El siguiente artículo es bastante extenso, pero creo vale su tiempo leerlo. (publicado el 12 de abril de 2009)
Me imagino que el lector esta dispuesto a
admitir que la dignidad humana es para nosotros una cuestión importante, pues
hoy ocupa páginas y conversaciones innumerables. Casi siempre se habla de ella
como un tema político, el del reconocimiento de todos, el de los derechos
humanos como fundamento del ordenamiento jurídico, o como una exigencia moral
básica e inalienable que debe ser enérgicamente defendida para que la sociedad
no se deshumanice.
Sin
embargo, pocas veces se habla de la dignidad desde un planteamiento intimista y
estético. Pero es muy instructivo hacerlo. El paciente y sufrido lector que
esté dispuesto a acompañarme podrá ver, espero, cómo la dignidad humana
envuelve también a aquellos asuntos que ennoblecen o degradan a la persona ante
sí misma, y en consecuencia ante los demás, por ejemplo la autoestima que uno
tenga de sí y la consideración que los demás le otorguen. Comportarse
dignamente es algo que se aprende y que tiene que ver con un hecho escueto y
principal: lo feo es indigno y vergonzoso, y debe ser ocultado o sustituido por
lo bello y elegante. La presencia de lo bello y de lo feo en nosotros mismos es
una parte decisiva de nuestra dignidad.
Esta cuestión nos preocupa más de lo que en principioestaríamos dispuestos a reconocer. ¿Qué piensan de mí? ¿Qué tal aspecto tengo? ¿No estoy realmente horrible? ¿Pensarán que soy tonto, o viejo, o palurdo? ¿Alguien se habrá dado cuenta de que la culpa fue mía? ¿Qué dirá mi jefe? ¿Quedaré como un imbécil?

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La
familia de actitudes humanas que se ponen en juego para preservar nuestra
dignidad es sumamente rica. Quizá las más importantes son la vergüenza, el
pudor y la elegancia. Otras muchas tienen con ellas una íntima y natural
conexión, y por eso nuestro comportamiento las envuelve en expresiones y
reacciones que muestran toda la inagotable riqueza de lo humano. Sin embargo,
las tres mencionadas son las encargadas de efectuar el recorrido desde lo más
bajo -la fealdad- hasta lo más alto -la belleza-, a través de todos sus
intermedios. Son actitudes inseparables y entremezcladas, que aquí no tenemos
más remedio que diferenciar para lograr así una cierta comprensión de ellas.
LA VERGÜENZA
"Tener vergüenza
es sentirse intrínsecamente malo, fundamentalmente feo como persona" (G.
Kaufman). La vergüenza es un sentimiento espontáneo que la persona tiene ante
sí misma o ante los demás cuando algo en ella, y por tanto ella misma, aparecen
como feos, y por tanto indignos y vituperables.
El
sentimiento de vergüenza afecta así a lo más íntimo del hombre. Por eso es tan
importante, porque el afectado es él mismo, como tal hombre. Por ejemplo, la
vergüenza juega un papel decisivo en la formación de una recta conciencia
moral, que nos hace sentirnos buenos o malos, inocentes o culpables. También es
decisiva a lo largo del proceso psicológico y social en el que tomamos pacífica
posesión de nuestra identidad y somos reconocidos y aceptados por los demás.
Pero además, la vergüenza es un factor central en los desarreglos del
funcionamiento del yo. Por eso, como todo sentimiento, necesita ser bien
educada, pues, como añade Kaufman, es "la fuente de la insuficiente
autoestima, del pobre concepto de uno mismo o de la mala imagen corporal, de la
duda de sí y de la inseguridad y de la disminución de la autoconfianza".
Por eso "es la fuente de los sentimientos de inferioridad. La experiencia
interior de la vergüenza es como una enfermedad dentro del yo, una dolencia del
alma", un tormento interior o una herida que nos separa de nosotros mismos
y de los demás, aislándonos en nuestro sonrojo.
La
presencia de lo feo y vergonzoso en nosotros arruina la estimación ajena:
"caérsele a uno la cara de vergüenza es perder el honor", añade el
mismo autor. Si lo vergonzoso es lo feo presente en la persona, se entiende que
los clásicos griegos dijeran que lo contrario de lo bello (kalón) era
precisamente lo vergonzoso o torpe (aischrón). Cuando vemos en los demás, o
incluso en nosotros mismos, acciones, gestos o palabras ofensivos para su
dignidad o la nuestra decimos que eso es vergonzoso. Lo indigno es siempre
vergonzoso, e incluso ofensivo, en lo que tiene de irrespetuoso hacia alguien o
hacia uno mismo. Por eso quien comete acciones feas e indecentes no merece
nuestra estimación. La vergüenza se relaciona así con los sentimientos de
inferioridad y con la pérdida de la estimación.
EL PUDOR
Las
pocas reflexiones que anteceden bastan para confirmar que la vergüenza se
suscita por la presencia en nosotros de algo que consideramos indecoroso, y en
definitiva malo. Sin embargo, aparece ya en este sentimiento un elemento más
positivo: "sentir vergüenza es sentirse visto de un modo dolorosamente
disminuido. La vergüenza revela el yo interior, y lo expone a la vista".
Este "sentirse visto" produce una reacción espontánea por "la
elevada visibilidad del yo": la "urgencia de esconderse, de desaparecer".
"La experiencia de parecer transparente se crea precisamente por la
sensación de estar expuesto que es inherente a la vergüenza", continúa
Kaufman.
Cuando
uno se siente desposeído sin su permiso de algo íntimo que pasa a ser
públicamente enseñado, siente vergüenza, e incluso rabia. Sin embargo, en el
sentirnos sin quererlo indebidamente "transparentes" ante los demás
está operando ya ese segundo sentimiento que insinuábamos: el pudor, la
inclinación a poner la intimidad a cubierto de miradas extrañas. El pudor es el
gesto y la reacción espontánea de protección de lo íntimo que precede a la
vergüenza y le da a ésta un sentido positivo de preservación. Tiene por eso una
fuerte relación con la dignidad, pues acentúa la reserva de la intimidad, nos
hace poseerla más intensamente, ser más dueños de nosotros mismos. E1 pudor es
una manifestación de la libertad humana aplicada al propio cuerpo. Autodominio
significa dignidad porque implica libertad, y ésta significa ante todo ser
dueño de uno mismo. El pudor es algo así como la expresión corporal espontánea
del conocido derecho jurídico a la intimidad y a la propia dignidad.
Por
todo ello, la manera quizá más grave de desposeer a las personas de su dignidad
intrínseca es violar su intimidad, es decir, horadarla y forzarles a
manifestarla contra su voluntad, aún por medio de la coacción física o
psicológica: exponerlas a la vergüenza pública y privarlas de seguir siendo
dueñas y señoras de aquello que es sólo suyo: lo íntimo. Una persona violada
queda reducida a la esclavitud y a una gravísima vergüenza ante sí misma: tiene
dentro de sí la presencia invasora y violenta de lo extraño.
E1
pudor, al proteger y mantener latente nuestra intimidad (éste es su objeto),
aumenta el carácter libre de la manifestación hacia fuera de lo que somos y
tenemos. Lo íntimo es libremente donado porque es previamente poseído. El
pudoroso es más dueño de sí, valora más el don posible de su interioridad.
Incluso más la cela cuanto más rica es. El pudor es entonces el amor a la
propia intimidad, la inclinación a mantener latente lo que no debe ser
mostrado, a callar lo que no debe ser dicho, a reservar a su verdadero dueño el
don y el secreto que no deben ser comunicados más que a aquel a quien uno ama.
Amar, no se olvide, es donar la propia intimidad. Por eso ante el amado somos,
deberíamos ser, transparentes y auténticos siempre.
Es
bien sabido que la intimidad define radicalmente a la persona y que ésta es una
peculiarísima y fascinante dualidad de habla y silencio, de opacidad y
transparencia, de interioridad y exterioridad. La transparencia pública y total
significaría, en este caso, perder toda interioridad. Esto no sólo es ofensivo
para la persona, sino también imposible. La interioridad es tal porque en ella
algo queda latente y silenciado para la exterioridad. El ser íntimo e
irrepetible de la persona puede iluminar con su presencia unos ojos o un rostro
que se vuelven transparentes y dejan ver ese fondo interior y único que a ellos
se asoma. Pero ese ser siempre queda más allá, nunca es del todo
exteriorizable, siempre se reserva a sí mismo para seguir iluminando ese
rostro, para seguir amando a través de la mirada. El pudor es el cerrojo que
abre y cierra desde dentro el umbral por el que accedemos a la persona: no
somos dueños del abrir y del cerrar del otro. Es algo que se nos da, si está
justificado que se nos dé, y no podemos forzarlo; si lo hacemos estamos
horadando un territorio que no nos pertenece. Si él nos invita desde el umbral,
hemos de suponer que es una llamada verdadera, y que su salir pudoroso a
buscarnos franquea verdaderamente la entrada a esa intimidad en la que somos
invitados a habitar por vez primera.
Sin
embargo, cabe preguntar: ¿hasta dónde llegan las puertas de lo íntimo? El pudor
se extiende tanto como se extienden éstas. Apenas es preciso decir que el pudor
incluye no sólo la interioridad espiritual o psíquica, sino también el cuerpo,
pues él y cuanto a él se refiere forma parte de nuestra intimidad: el vestido,
las acciones, los gestos y movimientos corporales (comer, limpiarse, etcétera).
El pudor se extiende también a la casa y en general al lenguaje manifestativo,
pues ambos son ámbitos de expresión de lo íntimo, siendo éste el lugar donde la
persona habita consigo misma.
Por
ser el cuerpo parte de la intimidad, el pudor se muestra entonces como
resistencia a la desnudez, como una invitación a buscar a la persona más allá
de su cuerpo (Campanini). Mediante el acto y el gesto pudoroso, tan cercano
aquí a la vergüenza, la persona expresa una negativa a que su cuerpo sea
tomado, por así decir, sin la persona que lo posee, como una simple cosa, como
un instrumento u objeto de deseo para el que mira impúdica o curiosamente. El
acto de pudor es, en el fondo, una petición de reconocimiento, como si quien es
así mirado o deseado dijera: "No me tomes por lo que de mí ves
descubierto; tómame a mí, como persona".
LA DESNUDEZ ANÓNIMA
El pudor se nos aparece entonces como el acto por el cual la persona se hace presente en su cuerpo desnudo. Una desnudez es impúdica cuando, por decirlo así, no es de nadie y al mismo tiempo es de todos: es anónima, disponible para quien la quiera. Si a la persona le es indiferente desvestirse y mostrar su desnudez, ella no está en su cuerpo, y éste se convierte en una mera imagen de sí mismo, que no remite a nadie. El cuerpo está entonces sin dueño, abandonado o incluso ofrecido, es objeto decorativo o producto en venta. Cuando la persona desaparece de su cuerpo, éste se prostituye, se vende a bajo precio, se convierte en mercancía. El pudor permite ver a la persona con perspectiva, más allá de la pura epidermis en que parecen convertirse quienes se instalan en un escueto atavío, sin recatarse por la transparencia de sus telas o la firme adherencia de las prendas.

Cecilia Bolocco (1965 - )
Imagen: www.elpais.com
Desnudarse
obedece casi siempre a razones térmicas, de comodidad. Sin embargo, el carácter
sexuado del cuerpo da a la desnudez, de modo natural, cierto carácter erótico,
variable según las circunstancias. Querer ignorar esta realidad natural supone
reducir la sexualidad a mecanismo, a función fisiológica susceptible de
"técnicas". En las relaciones humanas el carácter sexuado del cuerpo
juega un papel que no es necesario explicar aquí, y que despierta la atracción
entre el varón y la mujer, dando origen a tipos de conducta, entre ellas la
seducción, que miran hacia el otro en tanto es varón o mujer. E1 modo de
mostrar el carácter sexuado del cuerpo, y también estas pautas de
comportamiento, están reguladas por una clase especial de pudor: el sexual.
Así
pues, el pudor es la regla que preside la manifestación propia o impropia de la
interioridad. En cierto sentido cabe afirmar sin dificultad que es una virtud. El
impúdico suele ser un sinvergüenza, pues no conoce el límite entre lo decente y
lo indecente, entre lo que es oportuno y conveniente mostrar y lo que no. Para
entendernos: lo indecente es intolerable, e incluso ofensivo. La idea de que la
decencia es un valor antiguo, hoy ya por fortuna desaparecido, no se
corresponde con la vigencia real de lo intolerable que por todas partes se
detecta en nuevas costumbres y reglamentaciones. Lo que ocurre es que éstas
versan sobre asuntos y valores distintos, quizá, desde luego, más triviales y
exteriores que los antiguos.
La
pérdida del sentido de la decencia, la incapacidad de percibir el límite de lo
vergonzoso como algo que protege los valores comunes de nuestra sociedad, y que
por eso debe ser a su vez protegido, no puede responder más que a una
debilitación de la interioridad, a una pérdida del valor de lo íntimo, y por
tanto, a un aumento de lo superficial, de lo exterior. Estrictamente esto
significa pobreza, y por tanto aburrimiento. Quien no siente necesidad de ser
pudoroso carece de intimidad, y así vive en la superficie y para la superficie,
esperando a los demás en la epidermis, sin posibilidad de descender hacia sí
mismo. Los frívolos no necesitan del pudor porque no tienen nada que
reservarse. Por eso son tan chismosos; hablan mucho, pero no dicen nada. Viven
hacia fuera. Están desnudos.
La regla que enseña a ocultar y desocultar lo íntimo embellece a la persona, porque la hace dueña de sí, la muestra a los demás reservada para ella misma, orientada hacia su "dentro", y por tanto digna. El pudor manifestado en la actitudes, vestimentas y palabras permite vislumbrar lo que aún queda oculto y silenciado: la persona misma. Por eso el pudor está en el umbral: porque desde él se llama al otro, se le muestra lo que pueda atraerle y admirarle, lo que aún podría avergonzar, lo que nunca se ha dicho todavía. El pudoroso no se ofrece todo entero, sino que invita a un después donde acontece un desvelamiento, donde puede darse un diálogo de miradas y palabras que abra una intimidad compartida. En tanto somos personas con interioridad el pudor regula necesariamente nuestras relaciones.
LA COMPOSTURA
Una vez que el pudor y
la vergüenza han enseñado el límite entre lo decente y lo indecente, podemos
preguntarnos de qué modo acontece la presencia de lo bello en la persona. La
respuesta es la que da título a estas páginas: compostura y elegancia. Ya se
dijo que el objeto de la elegancia es la presencia de lo bello en la figura, en
los actos y movimientos, o mejor dicho, el mantenimiento activo de esa
presencia, aquella obra de arreglo y compostura que hace a la persona, no sólo
digna y decente, sino bella y hermosa ante sí y ante los demás.
Para
explicar esta idea voy a proponer al lector una cierta novedad, para la que
solicito su aprobación. Consiste en introducir una distinción entre dos
"elegancias": una tiene un sentido más bien negativo, como para sólo
preservar de lo vergonzoso. Es la que llamaré compostura. La otra es la
elegancia "de verdad", plena de sentido positivo, que incluso podría
definirse como la belleza personal.
La
compostura es el sentido negativo de la elegancia en cuanto designa ausencia de
fealdad en la figura y conducta personales. En realidad esta actitud humana fue
considerada por los clásicos como una virtud, para ellos algo menor, que
denominaron "modestia". El Diccionario de la Real Academia Española
de la Lengua dice que modestia es "cualidad de humilde, falta de
engreimiento; pobreza, escasez de medios", y este es ciertamente el
sentido actual de esa palabra en el lenguaje ordinario.
Pero
ese mismo Diccionario antepone otra acepción distinta, tomada directamente de
la filosofía clásica, que dice así: Virtud que modera, templa y regla las
acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado, según lo
conveniente a él". Nadie entiende hoy así la modestia. A esto hay que
llamarlo más bien "compostura", y así me parece que habría de
hacerse, rectificando el Diccionario si es preciso.
Para
Andrónico de Rodas, primer editor de las obras de Aristóteles, la compostura
era "la ciencia de lo que dice bien (lo decente) en el movimiento y las
costumbres", "el buen orden que se ocupa de lo conveniente en los
diversos negocios y circunstancias", "espíritu de discernimiento, es
decir, de distinción, en las acciones". Su maestro Aristóteles, en cambio,
decía que la compostura (por supuesto, él la llamó de otra manera: afabilidad)
versa sobre lo que resulta agradable o desagradable en los dichos y hechos
respecto de los hombres con quienes se convive. Esto no es otra cosa que las
buenas maneras de las que hoy tanto se habla. Tomás de Aquino, por su parte,
afirma que la compostura o decoro es una virtud que regula los movimientos
externos del cuerpo.
Un
autor de moda que escribe sobre las virtudes, el francés A. Comte-Sponville,
insiste en que la cortesía no es una virtud, sino una especie de cualidad
necesaria para la convivencia humana. En este caso parece obligado disentir,
pues la compostura engloba algo más profundo que la simple cortesía externa,
aunque ambas apuntan hacia la buena educación, los buenos modales y palabras en
la vida social. Ser cortés no es sólo tratar correcta y educadamente a las
personas, lo cual implica ya reconocerlas dignas de buen trato, sino todavía
más: omitir decididamente todo detalle que resulte molesto o vergonzoso, e
incluso buscar la compostura, la finura y el donaire en el decir y actuar, de
modo que se merezca por ello la estimación, el aprecio, y aún la admiración.
La
compostura incluye en primer lugar limpieza, ausencia de lo sucio y manchado
que podrían afear a la persona. En segundo lugar contiene pulcritud, que es un
aseo cuidadoso, el cuidado de la propia presencia, un estar la persona
"compuesta" y preparada, en disposición de aparecer públicamente ante
quien en cada caso corresponda. En tercer lugar compostura es orden, un saber
estar que no se refiere sólo a la disposición material de objetos y vestidos,
sino al moverse del modo conveniente, en el momento adecuado y, sobre todo, con
los gestos adecuados. Esto es el decoro, algo así como el orden de los gestos y
de las palabras, su oportunidad y mesura, su adecuación con lo que quieren
expresar y con el destinatario de esa expresión: decoro son, por lo tanto, las
buenas maneras.
La
educación en la elegancia comienza por la enseñanza de estos aspectos básicos
incluidos en la compostura. Los niños difícilmente valoran su importancia, pero
sin ella no se hacen aptos para ingresar en la vida social. Es un error
corriente, que se pone de moda en épocas y personas románticas, juzgar que todo
esto es convención y artificio hipócrita, cuando en realidad constituye algo
así como la civilización del instinto y de la espontaneidad por medio del rito
y la costumbre, algo que constituye la base de toda educación y aprendizaje
humanos. E1 "naturalismo", en forma nudista, robinsoniana o
"hippie", suele terminar en lo cutre, ese "Teísmo" sin
elegancia que no es consciente de su vulgaridad. Las buenas maneras son, en
palabras de Kant, lo que "transforma la animalidad en humanidad".
Mantener
la compostura exige cuidado, tiempo, arreglo en definitiva. Esto obliga a
dedicarse atención, a ocuparse de uno mismo y de la propia apariencia. Si uno
no quiere mostrarse desaliñado debe cuidar su exterioridad, cortarse las uñas,
cambiarse de ropa, prestar atención, evitar las manchas y los malos olores. Perder
la compostura es una forma de perder la dignidad:
¿quién no se ha visto en la disyuntiva de tener que elegir entre correr para
subir al autobús o no quedarse sin ellas? La persona descompuesta y descuidada
se desperdiga, tiene un déficit del recto amor a sí misma que precisa para
remediar los defectos y deterioros de su condición corpórea y temporal, que
irremediablemente se van introduciendo en ella en forma de desgaste y
estropicio. Por el contrario, la persona compuesta tiene un centro que reúne lo
disperso, una regla que mide y ordena, un sosiego nacido del estar dueña de sí.
LA ELEGANCIA
La compostura, sin embargo, se limita más bien a "no desentonar". Aunque sin compostura no es posible la elegancia (esto conviene no olvidarlo), para alcanzar esta última se requiere algo más: ser atractivos, o al menos estarlo, desarrollar el gusto y el estilo, alcanzar la distinción.
Con
el fin de comprender un poco qué significa ser elegantes, lo más práctico es
analizar los requisitos o contenidos de esta rara cualidad que a todos nos
gustaría tener. Lo más inmediato y obvio es que ser elegante significa tener
buen gusto. Pero ¿qué es el buen gusto? Ante todo, como nos enseñan Baltasar
Gracián y H. Gadamer, es una capacidad de discernimiento espiritual que nos lleva no sólo a "reconocer como bella tal o cual
cosa que es efectivamente bella, sino también a tener puesta la mirada en un
todo con el que debe concordar cuanto sea bello". Se trata por tanto de
una capacidad que permite afirmar las realidades "gustadas" como
"bonitas" o "feas". Pero decir "esto es bonito" o
"esto es feo" sólo puede hacerse si "esto", particular y
concreto (un vestido, un peinado o un jardín) se refiere a un todo frente al
cual el objeto juzgado queda "iluminado" y descubierto como
"adecuado" o "inadecuado". El buen gusto es pues "un
modo de conocer", un cierto sentido de la belleza o fealdad de las cosas.
No se aplica sólo a la naturaleza o al arte, sino a todo el ámbito de las
costumbres, conveniencias, conductas y obras humanas, e incluso a las personas
mismas. Y desde luego no es algo innato, sino que depende del cultivo
espiritual de la educación y la sensibilidad que cada uno haya adquirido. Las
cosas de "mal gusto" no pueden ser de ninguna manera elegantes, sino
más bien torpes y vergonzosas.
Lógica
y afortunadamente, no existe una regla fija que determine qué es de buen y mal
gusto. Lo que sabemos es que el buen gusto mantiene la mesura, el orden,
incluso dentro de la moda, a la que lleva a su mejor excelencia, sin seguir a
ciegas sus exigencias cambiantes, sino más bien encontrando en ella la manera
de mantener el estilo personal.
La
idea del buen gusto nos lleva a la segunda nota de la elegancia: la
distinción.

Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis (1929 - 1994)
Imagen: www.ehow.com
Lo distinguido se opone a lo vulgar, a lo
zafio, que tiene ya connotaciones de cierto desaliño y suciedad. Distinguido es
lo que sobresale, lo elevado, lo señorial. La persona humana tiende de por sí a
moverse hacia lo alto: le gusta volar, soñar, subir, despegarse del peso de la
materia y sentirse ingrávida y espiritual, despegada, libre en definitiva. La
distinción es aquello que sitúa a la persona humana por encima de la vulgaridad
y dentro del señorío. En el caso de la elegancia, la distinción proviene del
buen gusto, puesto que éste permite hacer presente la belleza en aquello que el
mantenimiento de la compostura nos obliga a realizar.
Cuando
la persona dispone su apariencia exterior con arreglo al buen gusto, entonces
está bella: guapa, se dice en castellano. Y es esencial entender, como decisiva
nota de la elegancia, la presencia de la belleza en la persona. Es ésta la que
le da ese aire distinguido y espiritual que, por decirlo así, la desmaterializa
y eleva. Claro está que algunas personas tienen una belleza natural, física,
que apenas necesita aliños para ser elegante: su porte, su andar, tienen ya una
forma naturalmente distinguida y bien proporcionada, hermosa. Estas personas,
si tienen buen gusto y son elegantes, pueden llegar a enriquecer su ya natural
belleza hasta un esplendor que a las demás les suele estar vedado por su
inferior disposición natural.
Es
esencial recordar que la belleza significa en primer lugar armonía y proporción
de las partes dentro del todo, sean las partes del cuerpo, de los vestidos, del
lenguaje o de la conducta. Pero además, como dice Aristóteles, "a las
obras bien hechas no se les puede quitar ni añadir, porque tanto el exceso como
el defecto destruyen la perfección". "La fealdad -dice Tomás de
Aquino comentando este pasaje- es el defecto de la forma corporal, y acaece
cuando un miembro se muestra con una forma inadecuada (indecente). Pues la
belleza (la elegancia) no se consigue si todos los miembros no están bien proporcionados
y adornados". Esto quiere decir que un sólo defecto estropea el conjunto,
pues para que la belleza se haga presente en el aspecto exterior de la persona
todo en él debe ser íntegro, acabado y bien proporcionado.
LO ÍNTEGRO
Lo íntegro es
precisamente lo bien hecho, aquello a lo que no le sobra ni le falta nada, lo
que está completo y perfecto dentro de sus límites. A los griegos siempre les
fascinó esta idea de perfección: lo íntegro es perfecto porque, circunscrito y
limitado, dentro de sí tiene su télos, su finalidad, aquello que le da la
plenitud. La elegancia envuelve todo el ser de la persona en cuanto ésta es
íntegra, poseedora de su plenitud. Por eso, si ser elegante significa ser
íntegramente bello, esto no puede limitarse sólo al aspecto del vestido o al
arreglo externo. Por fuerza ha de incluir lo que la persona misma es y lo que
de ella se manifiesta.
Esta
es la idea griega, hoy tan perdida, de que las acciones hermosas, elegantes,
son aquellas que uno realiza abandonando su propio interés para emprender la
búsqueda de lo en sí mismo valioso, aquello que merece la pena por sí mismo, lo
que tiene carácter de fin, lo que una vez alcanzado da la felicidad y la
perfección. Este tipo de bienes no son ya los propios del bien decir, o del
bien parecer, el arte o la belleza corporal, sino los bienes auténticos, los
que realmente nos importan porque no sólo nos hacen felices, sino también
buenos. Para los clásicos lo bello, pulchrum, es lo bueno, aquello que conviene
al hombre y le perfecciona. Por eso, quien vive en armonía consigo mismo, quien
se autodomina, quien emprende esa búsqueda del bien más alto y arduo, ese bien
que constituye un ideal de vida, de esa persona se dice no sólo que es buena,
sino que tiene kalokagathía, una bondad bella, o una belleza buena, una
conducta íntegramente poseída desde sí: ésta es la verdadera elegancia, la que
radica en el alma y la embellece porque pone en ella el amor, la virtud y el
saber verdaderos.
La
elegancia muestra así su dimensión moral, algo que constituye el fondo y
sustrato de la otra dimensión, corporal y externa: quien no vive en armonía con
sus sentimientos y sus tendencias, quien no sabe lo que quiere y no obra como
debe, quien vive en discordia consigo mismo y con los demás, quien no conoce la
serenidad y la mesura en sus deseos y acciones, quien es desconsiderado con la
realidad que le rodea, quien no reproduce dentro de sí, en su voluntad, afectos
e inteligencia, el orden general del universo y del ser mismo, ése no puede ser
elegante porque no es bueno, ni dueño de sí mismo. Hasta aquí se extiende la
idea de que la elegancia es la presencia de lo bello en la persona.

Archibald Alexander Leach “Cary Grant”
(1904 – 1986)
Imagen: lacomunidad.elpais.com
Reproducir
en uno mismo la belleza general del universo es la suprema elegancia. Y esto
despierta en los demás el entusiasmo, la admiración. La actitud humana que
encamina hacia lograrlo se llama respeto, benevolencia, prestar asentimiento a
lo real y ayudar a que cada cosa sea del todo lo que es y lo que puede llegar a
ser. Lo indecente, por el contrario, es la prepotencia, atropellar la realidad
para someterla a nuestros intereses, pisotear la dignidad de los otros.

Mary Louise Streep (1949 - )
Imagen: www.wildaboutmovies.com
La
belleza humana no es sólo física, sino también moral. Pero la belleza física,
incluida desde luego en la elegancia, no es sin embargo algo simplemente
natural. Estaría incompleta si el vestido, el adorno y la proporción no la completaran.
El escenario principal de la elegancia, su materia por así decir, es el
embellecimiento de la compostura. Y ese embellecimiento puede lograrse al
cumplir la inevitable tarea de cuidar de uno mismo: la disposición del atuendo,
la ornamentación corporal, los modales distinguidos, la "forma bella de
expresar los pensamientos", como define la elegancia el Diccionario antes
citado, el modo de moverse, la figura y expresión de cada gesto, etc. La
elegancia está en la bella factura de todos ellos. Y ahí es donde se aprende y
desarrolla.
Esta
bella factura es el escenario donde puede mostrarse otro componente de la
elegancia: el arte y el estilo personales, que son la expresión exterior de la
propia personalidad y gusto. Un hombre elegante tiene "estilo" propio
sabe disponer las cosas con distinción, crea a su alrededor un ámbito cuidadoso
y agradable, embellecido por el adorno, pero al mismo tiempo deja traducir un
buen gusto característico a través de lo que hace. Por eso el estilo personal
es la singularización de la apariencia, el distintivo de la propia figura que
la hace inconfundible y en cierto modo irrepetible. La "distinción"
radica hoy más en este sello personal que ponemos en nuestra imagen que en el
carácter aristocrático de superioridad que en otros tiempos imponía una clase
social (D. Innerarity). La elegancia se convierte entonces en cauce de
expresión de la personalidad y creatividad de cada uno, en un desafío a la
monotonía y a la uniformidad.
Hay
que añadir aquí una observación que podría llevarnos muy lejos: `por qué el
ornato, el adorno, y no sólo el arreglo y la compostura? Adornar es una
necesidad y una costumbre humana que no responde a la manía, o a la simple
conveniencia de cubrir lo desnudo o lo vacío. Tiene que ver más bien con la
idea de festejar. Todo adorno tiene, en efecto, una doble función: es a la vez
representativo y acompañante. Acompaña la representación festiva, y ayuda a
ésta. Un traje de boda puede servir de ejemplo. Se trata de un traje
extraordinario, superabundante, lujoso incluso, de color simbólico. Realiza una
transformación de la novia, y la acompaña, la reviste de atmósfera solemne y
festiva al tiempo que significa y realiza su condición nupcial. Se advierte
aquí cómo el adorno, el aderezo externo, cumple todo él esta doble función de
acompañar y significar lo que la situación exige. Cada ocasión de este tipo
tiene unas exigencias y unas conveniencias que el ornato y la figura de la
persona deben reflejar, preceder y acompañar. Pues bien: la elegancia preside
ese "estar a la altura" que acontece en las ocasiones festivas como
adorno y compostura de la persona.
Toda
la inmensa capacidad humana de adornar (brazaletes, anillos, collares,
pinturas, telas, trajes y utensilios de fiesta) está al servicio de la
representación que hace visible y presente lo no inmediatamente presente: el
júbilo, la dignidad, la veneración, la gratitud, el recuerdo y la
conmemoración... La elegancia encuentra su ámbito más pleno en la fiesta y en
las acciones representativas y simbólicas que en ella se dan de modo natural.
Las personas en las fiestas parecen distintas, se transforman, se vuelven
bellas y elegantes, se ponen a la altura del acontecimiento, y su capacidad
creadora tiene entonces ocasión de brillar y de redundar en su torno. Así se
transforma un ambiente en festivo.
Aquí
surge el peligro de confundir elegancia con simple apariencia. Hay que
advertir, como última característica, que no hay elegancia verdadera si no es
con ausencia de afectación y fingimiento, con espontaneidad y autenticidad en
la expresión. Esto se llama naturalidad, mostrarse tino como es, de modo que lo
que aparece responda al fondo y a la interioridad verdaderas. Naturalidad no es
pura espontaneidad, sino también mesura, moderación, ausencia de demasía, pues
el exceso destruye la elegancia, descoyunta las cosas y los gestos. La
verdadera belleza es siempre portadora de naturalidad. Actuar espontánea y
moderadamente, con un gusto y estilo personales que muestran en la persona una belleza
poseída desde el fondo de ella misma: esto es en resumen ser elegante.
En
todo ello los demás son importantes. Mirarnos al espejo, ese dueño de nuestra
estima, o sentirnos mirados, es una llamada a embellecernos, a ser elegantes y
atractivos como modo de merecer la estimación y el reconocimiento propio y
ajeno. Quien ama su dignidad cuida su elegancia. Y así, el cuidado de la propia
apariencia añade a la persona la pizca de belleza que le hace amable y
atractiva. Es una preparación para el encuentro con los otros, una búsqueda de
la nobleza humana del convivir, la creación de un ámbito que está más allá de
la pura utilidad: la presentación alegre y festiva de la persona. Ser elegantes
consiste en saber encontrar siempre motivos para expresar la alegría por medio
del adorno.
Nada
se ha dicho todavía de la creación de elegancia. Suele hacerse por medio de
modelos (aquí en sentido estricto) que encarnan visiblemente el canon de
belleza corporal en cada momento vigente, y el estilo que se hace moda y
referencia. Todo ello es socialmente necesario y hoy, como todo, se realiza de
modo profesional y empresarial. La imagen del modelo o la modelo es muchas
veces multiplicada en los medios de telecomunicación. Pero después, como a los
actores y actrices, se le pide que hable, que muestre algo más que una cara o
un vestido, que no se convierta en fetiche, que posea de verdad su propia
imagen, que no sea sólo lo que parece.
Quien
adora el fetiche querrá repetir en sí una elegancia mecánica e imitada, carente
de respeto por lo que uno o una es de modo propio y original. Lo importante de
la elegancia es que no sea sólo imitación exterior, sino expresión de un mundo
auténticamente personal. Esto es lo que he querido decir, amigo lector. Si el
hombre habla, no sólo con sus palabras, sino también con su expresión, con su
gesto, con su figura, con su vestido y apariencia, decir las cosas bellamente
se torna no sólo bueno, sino deseable, pues al ejercerse nos dignifica como
personas y eleva al nivel de lo verdaderamente humano la comunidad de vida que
tenemos con los demás.
Ricardo Yepes Stork www.arvo.net





Interesantísimo
como muchos otros post de por aqui que al ser tantos y tan buenos, no me dejaban decidir por donde empezar a comentar.
Este articulo da una buena idea de por qué la elegancia, no está necesariamente ligada a la ostentación, ni si quiera a la extravagancia ni la belleza esta necesariamente ligada a la voluptuosidad.
Respecto a la estética, para mi es en si una buena medida de la sanidad de los instintos de cada uno
y ojalá el problema fuera solo la adoración del fetiche
yo veo derechamente un culto animal a la vulgaridad
no soy moralista ni mucho menos
pero la decadencia sembrada por muchas de las llamadas "nuevas corrientes artísticas" simplemente me asquea
no tengo nada contra lo nuevo, menos en el arte
tampoco es favorecer la verguenza
es simplemente que algunos carecen del buen y sano pudor
que es distinto como tambien se peude apreciar.
Buen artículo, da lugar a muchas reflexiones ytoca un tema muy importante
en un mundo moderno, opuesto al antiguo dodne a mis ojos todo era bello, hoy hay unos edificios cuadrados y grises y le llaman "arquitectura"...no estarán de acuerdo con esto todos
pero las tiendas de antiguedades tienen su atractivo y por algo se les valora, o no?
Saludos y felicitaciones por el buen nivel de los post.