad que les pide a los extranjeros que sean iguales a
nosotros antes de abrazarlos: les exigimos que sus hijos sean del Colo Colo,
que vayan a la iglesia, que coman completos y que encuentren simpática a la
Paty Maldonado.
El aburrimiento

Un amigo acaba
de llegar de Milán, horrorizado porque en la capital del fashion a las nueve de
la noche está todo cerrado. Ni un alma, salvo algunos ancianos que pasean sus
perros. Toque de queda permanente, sin miedo, rutinario y normal. En Londres,
ciudad donde según dicen "está todo pasando", a las once de la noche
dejan de servir alcohol. A la una de la mañana es difícil encontrar donde
sentarse. En París las pocas fiestas que hay están estrictamente reguladas por
el horario del metro (que cierra a las doce y media).
En Santiago la noche es bastante más generosa, ruidosa y peligrosa; sin embargo, misteriosamente, cada vez que hablo con un chileno me enfatiza lo aburrido que está, que ya no hay bohemia, que todo en Santiago es fome, que no hay vida nocturna, que se ha ido a Europa a respirar la verdadera vida. La verdadera vida en casi todo Europa se acuesta a las nueve de la noche, despierta a las siete y no va a restaurantes más que una vez al mes. Sólo en España, país que incluyó la juerga en su escudo nacional, la fiesta nunca acaba, a cambio de largas siestas y de un estado de imbecilidad parcial de muchos de sus habitantes (los que más trasnochan). Chile le hace el peso al barrio de Malasaña, a Lavapiés, o a la Latina. En Santiago, por lo que recuerdo, hay mucha gente y muchas fiestas, y mucho más sexo que en casi todo Europa, y sin embargo los chilenos se aburren.
FUENTE: www.catalonia.cl












me gusto el artículo y viva el San Juan
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evangelista? imagino
ligia