Hace tanto tiempo que no escribía nada que creí que mis palabras se habían extraviado. Por suerte, después de una semana de vacaciones, ellas vuelven a encadenarse de manera misteriosa. Otra vez estoy sentado frente a una computadora, tecleando cada letra como si fuese mantequilla. Tras un año redactando crónicas informativas (utilizando términos como: sin embargo, no obstante y en conversación con Agencia Orbe), es agradable retomar el rumbo de los escritos perdidos. Es rico sentarse sin pensar mucho en la forma y creyendo, otra vez, en el fondo de lo que dices, aunque, en este caso en particular, no digo nada.
Estoy sentado con un vaso de bebida y un ventilador para refrescar el aire caliente de la ciudad de San Martín, ubicada a una media hora de Mendoza. Hoy está fresco. Anoche con Valeria despertamos producto de una tormenta. El viento silbaba meneando las hojas de parra del patio de la casa y ambos abrazaditos, miramos por la ventana que da a la plaza Italia como el agua crepitaba sobre el pavimento. Hubo truenos y los relámpagos fotografiaban el espectáculo de la lluvia cayendo sobre una tierra reseca producto del verano. Mientras esperábamos que el agua dejara de caer, sentí deseos de cantar como Gene Kelly, chapotear en el agua saltando en cada una de las pozas que se formaban, aunque claro lo hubiera hecho torpemente y me hubiera sacado la mierda… en fin, el asunto es que yo no recuerdo sentirme tan bien conmigo mismo hace mucho tiempo, puedo decir que acá soy feliz y la responsable es aquella rubia de ojos verdes que amanece a mi lado, dándome el buenos días con un suave beso en los labios.
En realidad, sólo quiero decir que estoy feliz .











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