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Personalmente, hasta hoy, no había caído en cuenta que la crisis actual tiene el mismo origen que todas las anteriores: Los Grandes Banqueros Mundiales.
Para poder entender ésto, es necesario remontarse a 1800 y buscar el comienzo del problema: John D. Rockefeller, el hombre más rico de la historia.

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La
saga de los Rockefeller
John D.
Rockefeller nació en una granja del estado de New York en 1839, de un padre
aventurero, médico no diplomado que vendía preparados medicinales «milagrosos»
a base de opio y estafaba a sus propios hijos para inculcarles el sentido de
los negocios, y una madre bautista muy devota que educó a sus hijos en el rigor
y la austeridad, al extremo de amarrarlos a un poste para castigarlos por
alguna desobediencia. John comenzó su carrera en Cleveland, Ohio, como
contador.
Fascinado por
las hazañas de los pioneros del petróleo, compró -a los 26 años- una
refinería en asociación con dos hermanos ingleses, de los cuales se deshizo
rápidamente comprando la participación de ambos.
John D.
Rockefeller comprendió que la única manera de dominar el mercado tenía que ver
más con el proceso de elaboración del crudo y su distribución que con la
extracción. Concentró su estrategia en el ferrocarril en momentos en que la red
ferroviaria destinada al transporte del petróleo desde los yacimientos hasta
Cleveland auguraba la dependencia de los pequeños productores en relación con
los transportistas.
Obtuvo así el
mayor provecho de los sistemas de rebaja y no dudó en utilizar a sus antiguos
competidores que acababa de comprar como espías entre los competidores que
quedaban. Fue así que logró constituir en 1870 la sociedad por acciones
Standard Oil Company, con capital de 1 millón de dólares, del cual poseía el
27% [3].
Una batalla estalló pronto entre el cártel de productores y el de los
transportistas, con la Standard Oil en primera fila.
En aquella
época, el crudo se transportaba en plataformas y en barriles abiertos que
permitían la evaporación de la parte más volátil y preciosa de la carga. Lo que
llegaba al punto de destino era un residuo espeso que había perdido la mayor
parte de su valor.
Después de haber
comprado en secreto la sociedad de transporte ferroviario Union Tanker Car
Company así como la patente de los vagones-cisterna metálicos y herméticos que
se usan aún en nuestros días, John D. Rockefeller alquilaba esos medios a sus
competidores para que pudieran transportar el crudo que producían hasta las refinerías.
Cuando esos
mismos nuevos productores desarrollaban su infraestructura con vistas a
aumentar la producción, la Union Tanker rompía unilateralmente los contratos de
alquiler de las plataformas de transporte, provocándoles así enormes pérdidas a
causa de las importantes inversiones que habían realizado y llevándolos a la
quiebra. La Standard Oil de Rockfeller aparecía entonces para comprarlos a
precios irrisorios, obteniendo a la vez generalmente las vías férreas vecinas.
Aplicó la misma
estratagema durante años mientras no se supo que el mismo Rockefeller era
también el propietario de la Union Tanker. Si bien los métodos agresivos que
permitieron a Rockefeller controlar el 90% del mercado energético
estadounidense en 1910 están ampliamente documentados, y dieron inclusive lugar
a las modernas leyes antitrust, actualmente siguen sin ser mencionados en los
manuales de historia.
En 1911, el
gobierno estadounidense apunta al monopolio de la Standard Oil y exige que esta
sea desmembrada. La Standard Oil se divide entonces en varias compañías
pequeñas -cuyas denominaciones incluyen siempre las iniciales «S.O.» como SOHIO
en Ohio, SOCONY en New York y, por supuesto, Esso que se convertirá más tarde
en Exxon-, lo cual no tuvo ningún efecto real sobre el monopolio que
Rockefeller mantuvo de hecho.
Sin embargo, se
prometió a sí mismo vengarse del Estado todopoderoso que él detestaba. Para
hacerlo invirtió gran parte de su fortuna en la creación de 12 bancos
gigantescos que se convirtieron en la Reserva Federal cuando el Congreso
decidió, en 1913, recurrir a ellos para recolectar los impuestos.
En adelante,
los intereses acumulados cada año por la Reserva Federal, antes de que esta
última revertiera al gobierno el monto de los impuestos recogidos, iban a parar
un buen momento a las cajas de la dinastía Rockefeller.
Otras dos
compañías jugaban entonces un papel a escala mundial: la British-Persian
Petroleum Company, que explotaba principalmente los yacimientos del Irán
actual, y la Shell, basada en las ex-colonias holandesas de Indonesia y del
sudeste asiático [4].
En lugar de
agotarse en luchas entre sí que hubieran ocasionado inestabilidad en los
precios, las tres rivales se pusieron de acuerdo sobre un precio mundial y el
reparto de las grandes zonas petrolíferas. Para ello tenían que eliminar o
controlar a todos los pequeños productores locales o nacionales. La Primera
Guerra Mundial les dio la posibilidad de hacerlo.
El papel de
incitador que jugó la Standard Oil en la entrada de Estados Unidos en la
guerra, lo cual daría al país el derecho de intervenir en el reparto de las
antiguas colonias durante el Tratado de Versalles, permanece poco documentado
aunque es innegable.
Lo que sí es
seguro es que, al retirarse de la guerra en 1917 y construir un modelo
económico diferente, el Imperio Ruso -convertido en Unión Soviética- escapó a
la codicia del cártel. Esto sucedió en el preciso momento en que se
generalizaba la utilización del petróleo, gracias a la aparición del motor de
explosión, lo cual provocó un crecimiento desmesurado de la demanda.
Las «tres
hermanas» decidieron entonces, con el impulso de John D. Rockefeller, financiar
los partidos fascista de Italia y nazi de Alemania para que declaran la guerra
a la URSS, derrocaran a los bolcheviques y reabrieran el acceso al petróleo.
En 1934
alrededor del 85% de los productos petroleros transformados en Alemania eran
importados. Lo único que permitió a Hitler preparar su impresionante máquina de
guerra fue la producción de carburante sintético a partir de los importantes
yacimientos alemanes de carbón.
El necesario
proceso de hidrogenación fue desarrollado y financiado por la Standard Oil en
asociación con I.G. Farben, que producía también las armas químicas utilizadas
en combate y que fabricaría más tarde los gases letales para los campos de
exterminio.
Un informe del
agregado comercial de la embajada estadounidense en Berlín enviado al
Departamento de Estado en enero de 1933 señalaba con alarma que «en dos años,
Alemania producirá a partir del carbón suficiente aceite y gasolina para una
larga guerra. La Standard Oil de New York aportó varios millones de dólares
para ayudarla».
Paralelamente,
el acuerdo existente entre la Standard Oil y la I.G. Farben -que garantizaba a
la parte alemana el control absoluto del caucho sintético- frenó
significativamente el esfuerzo de guerra estadounidense. Por otro lado, los
directores de la Standard Oil of New Jersey, entre ellos William Farish [5],
contribuían a través de sus filiales alemanas a engrosar la fortuna personal de
Heinrich Himmler y pertenecieron a su círculo de amigos hasta 1944.
Esta
colaboración con la Alemania nazi no fue de conocimiento público en todo el
tiempo que duró la guerra, ni siquiera cuando esa rama de la Standard Oil fue
acusada de traición a causa de su asociación anterior a la guerra con I.G.
Farben [6].
Las transacciones financieras entre las filiales de la Standard Oil e I.G.
Farben se realizaron mediante un sistema bancario establecido por Prescott
Bush [7].
Aunque los nazis
fracasaron en cuanto a la recuperación de los yacimientos rusos, la guerra del
Pacífico permitió a la Standard Oil hacerse del control de numerosos
yacimientos de la región, que era anteriormente un coto de la Shell.
En Estados
Unidos, las estrategias desleales de la Standard Oil y los repetidos problemas
con el aparato estatal que adoptaba leyes contra los trusts habían convertido a
John D. Rockefeller en un personaje extremadamente impopular.
Este logró, sin
embargo, salvar su honor -y pagar de paso menos impuestos- legando 550 millones
de dólares (según su nieto Nelson, que fue vicepresidente de Gerald Ford en
1974) a diversas fundaciones y obras filantrópicas. La más conocida sigue
siendo la Rockefeller Foundation.
John D.
Rockefeller murió tardíamente, a los 98 años, y su único hijo John D. II tomó
por consiguiente las riendas a los 64 años, cuando ya estaba cerca de la edad
del retiro. Este último distribuyó 552 millones de dólares, pagó 317 millones
en impuestos y dejó a su familia un total de 240 millones.
Su hijo, David
Rockefeller, tuvo éxito en las finanzas como presidente, y después como
director, del banco Chasse Manhattan hasta 1981. Fue también presidente del
Council on Foreign Relations de 1970 a 1985. El valor global de los activos en
manos de todos los descendientes vivos de John D. Rockefeller I se estimaba, en
1974, en 2,000 millones de dólares. Sus herederos poseen aún el 2% del capital
de Exxon-Mobil.
A
la conquista del mundo
Con el
fortalecimiento de la Standard Oil, aparecieron nuevas prácticas de evasión de
impuestos y estas dieron lugar poco a poco al surgimiento de las «banderas de
conveniencia». El objetivo era transferir el máximo de costos al punto en que
el Estado tuviera menos posibilidad de intervenir, durante las numerosas etapas
de la cadena de producción, transporte y comercialización del petróleo.
Michael Hudson,
profesor de economía en la universidad de Missouri y especialista del dominio
económico estadounidense, cuenta que David Rockefeller le consiguió una cita
con Jack Bennet, tesorero de la Standard Oil of New Jersey.
Cuando Hudson le
preguntó dónde generaba la sociedad sus beneficios, Bennet le expuso una lista
vertical de filiales repartidas a través de toda la cadena. Al no existir
impuestos en Panamá y Liberia, era allí donde se creaban las filiales en las
cuales se inscribían los petroleros. Después, se cedía el crudo a las filiales
a precios irrisorios antes de facturarlo de nuevo, al máximo esta vez, a los
países occidentales consumidores [8].
Desde mediados
de los años 70 y el descubrimiento de yacimientos importantes en la cuenca del
Mar Negro, Exxon y algunas otras compañías más modestas como Unocal no han
cesado de ejercer su influencia sobre la política de Washington en la región.
Desde el
financiamiento de los mudjahines de Bin Laden contra la ocupación soviética de
Afganistán, para obstaculizar la exportación del petróleo ruso hacia el sur,
hasta el gigantesco proyecto del oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan que implica la
instalación de bases militares de intervención rápida para la protección de la
infraestructura [9],
Exxon-Mobil y el Pentágono marchan juntos en el esfuerzo por liberar a Estados
Unidos de su dependencia del Medio Oriente.
Exxon-Mobil se
ha hecho especialmente activa en Kazajstán, donde comparte con las sociedades
petroleras ENI (Italia), la Shell (Holanda) y Total (Francia) un contrato
firmado con el gobierno para la explotación del yacimiento más grande hasta
ahora descubierto, el de Kashagan -que ha destronado de esta manera al también
inmenso yacimiento de Prudhoe Bay en Alaska, el cual fue descubierto hace 30
años. Las reservas anunciadas inicialmente son sin embargo objeto de duras controversias
y disputas territoriales, sobre todo entre Kazajstán e Irán [10].
En Indonesia,
Exxon-Mobil posee el 35% de la sociedad Pertamina, una importante estructura de
producción de gas natural, y había firmado un contrato con el general Suharto
para que el ejército garantizara la protección del lugar mientras que la
multinacional corría con los gastos.
Algunas ONG han
revelado que durante los años 90 más de 1,000 personas fueron asesinadas,
torturadas o desaparecidas por el ejército, que las detenía a menudo en locales
pertenecientes a la Mobil.
El International
Labour Rights Fund, con sede en Washington, intentó llevar a cabo una acción
judicial pero el proceso, que ya era lento, se vio frenado aún más desde que
comenzó la «guerra contra el terrorismo»: la defensa de Exxon-Mobil afirma que
una acción contra la compañía y el gobierno indonesio minaría los esfuerzos de
ambos en la lucha contra los «terroristas islamistas» [11].
En cuanto a
Irak, Exxon-Mobil utilizó su condición de mayor compañía petrolera estadounidense
para jugar un papel preponderante en la escalada que llevó a la invasión y al
caos actual, a tal punto que una de las bases avanzadas de la US Army fue
bautizada con el nombre de la sociedad. Grant Aleonas, subsecretario
estadounidense de Comercio, declaraba durante un forum económico en octubre de
2002: «[La guerra] abriría el chorro de petróleo iraquí, que tendría ciertamente
consecuencias profundas en términos de resultados de la economía mundial para
los países que producen bienes y consumen petróleo.» [12]
Pero hasta
ahora, los sabotajes y el estancamiento de las tropas estadounidenses ante la
resistencia encarnizada del pueblo iraquí han frustrado las expectativas.
En realidad,
Exxon no se esfuerza mucho más que la administración Bush por poner fin a la
dependencia estadounidense del petróleo árabe. Ambos saben que, según las leyes
de la termodinámica, el Medio Oriente será el objetivo central de los próximos
decenios ya que posee las principales reservas de petróleo y que nada podrá
reemplazar rápidamente el crudo.
Saben perfectamente que ello equivaldría a negar a sus accionistas los dividendos que han recogido ininterrumpidamente desde hace más de cien años, lo cual iría en contra de los fundamentos mismos del capitalismo.
Lee R.
Raymond
Un
compromiso político determinado
Al contrario de
muchas multinacionales que reparten sus donativos a partes equivalentes entre
todos los grupos con posibilidades de ejercer el poder político, los
Rockefeller, la Standard Oil y más tarde Exxon-Mobil han optado siempre por un
compromiso político determinado: contra el poder estatal y a favor de la
desregulación global.
Desde 1998,
Exxon ha contribuido a las campañas electorales estadounidenses con un total
3.900.000 dólares. El 86% de esa suma ha ido al Partido Republicano, esencial y
directamente al candidato George W. Bush [14].
La firma se encuentra actualmente bajo la dirección del muy discreto Lee R. Raymond, por otro lado administrador del J.P. Morgan Chasse & Co. Si bien, teniendo en cuenta su influencia, este se convirtió en miembro del Consejo de Relaciones Exteriores [15], de la Comisión Trilateral y del Grupo de Bilderberg, fue su activismo y no su estatuto social lo que le valió ser nombrado vicepresidente del American Entreprise Institute [16] el think tank que llevó a George W. Bush a la Casa Blanca [17].
CONTINUARÁ...
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Periodista francés, miembro de la sección francesa de la Red Voltaire especializado en los problemas energéticos y militares.
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[3] Las
siete hermanas, por Anthony Sampson, 1976.
[4]
Ver los artículos «Shell, un pétrolier apatride», por Arthur Lepic, Voltaire
del 18 de marzo de 2004, y «BP-Amoco, coalition pétrolière anglo-saxonne», por
Arthur Lepic, Voltaire del 10 de junio de 2004.
[5]
William Farish es el abuelo de William Farish III, administrador de las
herencias que recibió George W. Bush y actual embajador de Estados Unidos en
Londres.
[6] «Wall Street and
the rise of Hitler», por Antony C. Sutton.
[7]
Prescott Bush es el abuelo del actual presidente George W. Bush.
[8] «An insider
spills the beans on offshore banking centers», entrevista de Michael
Hudson realizada por Standard Schaefer, Counterpunch, 25 de marzo de 2004.
[9] Ver
el artículo «Le despote ouzbek s’achète une respectabilité», por Arthur Lepic,
Voltaire, 2 de abril de 2004.
[10] «Kazakhstan: Oil majors agree to
develop field», por Heather Timmons, The New York Times, 26 de
febrero de 2004.
[11] «Exxon-Mobil-sponsored
terrorism?», por David Corn, The Nation, 14 de junio de 2002. [12]
The tiger in the tanks, informe de Greenpeace, febrero de 2003.
[13]
Los sitios web stopesso
y exxonsecrets son una mina de información
sobre este tema que va mucho más allá de las simples actividades de la
multinacional.
[14]
Según los datos del Center for
Public Integrity, agosto de 2004.
[15]
«Comment le Conseil des relations étrangères détermine la diplomatie US»,
Voltaire, 25 de junio de 2004.
[16] «El Instituto Norteamericano de la
Empresa», Voltaire del 13 de marzo de 2005.
[17] Con ese objetivo, el Américain Entreprise Institute creó, en su propia sede, une asociación ad hoc: el Proyecto para un nuevo siglo norteamericano.
FUENTE: www.voltairenet.org












Ésa es la forma en que se acumula capital.
Utilizando prácticas "poco ortodojas", por decir lo menos.
No es que le quiera atribuir la crisis actual al señor Rockefeller, sino mostrar cómo se origina el problema actual hace generaciones.
El Director.