Desde acullá se considera fácil reprochar y juzgar, pero sin llegar a leer los despachos correspondientes y las normas establecidas físicamente, parece ser imposible apreciar de lejos toda la relevancia penal sobre la conducta de Francesco Schettino, el enamorador capitán del Costa Concordia en las horas en que la nave embistió sobre las rocas sumergidas, y la negligencia que victimó a más de una veintena de personas, mientras él desembarcaba en una calma aparente, transgrediendo su deber de mantener presencia hasta evacuar todos los pasajeros y tripulantes de la nave.
Pero cualquiera que sea el veredicto final, no hay dudas de que Schettino ya está indeleblemente anotado en los repertorios de lo que un marino jamás debe hacer, y ahora tendrá que dedicarse a comandar barquitos de papel en la bañera de su casa.
Su deschavada actitud hasta motivó un “¡Vada a bordo, cazzo!”, una iracunda frase que en pocas horas saltó para las camisetas italianas a fin de ser vestidas por un mundo de orates, desplegando una máxima que merece resonar alrededor del orbe como algo más que el lema de una moda que ira a desteñirse en semanas.
En esas pocas sílabas y contando con la debida apoyatura genital -salidas del rabioso plexo del marino de tierra que le reclamaba al colega cumplir su deber hacia los turistas-, se logró cruzar la súplica con la imprecación; es decir, se llegó a ese límite de rezar o maldecir al que siempre retornamos los humanos cada vez que nos toca enfrentar como nueva y propia, alguna de las viejas tragedias que unos y otros reencarnamos desde hace varios siglos.
Nos costaría algún tiempo poder repasar los nombres de capitanes, tripulantes y servidores de cabina que dejaron la vida en su entrega por salvar pasajeros. A todos ellos los mece un honroso anonimato. Pero aquí cerca nos basta con recordar al Graf Spee en la Guerra Mundial, el aliscafo de Colonia en la paz cotidiana de un dominguero atardecer, y muchos cientos más que dejaron por estas costas la estela contemporánea de sentimientos seculares, que vibran en la impronta normativa de todo el que sale a la aventura náutica. Fue ante esa impronta normativa que falló Schettino. Y fue así que Francesco terminó por traicionar la esencia de su misión.
Ahora se ha sabido que cuando se produjo el impacto, lo primero a que este marino atinó -o desatinó-, fue telefonear para la empresa empleadora y pedir instrucciones. Su pronta actitud lo rebajó de capitán a empleado, e incurrió en un error garrafal muy de nuestro tiempo actual: degradar responsabilidades intransferibles, sustituyéndolas por una obediencia -ciega, átona y aun absurda- a lo que se le ocurriese al jefe, quien muchas veces es un ejecutor neutro de un “sistema” y no quiere enterarse de los destinos que se le escurren entre los dedos.
Cuando el 14 de abril de 1912 se hundió el “Titanic”, se comparó la perpleja incompetencia del capitán que costó 1.517 vidas, con la resuelta valentía del capitán y la tripulación del “Douro”, siniestrado 20 años antes, que supo salvar a un pasaje entero de similar porte, merced a que se quedó en su puesto, cumplió su deber y murió por él.
Casi cien años después, da vuelta al mundo el retrato macabro de esta otra nave-ciudad, encallada sobre estribor. Como imagen noticiosa, lo merece. Pero más merece dar la vuelta al mundo la lección que nos viene a renovar: por muchos que sean los aparatos para medir y pronosticar, el destino de toda travesía humana -en el mar, en el sanatorio o en la baranda de un Juzgado- pende de la calidad del protagonista. Es que cada persona genera un clima que labra un big bang de decisiones, que si se tuercen hacen que todo cruja o naufrague.
Horas antes de la catástrofe, los pobres muertos del Tirreno se embarcaron tan felices como los viajeros que vemos bajar a los borbotones para visitar cualquier puerto paradisiaco alrededor del mundo.
El derecho a vivir no se los segó una condena ni un asaltante. Lo atropelló un capitán sin sentimientos normativos, hijo de una época de pensamiento débil. Y por lo que a la vista está, el pensamiento si es débil resulta insuficiente para construir una persona fuerte, aunque a Vattimo le haya servido para pasear predicándolo en planteos.
No en tanto, los que se salvaron, ahora recibirán 11 mil euros cada uno para gastarlos a su belo piachere, porque al final de cuentas, hay que reparar económicamente las consecuencias ya que la cabeza siempre termina inclinándose para el lado que determina la mano del hombre… ¿Correcto?











Il signore capitano
Schettino e un ¡facha di culo!