( este cuento lo subi hace mucho a la web y lo bajé para hacerlo concursar en un concurso... perdí y estoy picado asi que lo vuelvo a subir)
Me sentí dentro de una novela negra. Ni Raymond Chandler hubiera escrito un párrafo de tan notable factura. En aquel estrecho cuarto, insufrible por el hedor a cigarro, convivían todos los clichés del género: Estaba el policía bueno, interpretado por un tipo rubio de ojos celestes, muy joven e inexperto; el detective malvado, caracterizado por un hombre mayor, de cabeza chata, cabello entrecano, facciones endurecidas a causa del café, el cigarro y largas horas de interrogatorio y, por último, el inocente inculpado de un crimen que no cometió, puesto en escena por este humilde ex reponedor de supermercado.
En principio, apenas distinguí a mis acusadores. Un foco me encandiló la vista. Probablemente, mediante el uso de la luz, deseaban que yo no lograse identificarlos, señalarlos con el dedo si, de causalidad, llegaba a toparme con ellos en la calle. A pesar del miedo, hice un esfuerzo para recordarlos y vengarme- literariamente hablando- de esos investigadores al pedo. Forcé la mirada para observarlos en detalle. En principio contemplaba siluetas y a medida que la pupila se adaptó al claroscuro, dibujé el retrato de mis verdugos. No sé muy bien por qué, tal vez el pavor me liberó de ciertas trancas emocionales y logré penetrar más allá de lo superfluo.
Una corazonada me llevó a pensé que el viejo había sido agente de la CNI. En él se notaba un elegante manejo de la tortura, un arte adquirido en centros clandestinos, lugares oscuros donde los hombres se especializan en eliminar cualquier atisbo de dignidad. De cierta manera enfermiza, él disfrutaba del trabajo. Había nacido con el don de doblegar la personalidad y moldearla acorde a una verdad preestablecida por algún burócrata antimarxista.
Imaginé que al finalizar la dictadura, el hombre extravió el rumbo. Ya no había enemigos a quien demoler psicológicamente. La palabra reconciliación habitaba en el lenguaje cotidiano y tímidamente algunos militares comenzaron a ser detenidos. De seguro tuvo miedo al ver a sus camaradas en prisión y oculto tras el licor, pasó años maldiciendo a la democracia por el afán autoritario de castigar a los héroes de la patria, soldados que no liberaron de pertenecer a la órbita soviética. Su rabia ante la injusticia cometida por la política- la misma que pidió a gritos un golpe de Estado- , lo condujo a un par de pelas callejeras, altercados verbales con los vecinos, una que otra pena remitida y finalmente, un intento de suicidio.
En el punto más bajo de su vida, algún ex compañero de armas, le ofreció un puesto de vigilante en un supermercado. Prontamente el tipo destacó por su capacidad de detectar a las bandas de mecheros. El viejo de cabeza chata- al cual llamaré Martín de manera arbitraria- podía oler las nefastas intenciones de aquellos delincuentes del robo hormiga. Conocía perfectamente la psiquis humana. Un ratero de quinta era incapaz de engañarlo.
A medida que sobresalía en el empleo, Martín descubrió que su metodología aún estaba vigente, simplemente había que adaptarse a los nuevos tiempo. Ya no podía aplicar corriente en los testículos ni mucho menos violar a las detenidas, sin embargo, aún podía causar daño sicológico, meterse en la cabeza de sus víctimas y lograr con ellas resultados precisos, acomodando la verdad a los fines del modelo.
Poco a poco fue ascendiendo en el mundo de los supermercados. Con una fama ya bien ganada, al disminuir el hurto en el market, Martín creó una empresa de seguridad, la más exitosa del rubro.
Así fue como contrató a rubio, un chico de escasa neurona, pero de una belleza y ternura que generaba cierta simpatía en el interrogado. Rubio- a quien bautizaré como Andrés- resultaba ser la pieza clave. El muchacho jugaba a ser el bueno.
Al acabar la enseñanza media, a Andrés no le quedó otra alternativa que buscar empleo de guardia. Él carecía de talento para el oficio. Nunca destacó por su sagacidad, es más, nunca atrapó a nadie infraganti. Rubio prefería lucirse con las cajeras y reponedoras, seducirlas para terminar en un motel de cuarta revolcándose con una señorita antes de trabajar. Era un seductor nato, un tipo capaz de llevar a la cama a una mujer en cinco minutos. Tenía el don del encanto, una risa digna de comercial de dentífrico.
Por estas cualidades llamó la atención de Martín. Era la persona que necesitaba, la pieza clave para hacer funcionar la maquina de tortura. Andrés era quien se dedicaba a ser el policía bueno, aquel que repite una y otra vez una tesis para desgatar al interrogado mientras el supuesto “malvado de la película”, se encargaba de analizar la personalidad del “delincuente”.
Y yo estaba obligado a enfrentar a esos dos psicópatas. Tenía miedo. Mi mente divagaba construyendo historias para mantener la calma y aparentar aplomo. Por dentro me sentí como el doctor Richard Kimble. Me imaginaba huyendo por el país, intentando hallar al hombre manco- en este caso, el mano larga- que se había robado tres botellas de Whisky etiqueta negra. Me acusaron de un crimen que no cometí porque tuve la mala fortuna de ser el último en ingresar a la bodega de licores. Jamás he robado un peso- tal vez una virginidad- y ser víctima de aquella injusticia, me sacó el temple. Nunca lograron amilanarme a pesar de las calidas amenazas del rubio:
- Es mejor que confieses, todo está en tu contra- repetía- tenemos pruebas irrefutables, Diego.
- Muéstrenlas- dije- sí son tan irrefutables como tú señalas, tendré que confesar.
- Pero Diego, No queremos llamar a la policía.
- Por qué, acaso les falta plata en el celular o tal vez desconocen el número de carabineros… es el 133.
El joven se sorprendió con mi ironía. Estaba furioso. Andrés se acercó a mí a unos cuantos centímetros de distancia. Su halito a menta golpeó mi olfato.
-Estás graciosito, hueón –dijo-. A ver si te hace gracia enfrentar a un juez de garantía- .
-Vamos a juicio. Me dejarán en libertad. No soy un peligro, no tengo antecedentes y, peor aún, ustedes carecen de pruebas. No tienen absolutamente nada, están disparando al aire-.
El rubio me miraba con su pupila celeste. Si no fuera por lo extraña de la situación, pensaría que el tipo era un gay intentando seducirme.
Mientras tanto Martín anotaba en su cuaderno. El viejo de cabeza chata no se había movido del asiento. Se mantenía impertérrito, lanzando bocanadas de tabaco a cielo, las cuales formaron una espesa nube de humo. Probablemente estaba analizando mis puntos débiles, quería hallar alguna flaqueza en mi discurso.
-Cuéntame Dieguito, qué hiciste hoy- dijo Andrés.
- Mi nombre es Diego, no Dieguito- respondí- y ya te lo he narrado tres veces.
- Podrías hacerme ese favor, otra vez – preguntó con un dejo de ironía-.
- No.
- Ah, tay chorito. Sabes lo que le pasa en la peni a los cabros como tú.
- Lo mismo que a tu hermana.
- Qué te pasa conchetumadre- grito extendiendo su mano para darme una bofetada. Yo cerré los ojos. No iba a responder. Mi situación era compleja y no deseaba ganarme otro problema.
- Ya basta- ordenó una voz chillona, media temblorosa. El viejo de cabeza chata había hablado por primera vez. Me había imaginado un tono distinto de voz, uno más ronco, amargo, no aquel hilito tiritón y algo afeminado.
- Así que te gusta leer cabrito- señaló el viejo-. Te apuesto que eres medio literato… ¡ah! , no para. Te cargan que te digan literato, verdad- Martín había dado en el clavo. Hasta el día de hoy no sé cómo acertó. No dije nada, mantuve silencio. Fue una pausa larga. Eterna. Sudaba frío. Mi cabeza no estructuraba pensamiento.
El ex CNI sacó del escritorio mi mochila, la abrió y de ella extrajo Leviatán, la novela de Paúl Auster. La ojeó y luego la tiró al piso.
- Buen autor ese gringo… te cuento el final… para qué te voy a contar el final, o te lo cuento- el policía malvado lanzó una carcajada y al detenerla, dio vuelta mi morral, desparramando todos los papeles en el piso. En aquellas hojas estaban mis historias: anotaba personajes, situaciones, todo aquello que me llamara la atención. En el fondo estaba mi vida y el tipo la tiró al piso, sabiendo que eso me provocaba un horrible dolor.
- A ver, cabrito, cómo escribes –dijo tomando uno de los papeles para leerlo- escribes bien ah, tienes madera- luego tomó mi escrito y lo partió en dos, luego en cuatro y luego en pequeños pedacitos que lanzó al aire como si fuesen serpentinas.
- Es una lástima que pierdas tantas horas de sueño y de trabajo cabrito.– Tomó otra historia, la leyó y ejecutó el mismo acto destructivo- ya poh confiesa.
- No tengo nada que confesar
- Muy bien, tú lo decidiste.
Historia tras historia, personaje tras personaje y hoja por hoja, acabó rasgada en diminutos fragmentos. Tenía ganas de llorar, pero no le iba a dar el gusto. No mostraría debilidad ante ellos. Cada papel destrozado era como si me dieran una puñalada. Respiraba profundo. Me peñiscaba las piernas, me tocaba el cabello. Tenía ganas de vomitar, de saltar sobre ellos y golpearlos, pero no lo haría. Ellos querían que me descontrolara para tener una excusa e inculparme del robo. Lo que no sabían era que yo era más fuerte que el miedo.
Al acabar con el último cuento, Andrés tomó los fragmentos de papel y los metió en una bandeja metálica. Martín los roció con parafina y lanzó la colilla de cigarro. Las llamas iluminaban el rostro de mis captores y vi aquellos ojos satisfechos, ojos que disfrutaban del patético espectáculo de incinerar los sueños. Con una sonrisa sarcástica, el rubio me mostraba su poder de rata, su fuerza de minúsculo gigante y pensé que ambos eran unos pobres tipos condenados a ejecutar el trabajo sucio de otros personajes más oscuros .
- ¿Vas a confesar?- me dijo el rubio.
- Sí- les respondí- voy a confesar… confieso que son unos hijos de puta, mediocres hijos de la gran puta que ni siquiera saben hacer su trabajo. Apuesto que no han visto los videos de seguridad.
Ambos torturadores se miraron a los ojos. Apagaron el fuego y salieron de la habitación. Me dejaron encerrado. Me acerqué a la ceniza y tomé los restos de mi trabajo. Horas de insomnio, de perderme de fiestas, conversaciones, horas y horas de correcciones, convertidas en un polvo plomizo que me manchaba los dedos.
Cuánto tiempo miré la ceniza… ya no lo recuerdo. Sólo meneaba la cabeza de un lado a otro y recogí uno de los papeles de la pira. Estaba choqueado, indefenso. Nunca en mi vida me sentí tan basureado, humillado, doblegado, pero a pesar de todo, con la conciencia tranquila. En paz. Caminé hacia la mesa y noté que mi torturador había olvidado los cigarrillos. Me fumé uno. En aquel momento llegó Andrés, quien me miró y ordenó:
- Ándate.
- ¿Qué dijiste?
- Ándate, estás libre de polvo y paja-
- ¿Quién se robó los whiskys?
- Ese no es trabajo tuyo… literato.- acumulé saliva para escupirlo, pero me contuve y me la tragué.
- ¿ Y las disculpas?
- ¿Qué disculpas?. Hicimos nuestro trabajo, ahora ándate.
- Eres un pobre y triste hueón patético looser. Sólo sirves para lamerle el culo a tu jefe-
- Ándate de aquí conchetumadre, ya arreglaremos cuentas
- cuando quieras no más, cuando quieras-
Salí. El reloj indicaba las seis de la tarde. Me habían tenido secuestrado por más cinco horas, lejos las peores de mi vida. Jamás supe quien había sido el ratero, de seguro, fue un jefe. Siempre el hilo de la cuerda se corta por la parte más débil y cuando la parte débil se hace fuerte, recién se investiga al poderoso…
Al abandonar el market, caminé medio sonámbulo. Nadie me golpeó, pero sentí como si me hubiesen dado una pateadura. Al llegar al paradero, a la rastra, metí mi mano al bolsillo y de éste extraje un par de papeles manchados con hollín… ese era el último vestigio de dignidad que me quedaba, porque mañana debía volver al trabajo.











Entretenido
Gedolando, y cercano a la realida. No parece cuento...