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Enviado por degolando
el 25/10/2011 a las 0:21
Cuando intenté borrar las palabras para desvanecer los recuerdos no me dio resultados. Ellos me mordieron la oreja como perros de presa y trituraron mi piel no obstante cuando reescribí la memoria sin la falsedad de aquello que llaman amor, la realidad se me tornó tan ilusa que caí en cuenta del vacío del discurso.
me liberé de las bestias me liberé de las hienas que sonreían a mi fácil bocado.
cuando enfrenté la luz mala que Pizarnik, me predijo con su genialidad de saqueadora de tumbas recién entendí que este llanto no era mío, era otro quien necesitaba de mi llanto para poder seguir viviendo su burbuja de estalactitas.
Enviado por degolando
el 18/12/2010 a las 19:50
Hace tanto tiempo que no escribía nada que creí que
mis palabras se habían extraviado. Por suerte, después de una semana de
vacaciones, ellas vuelven a encadenarse de manera misteriosa. Otra vez estoy
sentado frente a una computadora, tecleando cada letra como si fuese mantequilla.
Tras un año redactando crónicas informativas (utilizando términos como: sin
embargo, no obstante y en conversación con Agencia Orbe), es agradable retomar
el rumbo de los escritos perdidos. Es rico sentarse sin pensar mucho en la forma y creyendo, otra
vez, en el fondo de lo que dices, aunque, en este caso en particular, no digo
nada.
Estoy sentado con un vaso de bebida y un ventilador
para refrescar el aire caliente de la ciudad de San Martín, ubicada a una media
hora de Mendoza. Hoy está fresco. Anoche con Valeria despertamos producto de una
tormenta. El viento silbaba meneando las hojas de parra del patio de la casa y
ambos abrazaditos, miramos por la ventana que da a la plaza Italia como el agua
crepitaba sobre el pavimento. Hubo truenos y los relámpagos fotografiaban el
espectáculo de la lluvia cayendo sobre una tierra reseca producto del verano. Mientras
esperábamos que el agua dejara de caer, sentí deseos de cantar como Gene Kelly,
chapotear en el agua saltando en cada una de las pozas que se formaban, aunque
claro lo hubiera hecho torpemente y me hubiera sacado la mierda… en fin, el
asunto es que yo no recuerdo sentirme tan bien conmigo mismo hace mucho tiempo,
puedo decir que acá soy feliz y la responsable es aquella rubia de ojos verdes
que amanece a mi lado, dándome el buenos días con un suave beso en los labios.
En realidad, sólo quiero decir que estoy feliz .
Enviado por degolando
el 25/10/2010 a las 20:13
( este cuento lo subi hace mucho a la web y lo bajé para hacerlo concursar en un concurso... perdí y estoy picado asi que lo vuelvo a subir)
Me sentí dentro de una novela negra. Ni Raymond Chandler hubiera
escrito un párrafo de tan notable factura. En aquel estrecho cuarto,
insufrible por el hedor a cigarro, convivían todos los clichés del
género: Estaba el policía bueno, interpretado por un tipo rubio de ojos
celestes, muy joven e inexperto; el detective malvado, caracterizado
por un hombre mayor, de cabeza chata, cabello entrecano, facciones
endurecidas a causa del café, el cigarro y largas horas de
interrogatorio y, por último, el inocente inculpado de un crimen que no
cometió, puesto en escena por este humilde ex reponedor de supermercado.
En
principio, apenas distinguí a mis acusadores. Un foco me encandiló la
vista. Probablemente, mediante el uso de la luz, deseaban que yo no
lograse identificarlos, señalarlos con el dedo si, de causalidad,
llegaba a toparme con ellos en la calle. A pesar del miedo, hice un
esfuerzo para recordarlos y vengarme- literariamente hablando- de esos
investigadores al pedo. Forcé la mirada para observarlos en detalle. En
principio contemplaba siluetas y a medida que la pupila se adaptó al
claroscuro, dibujé el retrato de mis verdugos. No sé muy bien por qué,
tal vez el pavor me liberó de ciertas trancas emocionales y logré
penetrar más allá de lo superfluo.
Una corazonada me llevó
a pensé que el viejo había sido agente de la CNI. En él se notaba un
elegante manejo de la tortura, un arte adquirido en centros
clandestinos, lugares oscuros donde los hombres se especializan en
eliminar cualquier atisbo de dignidad. De cierta manera enfermiza, él
disfrutaba del trabajo. Había nacido con el don de doblegar la
personalidad y moldearla acorde a una verdad preestablecida por algún
burócrata antimarxista.
Imaginé que al finalizar la
dictadura, el hombre extravió el rumbo. Ya no había enemigos a quien
demoler psicológicamente. La palabra reconciliación habitaba en el
lenguaje cotidiano y tímidamente algunos militares comenzaron a ser
detenidos. De seguro tuvo miedo al ver a sus camaradas en prisión y
oculto tras el licor, pasó años maldiciendo a la democracia por el afán
autoritario de castigar a los héroes de la patria, soldados que no
liberaron de pertenecer a la órbita soviética. Su rabia ante la
injusticia cometida por la política- la misma que pidió a gritos un
golpe de Estado- , lo condujo a un par de pelas callejeras, altercados
verbales con los vecinos, una que otra pena remitida y finalmente, un
intento de suicidio.
En el punto más bajo de su vida, algún ex
compañero de armas, le ofreció un puesto de vigilante en un
supermercado. Prontamente el tipo destacó por su capacidad de detectar a
las bandas de mecheros. El viejo de cabeza chata- al cual llamaré
Martín de manera arbitraria- podía oler las nefastas intenciones de
aquellos delincuentes del robo hormiga. Conocía perfectamente la psiquis
humana. Un ratero de quinta era incapaz de engañarlo.
A medida
que sobresalía en el empleo, Martín descubrió que su metodología aún
estaba vigente, simplemente había que adaptarse a los nuevos tiempo. Ya
no podía aplicar corriente en los testículos ni mucho menos violar a las
detenidas, sin embargo, aún podía causar daño sicológico, meterse en la
cabeza de sus víctimas y lograr con ellas resultados precisos,
acomodando la verdad a los fines del modelo.
Poco a poco
fue ascendiendo en el mundo de los supermercados. Con una fama ya bien
ganada, al disminuir el hurto en el market, Martín creó una empresa de
seguridad, la más exitosa del rubro.
Así fue como contrató a
rubio, un chico de escasa neurona, pero de una belleza y ternura que
generaba cierta simpatía en el interrogado. Rubio- a quien bautizaré
como Andrés- resultaba ser la pieza clave. El muchacho jugaba a ser el
bueno.
Al acabar la enseñanza media, a Andrés no le quedó otra
alternativa que buscar empleo de guardia. Él carecía de talento para el
oficio. Nunca destacó por su sagacidad, es más, nunca atrapó a nadie
infraganti. Rubio prefería lucirse con las cajeras y reponedoras,
seducirlas para terminar en un motel de cuarta revolcándose con una
señorita antes de trabajar. Era un seductor nato, un tipo capaz de
llevar a la cama a una mujer en cinco minutos. Tenía el don del encanto,
una risa digna de comercial de dentífrico.
Por estas cualidades
llamó la atención de Martín. Era la persona que necesitaba, la pieza
clave para hacer funcionar la maquina de tortura. Andrés era quien se
dedicaba a ser el policía bueno, aquel que repite una y otra vez una
tesis para desgatar al interrogado mientras el supuesto “malvado de la
película”, se encargaba de analizar la personalidad del “delincuente”.
Y yo estaba obligado a enfrentar a esos dos psicópatas.
Tenía miedo. Mi mente divagaba construyendo historias para mantener la
calma y aparentar aplomo. Por dentro me sentí como el doctor Richard
Kimble. Me imaginaba huyendo por el país, intentando hallar al hombre
manco- en este caso, el mano larga- que se había robado tres botellas de
Whisky etiqueta negra. Me acusaron de un crimen que no cometí porque
tuve la mala fortuna de ser el último en ingresar a la bodega de
licores. Jamás he robado un peso- tal vez una virginidad- y ser víctima
de aquella injusticia, me sacó el temple. Nunca lograron amilanarme a
pesar de las calidas amenazas del rubio:
- Es mejor que confieses, todo está en tu contra- repetía- tenemos pruebas irrefutables, Diego.
- Muéstrenlas- dije- sí son tan irrefutables como tú señalas, tendré que confesar.
- Pero Diego, No queremos llamar a la policía.
- Por qué, acaso les falta plata en el celular o tal vez desconocen el número de carabineros… es el 133.
El
joven se sorprendió con mi ironía. Estaba furioso. Andrés se acercó a
mí a unos cuantos centímetros de distancia. Su halito a menta golpeó mi
olfato.
-Estás graciosito, hueón –dijo-. A ver si te hace gracia enfrentar a un juez de garantía- .
-Vamos
a juicio. Me dejarán en libertad. No soy un peligro, no tengo
antecedentes y, peor aún, ustedes carecen de pruebas. No tienen
absolutamente nada, están disparando al aire-.
El rubio me miraba
con su pupila celeste. Si no fuera por lo extraña de la situación,
pensaría que el tipo era un gay intentando seducirme.
Mientras
tanto Martín anotaba en su cuaderno. El viejo de cabeza chata no se
había movido del asiento. Se mantenía impertérrito, lanzando bocanadas
de tabaco a cielo, las cuales formaron una espesa nube de humo.
Probablemente estaba analizando mis puntos débiles, quería hallar alguna
flaqueza en mi discurso.
-Cuéntame Dieguito, qué hiciste hoy- dijo Andrés.
- Mi nombre es Diego, no Dieguito- respondí- y ya te lo he narrado tres veces.
- Podrías hacerme ese favor, otra vez – preguntó con un dejo de ironía-.
- No.
- Ah, tay chorito. Sabes lo que le pasa en la peni a los cabros como tú.
- Lo mismo que a tu hermana.
-
Qué te pasa conchetumadre- grito extendiendo su mano para darme una
bofetada. Yo cerré los ojos. No iba a responder. Mi situación era
compleja y no deseaba ganarme otro problema.
- Ya basta- ordenó
una voz chillona, media temblorosa. El viejo de cabeza chata había
hablado por primera vez. Me había imaginado un tono distinto de voz, uno
más ronco, amargo, no aquel hilito tiritón y algo afeminado.
-
Así que te gusta leer cabrito- señaló el viejo-. Te apuesto que eres
medio literato… ¡ah! , no para. Te cargan que te digan literato, verdad-
Martín había dado en el clavo. Hasta el día de hoy no sé cómo acertó.
No dije nada, mantuve silencio. Fue una pausa larga. Eterna. Sudaba
frío. Mi cabeza no estructuraba pensamiento.
El ex CNI sacó del
escritorio mi mochila, la abrió y de ella extrajo Leviatán, la novela de
Paúl Auster. La ojeó y luego la tiró al piso.
- Buen autor ese
gringo… te cuento el final… para qué te voy a contar el final, o te lo
cuento- el policía malvado lanzó una carcajada y al detenerla, dio
vuelta mi morral, desparramando todos los papeles en el piso. En
aquellas hojas estaban mis historias: anotaba personajes, situaciones,
todo aquello que me llamara la atención. En el fondo estaba mi vida y el
tipo la tiró al piso, sabiendo que eso me provocaba un horrible dolor.
-
A ver, cabrito, cómo escribes –dijo tomando uno de los papeles para
leerlo- escribes bien ah, tienes madera- luego tomó mi escrito y lo
partió en dos, luego en cuatro y luego en pequeños pedacitos que lanzó
al aire como si fuesen serpentinas.
- Es una lástima que pierdas
tantas horas de sueño y de trabajo cabrito.– Tomó otra historia, la leyó
y ejecutó el mismo acto destructivo- ya poh confiesa.
- No tengo nada que confesar
- Muy bien, tú lo decidiste.
Historia
tras historia, personaje tras personaje y hoja por hoja, acabó rasgada
en diminutos fragmentos. Tenía ganas de llorar, pero no le iba a dar el
gusto. No mostraría debilidad ante ellos. Cada papel destrozado era
como si me dieran una puñalada. Respiraba profundo. Me peñiscaba las
piernas, me tocaba el cabello. Tenía ganas de vomitar, de saltar sobre
ellos y golpearlos, pero no lo haría. Ellos querían que me descontrolara
para tener una excusa e inculparme del robo. Lo que no sabían era que
yo era más fuerte que el miedo.
Al acabar con el último cuento,
Andrés tomó los fragmentos de papel y los metió en una bandeja metálica.
Martín los roció con parafina y lanzó la colilla de cigarro. Las llamas
iluminaban el rostro de mis captores y vi aquellos ojos satisfechos,
ojos que disfrutaban del patético espectáculo de incinerar los sueños.
Con una sonrisa sarcástica, el rubio me mostraba su poder de rata, su
fuerza de minúsculo gigante y pensé que ambos eran unos pobres tipos
condenados a ejecutar el trabajo sucio de otros personajes más oscuros .
- ¿Vas a confesar?- me dijo el rubio.
-
Sí- les respondí- voy a confesar… confieso que son unos hijos de puta,
mediocres hijos de la gran puta que ni siquiera saben hacer su trabajo.
Apuesto que no han visto los videos de seguridad.
Ambos
torturadores se miraron a los ojos. Apagaron el fuego y salieron de la
habitación. Me dejaron encerrado. Me acerqué a la ceniza y tomé los
restos de mi trabajo. Horas de insomnio, de perderme de fiestas,
conversaciones, horas y horas de correcciones, convertidas en un polvo
plomizo que me manchaba los dedos.
Cuánto tiempo miré la ceniza…
ya no lo recuerdo. Sólo meneaba la cabeza de un lado a otro y recogí uno
de los papeles de la pira. Estaba choqueado, indefenso. Nunca en mi
vida me sentí tan basureado, humillado, doblegado, pero a pesar de todo,
con la conciencia tranquila. En paz. Caminé hacia la mesa y noté que
mi torturador había olvidado los cigarrillos. Me fumé uno. En aquel
momento llegó Andrés, quien me miró y ordenó:
- Ándate.
- ¿Qué dijiste?
- Ándate, estás libre de polvo y paja-
- ¿Quién se robó los whiskys?
- Ese no es trabajo tuyo… literato.- acumulé saliva para escupirlo, pero me contuve y me la tragué.
- ¿ Y las disculpas?
- ¿Qué disculpas?. Hicimos nuestro trabajo, ahora ándate.
- Eres un pobre y triste hueón patético looser. Sólo sirves para lamerle el culo a tu jefe-
- Ándate de aquí conchetumadre, ya arreglaremos cuentas
- cuando quieras no más, cuando quieras-
Salí.
El reloj indicaba las seis de la tarde. Me habían tenido secuestrado
por más cinco horas, lejos las peores de mi vida. Jamás supe quien había
sido el ratero, de seguro, fue un jefe. Siempre el hilo de la cuerda se
corta por la parte más débil y cuando la parte débil se hace fuerte,
recién se investiga al poderoso…
Al abandonar el market, caminé
medio sonámbulo. Nadie me golpeó, pero sentí como si me hubiesen dado
una pateadura. Al llegar al paradero, a la rastra, metí mi mano al
bolsillo y de éste extraje un par de papeles manchados con hollín… ese
era el último vestigio de dignidad que me quedaba, porque mañana debía
volver al trabajo.
Enviado por degolando
el 08/07/2010 a las 20:59
Por primera vez trabajaría como periodista. Después de
siete años- con cambio de universidad incluido- tendría la oportunidad de
demostrarme que tenía dedos para el
piano, que por fin, después de tanto bregar, se me abrían las puertas hacia una
promisoria carrera. Pensé que se habían acabado los trabajos chantas como
reponedor en un supermercado, cambiando de una góndola a otra productos
inservibles para la vida y promoviendo el consumo en exceso; ya no volvería a
desempeñarme como operador de oficina de correos, disparándole a misivas con
una pistola lectora de código de barras ; o portero de topless, lavando colaless con
hedores femeninos para finalizar la noche barriendo un montón de condones
repletos de semen.
Pensé que se habían acabado los jefes con camisa de solapa ancha y cadena de oro
enredada en los escuálidos vellos del pecho, aquellos tipos que se le pegaba la
ceache y en vez de decir: cómo está, te dicen apúrate conchetumadre.
De cierta forma había perdido la esperanza de trabajar en
lo que había estudiado. Si uno levanta una piedra, encuentra un periodista
cesante o pidiendo limosnas en la esquina. Por culpa del puto sistema
educativo y también por responsabilidad de esos idiotas que entran a estudiar
la carrera para entrevistar a la kenita o sacarse una foto con Nelson Mauri,
dejan cesantes a un montón de tipos como yo que si nos metimos en este problema
llamado periodismo es porque amamos realmente este oficio tan desprestigiado y
tan mal pagado … si hasta un chofer del transantiago que con cueva sabe pa
donde va la micro, gana más que nosotros…
Estaba en el segundo semestre de periodismo en la
Universidad de Santiago. Saqué de promedio un 5,8, el más alto en mi historia
académica desde quinto básico – la última vez que tuve promedio 6,0 fue en el
kinder garden- cuando recibí la llamada de mi profesor de redacción
periodística, Carlitos Villanueva. Por alguna extraña razón quedó deslumbrado
con mi pluma y desde ese momento nos hicimos amigos.
- Alo, Martín-
- sí, con él-
- Hola soy Carlos, como te va.
- hola profe, cómo está.-
- bien, acá estamos… oye es verdad el rumor de que no
sigues estudiando.
- Sí, no tengo plata.
- pero, hueón, cómo vas a dejar la carrera a medio
terminar.
- y qué quiere que haga.
- y si te ofrezco pega.
Me quedé paralizado. Nunca nadie había dado una chaucha
por mí y a partir de ese minuto, sufrí un terrible dolor estomacal que se
incrementó en la campaña política.
- qué- le dije medio incrédulo.
- Tengo una pega ¿ te interesa?
- sí, sí- respondí algo nervioso y sin tener idea de que
se trataba.
- buena respuesta Martín.
- de qué se trata.
- de qué tendencia política eres.
- de la que me pague mejor- dije sin pensarlo.
- menos mal.
- Por qué
- porque es una campaña política.
- En serio… yo nunca he trabajado en política.
- no te preocupes , es fácil. Te encargarás del área web
2.0.
-No sé nada de computadoras
-No te preocupes si es aprueba de hueones.
- Está seguro que
yo soy el indicado.- ironicé
- Eres el mejor de la clase- obviamente, el profe no
captó mi humor.
- cómo serán los otros.
- No seas tan humilde flaco, tienes pasta.
- ¿de dientes?
- No puedes hablar sin hacer una broma.
- No, por más que intente, no puedo ser serio.
- Vas a tener que
aprender, sobre todo si trabajas con Laura.
- Con quién
- Laura Brain, la candidata de la Unión Progresista
- y por dónde va.
- por Namuncura.
- me queda un poco lejos de casa.
- no importa, ahí arreglamos… oye te tengo que cortar,
tengo que revisar unas crónicas. Mañana nos juntamos en la Universidad y conversamos.
- Ok no hay problema. Un abrazo y gracias por la
oportunidad.
- de qué,- colgó .
En ese momento, no le tomé el peso correspondiente a la
situación. Sólo atiné a comprar unas sopaipillas en un puesto fuera del metro y
un par de cigarrillos para aguantar la jornada estudiantil. Caminé por Matucana
mordiendo aquellas masas aceitosas y después de quince minutos me encontraba en
la sala de computación para ver los antecedentes políticos de Laura Brain. Googleé
su nombre, intentando encontrar alguna fotografía. Finalmente la hallé. Era una
señora de cabello rubio, ojos celestes, rostro ovalado, cuello largo como el de
un cisne. Revisé un par de datos y me topé con la biografía de Brain:.
“Laura Mercedes Brain von Neumann, nació en 1968 en
Futrono, en la Región de los Lagos. Hija del conocido empresario y ex alcalde
del gobierno militar , Elmer Brain e hija de Federica von Neumann, destacada enfermera de dicha
comunidad(...) Desde muy pequeña mostró una inclinación a la política y es así
como siendo alumna del colegio Santa María de Jesús, asumió como presidenta del centro de alumnas (…) en
1987 ingresa a estudiar filosofía en la Universidad de Chile y se convierte en
militante de las filas de la Unión Progresista donde se convierte en las
principales dirigentas nacionales en la lucha contra la dictadura de Augusto
Pinochet. Posteriormente trabajó en diversas direcciones públicas, hasta que en
1998 es electa concejala con el 3,5 % de los votos fue electa concejala por Namuncura”….
Me quede helado… cómo alguien en un país democrático como supuestamente dicer
ser chile lograba un cargo de representación popular con un porcentaje tan bajo
en el escrutinio popular… ahí me di cuenta de un detalle: La alegría había
llegado, para los políticos.
Seguí en mis indagaciones, averigüé cuanta gente vivía
en Namuncura, el nivel socioeconómico, educacional, etc, todos datos necesarios
para tener en consideración para mi trabajo… qué rara sonaba aquella palabra,
trabajo. Hace un par de meses no desempeñaba ninguna función remunerada y
volver a las pistas laborales me provocaba ciertos cuestionamientos: si
trabajaba, no volvería a escribir en un par de meses y justo estaba pasando por
una racha de creatividad suprema, eso sin considerar todos los textos que había escrito debían
desaparecer del mapa. Eran textos apócrifos que revelaban parte de mis oscuras zonas
personales, las cuales, podrían comprometer a Brain. Un asesor político no
puede dejar flancos al descubierto, así que desde ese minuto, borré todas las
publicaciones de mi blog y en Facebook para no comprometer a un personaje que
ni siquiera conocía.
Sin embargo, sin plata en los bolsillos jamás podría
terminar mis estudios de periodismo. Ya se me había alargado demasiado la etapa
de estudiante y me obligación era finalizar de una buena vez con este parto
llamado universidad. No me quedaba otra opción que dejar truncada mi carrera
literaria hasta nuevo aviso con el fin de tener un cartón en la mano y como en
Chile no basta con el talento para salir adelante, si en tu billetera sólo se
acumulan un par de telas de arañas, no me quedaba otra vía que aceptar el
ofrecimiento.
A pesar que yo había renegado en mi discurso contra
la Unión Progresista que por lejos es el peor partido de todos. En la Unión,
uno tenía claro una cosa, no era chicha ni limonada. La colectividad era una
mixtura entre ultraderechistas e izquierdistas que siempre acababan apoyando al
candidato que iba a ganar. No quiero entrar en detalles sobre las traiciones
que cometieron aquella gente mal parida que se mueve, según sus principios políticos
en el espectro del centro político o dicho en buen español donde el culo sea más
gordo y jugoso.
Ahora yo era uno de ellos, pero en ese momento no lo cuestioné.
Enviado por degolando
el 23/04/2010 a las 22:38
(perdonen los errores de redacción, este fue uno de mis primeros cuentos
y quise dejarlo tal cual lo escribí hace un montón de años)
El mejor jugador de fútbol que he visto en mi vida se llamaba Juan
Carlos Tapia. Nunca llegó a ser profesional y no sé por qué. Tenía las
condiciones para convertirse en el mejor
jugador de la historia del patético fútbol chileno, pero nadie lo descubrió.
Salvo yo, en las pichangas que jugábamos en el colegio Nueva Aurora de Chile,
cuando cursaba mi enseñanza básica.
Era más hábil que Salas,
poseía mejor cabezazo que Zamorano. Tenía
una técnica que hasta Messi envidiaría.
No estoy exagerando, porque lo vi y
sufrí no sé cuantas veces de su variada gama de fintas. Yo siempre fui
muy tronco para la pelota, así que terminaba al arco o en la defensa, pegando
patadas al que se me cruzara por el camino. Como mi función táctica era la de
repartir leña, siempre lo enfrentaba. Ya no recuerdo la cantidad de “cariñitos”
que le hice. Nunca lo pude derribar. El tipo tenía los huesos de hierro, porque
las planchas que le di, eran para romper
el fémur de un elefante pero, apenas le dejaba moreteada la canilla, el
estómago e incluso, una vez, la cabeza.
Al terminar el partido (eran dos tiempos
de quince minutos, el período que duraban los recreos) me miraba con ojos de
perro degollado, diciéndome: “Media chuletita que me distes, diegito”,
matándose de la risa. Claro, a pesar de la patada, la había metido dentro del arco (que en el
fondo, no podía “meterla dentro”, porque las porterías estaban pintadas en las
murallas. El colegio era tan pobre que nunca hubo recursos para comprarlos),
o dio el pase gol. Con golpe y todo, me
cagaba igual.
Juan Carlos era tan tremendamente
bueno con los pies, que podía dar un pase en profundidad de su área chica a la del contrincante con una pelota de plástico. Como éramos de origen
humilde, nadie poseía un balón profesional, Así que entre los compañeros del
curso juntábamos dinero para adquirir
una balón que valía cien pesos. Como hacíamos más plata, adquiríamos
tres o cuatro balones para el mes, porque no faltaba el pata dura que le pegaba
más fuerte de lo acostumbrado, lanzando la esférica fuera del colegio.
La cancha (sí es que se le puede
llamar así al peladero de tierra y piedras que estaba al fondo de la escuela,
donde los tontos corríamos detrás de la pelota)
tenía unas rejas protectoras para evitar la fuga de los escolares. Parecía Auschwitz.
Los tipos que caían el Nueva Aurora
eran lo peor del barrio, aquellos alumnos que fueron echados de otros colegios
que ahí los aceptaban porque el gobierno paga subvención. Una vez llegó la policía para llevarse detenido a uno de mis
compañeros, el guatón Romo. Se había robado las llantas de un vehículo y lo
denunciaron. Lo metieron a un reformatorio. No volvió. Desde aquel día un equipo quedó con ventaja
numérica. Diez contra once, pero se llevaba a Tapia que valía por cinco.
En la institución educativa había tipos con
quince o dieciséis años que no salían de la primaria. Tapia era uno de ellos,
tenía diecisiete y estaba en octavo básico, cuando debía haber salido del
colegio hace rato. A Juan Carlos le
costaba aprender. Se quedaba horas sentado en el banco tratando de sumar 2+2.
Si le hacían esa pregunta en algún
examen, de seguro respondía empate. Pero,
nadie lo cuestionaba por su inteligencia, sino por su olor. El hedor que
expelía su cuerpo, era como cebolla
frita. Él trabajaba de cargador de
verduras en la Vega Central. Laboraba de cinco de la mañana a siete,
luego se ponía el uniforme de pantalón gris, camisa blanca, corbata azul y
zapatos negros para asistir a clases.
Llevaba sudado completo, con su pelo negro, sucio y el aromita a
rayos. El flaco Fortín, que era un
experto en el apodo, lo rebautizó como el Pepe le Peuf. Lo molestábamos mucho,
incluso un par de veces se agarró a golpes con alguien. Como era bueno boxeando
y tenía los músculos desarrollados por
el esfuerzo físico de echarse al hombro sacos de papas, ganaba en todas las
peleas. Bueno, en realidad había peleas por cualquier cosa. Sobre todo en los
partidos.
Para sobrevivir, había que ser
guapo, sino estabas muerto. Yo elegí otro método. Hacerme el tonto para
vengarme en los partidos.
Como te molestaban por todo (sobre
todo a mí, que tenía trece años y no sabía defenderme), no tomaba en cuenta los
insultos, pero, a la hora de jugar el partido tenía revancha. Como en la cancha
no existía el foul (a menos que alguien cayera inconsciente), lo pateaba de
acuerdo con el insulto proferido.
Recordado quedó en los anales del
colegio una jugada en que participé. Era un corner y el galgo cagón de
Santibáñez (le pusimos así porque tenía un cuerpo desnutrido y en una clase se
defecó), me dijo que mi mamá era una puta. Me quedé en silencio, pero, solo
quería matarlo. Le pedí a Juan Carlos que me eligiera en su equipo (el era el capitán, teniendo el derecho de
seleccionar a su equipo de diez jugadores)
y que al galgo cagón, lo dejaran
en el otro. Le conté lo que había pasado. Él me dijo que estaba de acuerdo en
que le diera una pateadura y que si
Santibáñez se ponía bravo, él me defendía… En fin, Juan Carlos iba a
servir el lanzamiento de esquina. Subí a
cabecear (pese a que nunca aprendí hacerlo). Me acerqué al galgo, Tapia lanzó
el centro y el compadre saltó a mi lado. Abrí los brazos, dándole un codazo en
la nariz. La sangre saltó al piso y cayó desmayado. Le fracturé el tabique nasal.
Cuando el tipo estaba en el suelo y la pelota en cualquier parte, llegó un
profesor que paró la pichanga (que no se había detenido). Nos quitó la pelota,
preguntando:
-
Quién dejó a este muchacho
así.- dijo el perro Gutiérrez, profesor de
Historia. Nadie respondió. Todos se quedaron callados.
Al herido lo agarraron entre tres y lo llevaron a la sala de profesores. Lo
acomodaron en un sillón de cuero que estaba todo roñoso y lo derivaron al
hospital.
Dos días después llegó el galgo, con
los ojos morados y el rostro hinchado, se acercó a mi puesto que
estaba al final de la aula porque era el
más alto del curso. Camino por el pasillo y le pegó a la mesa.
-
me las vas a pagar, chuchetumadre, me las vas a pagar.- Empuñó la mano.
Cuando alguien le agarró el brazo, apretándole al cagón el bíceps. Era Tapia
-
Algún problema con el loco.- le
dijo
-
¡Sht!, mira como me dejó.-
-
pero vo’ le sacaste la madre al loco y el
cobró su parte. Así que no lo
vai a
hueviar, porque sino te saco la mierda a combos cualio- Santibáñez se quedó
callado y se fue. Me dijo que me quedara
tranquilo, que si el compadre trataba de pegarme, que le avisara y se sentó conmigo. Tuve que soportar su aroma,
pero, eso, fue mejor que una pateadura.
Sin embargo, nos castigaron. Nos
prohibieron jugar a la pelota. Sin embargo, igual lo hicimos. Escondimos la
pelota en una mochila, en la mía. Pero, yo quedé castigado por mis compañeros.
No me dejaron jugar más y a cambio de la
cagadita, yo debía avisar cuando un profesor venía al patio. Tapia no se opuso.
Como quedó prohibido jugar, alguien tenía que hacer el trabajo y
no me quedó otra que observar la pichanga. Era octubre y quedaba un mes
para salir de la enseñanza básica para entrar a la educación media. Estaba
listo en el colegio de mi tía, un lugar cien veces mejor que donde estaba.
Desde afuera pude observar su
técnica en velocidad. era tan rápida que levantaba una estela de polvo a su
paso. Además de habilidad tenía fuerza, pese a no medir más de un metro setenta
y cinco. Bueno, cargando fruta de 50 kilos, cualquiera agarra potencia física.
Creo que una vez fue a probarse a la Católica, pero no lo aceptaron porque
dijeron que era malo. No lo entiendo. En el entrenamiento marcó tres goles. Dio
dos pases gol. La figura, pero no lo dejaron. Al parecer, el entrenador encontró una botella de vino en su mochila o
iba pasado a alcohol, nunca supe bien la historia. Sólo rumores.
A Tapia le gustaba beber. Algunas
veces llegó borracho a clases o volado. le gustaba la marihuana, las mujeres y
todo lo que atenta contra el deporte. Me acuerdo que lo sorprendí fumando hierva en el baño del colegio, yo me
quedé callado. No lo iba a denunciar después de salvarme el culo con el galgo.
Tampoco fue tan malo no jugar. Me reía de los tipos que en vez de pegarle al
balón, lo hacían contra una piedra que se incrustaba en la cabeza del defensa.
Éste quedaba tirado en piso con un ojo en tinta.
Cuando aparecía el profesor, daba
un silbido. Alguien escondía la pelota en
su espalda, apoyándose contra la muralla. El resto se dispersaba. Otros se
ponían a jugar la pinta u otra cosa que no fuera a la pelota. Si alguno de
ellos hubiera querido ser actor, se
moriría de hambre. Se notaba que estaban ocultando algo raro. Miraban al inspector con cara de yo no
fui. Se delataban solitos, los muy pelotas.
Al final, levantaron la sanción.
Los directivos se dieron cuenta que era mejor verlos y ser una especie de juez que dejarnos sin
deportes. Desde aquel día se añadió al reglamento tácito de la pinchanga el
foul, auque igual seguían algún tipo de patadas porque los profes se divertían.
Se sentaban en unas bancas del patio a ver el show de patadas y admirar a Tapia. Algunos maestros lo invitaron
a su equipo de fin de semana. Le pagaban con dos cervezas y un pito para que
los ayudara a ganar alguna liga de barrio. Él sacó campeón a un club muy malo
de La Pintana y creo que Colo- Colo le ofreció ir a jugar por ellos. Duró tres
días. Al cuarto llegó tan ebrio que golpeó al entrenador de cadetes. Lo echaron
y se acabó su carrera al profesionalismo.
En fin, todos jugaban, menos yo. El
veto no me lo levantaron. Me quedé mirando en un rincón, con las manos sudadas
y con la mierda hirviendo. Se acababa el
año y no volvería a tocar un balón.
Juan Carlos no iba a pasar de
curso, por tercera vez. Tenía cinco ramos reprobados, pero, como tenía unos
pies mágicos, negoció con cinco profesores jugar a la pelota por su club para
que le cambiaran la nota. Estos aceptaron, salvo dos, el de educación musical (que
odiaba la pelota) y el perro Gutiérrez
de Historia. Ambos se negaron. Con dos
materias en rojo, repruebas, sin embargo con una en ese entonces pasabas.
En historia yo tenía el mejor
promedio del curso. En el resto me iba parejito. Pasaba a primero medio, pero Juan Carlos
no. Iba saliendo del colegio, cuando
Tapia me llama. Me arrincona contra la pared y me dice:
- Diego, yo te salvé el pellejo,
ahora te toca a ti. Deja que te copie o te saco la cresta.- miré su rostro largo, duro, moreno. Ya con
arrugas de juerga.
- bueno,- le dije con un hilito de
voz.- pero, con la condición de que me dejen jugar el último partido antes de
irme.-
-
yo no puedo hacer eso, todos te
tienen cagado.-
-
entonces me como la golpiza y
tú repruebas.- tapia insinuó a que me
iba a golpear,
pero no lo hizo. Estaba muerto de susto.
-
está bien, el viernes antes del
examen vas a jugar.-
-
pero, hay algo más.-
-
qué.- dijo extrañado.- estás
agotando mi paciencia.
-
Quiero ser el goleador.-
-
Puta, si yo no hago milagros.-
-
Yo sé como tú juegas, pásate a
todos y en vez de rematar al arco, pásamela.
-
Está bien. no me queda otra.- dijo
Llegó el viernes y Tapia intercedió
por mí. Amenazó con no jugar si yo no estaba en su equipo. A regañadientes,
aceptaron. Se habían acostumbrado al “juego limpio” y yo me caracterizaba por
ello. Me obligaron a no pegar, sino me expulsarían a patadas en el culo.
Volvíamos a la normalidad: diez contra once.
Como correspondía a la tradición,
los capitanes jugaron al cachipun, para saber quién partía. Ganamos porque
Tapia puso piedra y el Loco Rivera tijera. Por primera y única vez, alguien se
consiguió una pelota de cuero, profesional, treinta y dos cascos, recién
inflada con un bombín. La pelota se lanzó al aire, señal inequívoca de que el
partido comenzaba. Tapia la agarró de boleo, de la mitad de la cancha y la
clavó al ángulo. ( el espacio tenía como
cuarenta metros de largo, por 20 de ancho. No había saque lateral, exceptuando
el cornel o saque de valla, cuando la pelota pegaba en la muralla y los goles
valían de toda la cancha). el Nano Pino, el mejor arquero de curso, pese a que
medía un metro cuarenta (casi todos los porteros son altos, menos este caso)
solo la miró. Uno cero.
Los rivales partieron, el narigón Fortín se la pasa al loco, el loco se
la devuelve y al medio se forma una toletole. Veinte giles tratando de agarrar
el balón, así pasamos como cinco minutos con pelotazos de un lado a otro. Las
patadas vuelan y yo fuera de la
toletole, aguardando el pase de Tapia. La pelota cae en los pies e JC. La
agarra, pasa a uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. frena porque Fortín se
cruza. se la tocó al negro Vásquez, se la devuelve en pared, tapia queda solo
frente al portero y la toca hacia donde yo venía. La toco con borde interno y
le doy al palo, la pelota me vuelve a caer y la agarro de puntete. Golazo,
grite.
Sonó la campana del recreo.
Entramos al baño a mojarnos el rostro. y luego nos secábamos con una toalla
comunitaria. En marzo llegó blanquita, pero, ahora, después de interminables
jornadas pichangueras, la toalla tenía un color grisáceo y un hedor peor que el
de Juan Carlos después de cargar manzanas.
Entramos a la sala y JC se sentó a mi lado. Nos pasaron el examen.
Él perro Gutiérrez hizo cuatro filas, lo
que hacía imposible copiar. Terminé lo más rápido posible la prueba. Luego, con
mucho cuidado, le di un codazo a Tapia. Este asintió con la cabeza. Ambos
tomamos cuidadosamente nuestros exámenes y los intercambiamos mientras en perro
nos daba la espalda. Yo tenía un lápiz mina en mi bolsillo derecho. Con el
escribí las respuestas del test, suavemente, para que después con una goma se
pudieran borrar las respuestas. Tapia, mientras tanto, hacía como que escribía.
Acabé rápido para repetir la misma operación. Él transcribió lo que había
escrito, sin embargo, en algunos párrafos le costó entender las patas de gallo
a las que llamo letras. Pero, casi al final, logró acabar. Yo había entregado
mi examen y salí al patio, lo esperé.
Fue el último en abandonar la sala. Cuando salió, Gutiérrez me llamó. Yo fui
con las piernas tiritando.
- Valdivieso, usted ayudó a Tapia,
verdad- recriminó con ese tono de militar fracasado con el cual intentaba
imponer respeto.
-
¡cómo se le ocurre que yo lo voy ayudar!- respondí con carita de niño
bueno.-
- Cree
que no me di cuenta que usted intercambió hojas con él.- quedó con su mirada
fija, tratando de intimidarme. Lo hizo. Aunque, fijé la vista en su corbata
conchevina, la cual usaba en las pruebas finales. Yo seguí negando, moviendo la
cabeza.
-
acaso usted quiere reprobar.-
Me quedé como congelado. Estaba
empezando a sudar frío. algo, no sé qué
me empujó a sacar toda la pachorra que en mi vida había tenido para enfrentarme
a alguien con autoridad. ya no tenía
nada que temer al perro, total, tenía seis cinco de promedio. No iba a soportar
que nunca más alguien me pusiera un pie encima con su abuso de autoridad.
Inspiré aire, luego dije.
- sabe qué señor, usted es un hijo
de puta que no tiene ninguna prueba de lo que está diciendo, sólo está
ejerciendo una presión indebida en mi contra para que confiese algo que no he
hecho y si usted desea, lleve hasta el
director con esta infamia, pero, yo le advierto perro y la conchadesumadre ,
que yo lo voy acusar de dejar embarazada
a una de mis compañeras que ya me confesó todo, eso sumado a los reglazos, a
los golpes que nos ha dado a cada uno de nosotros, lo van
hacer mierda ante el ministerio de educación.- inspiré algo de aire.- ni siquiera a un par de cerdos podrá hacer
clases, terminado como un pordiosero y con una demanda de pensión alimenticia
que acabará con su puto matrimonio.- el viejo se quedó helado. No atinó a nada.
Se arregló la corbata y se abrochó el botón de la chaqueta. Dio la vuelta,
partiendo a la dirección.
Profesor- lo llamé.- le quedó
claro.
Hasta luego señor Valdivieso, que
le vaya muy bien en la media.-
Al
Finalizar la Prueba, comenzó el segundo tiempo, Tapia la agarra en la mitad de
la Cancha, con una bicicleta pasó a Fortini y Santibáñez, me mira y me tira el
pase, yo sólo frente al portero, le pego de media volea sin pensar (nunca más
en mi vida le pegué así) Golazo. Los
rivales partieron, comenzaron a pegar patadas a mansalva. Nadie quería perder
el último partido de la básica. Fue así como el Diego Troncoso (quien le hacía
honor a su apellido) tras un rebote, golpeó el balón con la canilla y la metió
adentro. Dos minutos después apenas partimos, Gabriel Riquelme (nuestro
defensor estrella) se pifia y le entrega en bandeja la pelota a Troncoso quien
anota el empate.
De ahí en
adelante, el juego se torna algo confuso. Nadie quería cometer errores porque
los capitanes habían decretado el último gol gana, porque el inspector – el flaco
Rodríguez, un tipo que parecía que cualquier viento lo derrumbaría) nos advirtió
que nos quedaba poco tiempo y que nos dejaba jugar un gol más antes mandarnos a
la casa para la ceremonia de graduación. En las afueras de la cancha, los
profesores se quedaron mirando el último juego del octavo A, incluso los
profesores de matemáticas y el de Castellano apostaron cinco lucas al ganador. Una
que otra compañera con cara de aburrida, esperaba el término del partido para
sacar de la cancha a su novio sudoroso y apestando a rayos.
La tensión
se sentía en el ambiente. Nadie hablaba. Sólo se oían los autos que avanzaban
raudos por Pedro Donoso y todos esperaban a que sucediera algo, un milagro. Así
luego de una trancada que lanzó lejos al pato Moya, Tapia avanzó por la
derecha. Cinco defensas intentaron detenerlo, pero Juan Carlos con don fintas dejo pagando a los rivales. Yo
seguía la jugada desde la punta izquierda, picando a toda velocidad. Levanté la
mano y Tapia mi miró. Levantó un centro
y yo piqué en diagonal a la pelota. El flaco Fortini intentó ganarme el
cabezazo, pero yo me elevé más alto y cabeceé al segundo palo. El nano Pino
caminó hacia el primero, pensando que sería un remate recto, pero no fue así y
quedó parado cuando el balón se clavó abajo junto a un poste.
- Goooolaaazooo,
conchetumadre- grité, mientras esquivaba compañeros que se me lanzaban encima. Por
el rabo del ojo, vi como el profesor de Castellano echaba puteadas mientras
pagaba la apuesta al de matemáticas y en eso, un grupo de compañeros me
saltaron encima haciendo un montoncito, asfixiándome bajo cinco cuerpos…
En la
tarde, vino la graduación. Los mismos sudorosos vestíamos nuestros uniformes
impecables. En una ceremonia eterna, en que más de alguno lloró, yo estaba feliz.
Por fin se había acabado la Básica y ahora comenzaba la Media, fue así cuando
yo recibí el diploma y en la última lista apagué la vela, me sentía liberado de
ese colegio de mal a muerte. Subí a la sala donde el octavo A se reunió para
despedirse cuando me encontré a Tapia
peinado a la gomina y pasado a perfume, al verme se puso a llorar.
- Gracias
dieguito, gracias.- dijo
- No,
gracias a ti por los goles-
A Tapia no
lo volví a ver hasta muchos años después, cuando entré a estudiar periodismo en
la Universidad Bolivariana. Fue en la vega. Tenía que armar una nota de
periodismo en primera persona y ahí estaba un poco más viejo y más demacrado,
con un par de arrugas en la frente, pese a ser tres años mayor que yo,
aparentaba ser un hombre de cuarenta. Llevaba consigo un carretón cargado con
sacos de papas. Yo lo miré correr por la calle, pensando que aquel tipo pudo
ser un grande del fútbol chileno.
Enviado por degolando
el 11/04/2010 a las 20:14

Martín, al acabar la última página del libro que compró en un local
perdido de la estación de buses de Mendoza, descubrió que era un
idiota. Se había quemado las pestañas leyendo autores como Nietzsche,
Freud, Marx, pasó horas y horas frente las hojas de los textos de
Foucault y cuando no lograba cerrar los ojos en las noches, siempre
existía un texto en el velador al cual recurrir para llegar a la mañana
siguiente.
Al llegar a Santiago, Martín abrió la puerta de la casa y corrió a
buscar el brasero. Tomó una bolsa de carbón y llevó esto elementos al
patio de la casa. De su bolsillo derecho tomó los fósforos, arrojando
una cerilla sobre el papel. Una llama azulada danzo sobre el papel
consumiendo hasta la últimas palabras de Soriano y cuando el fuego
estaba a punto de extinguirse, arrojó los pesados textos de Escritores
rusos, latinoamericanos , franceses, italianos, toda la biblioteca que
se encontraba apilada en en un viejo estante de su hogar.
Cuando las chispas de fuego dejaron de quemarse, Martín arrojó un jarro
con agua para evitar un incendio. Caminó hasta el living de la casa,
acomodó el culo en un cómodo sillón de felpa y encendió un programa de
farándula.
Nunca había sido tan feliz en su vida.
Enviado por degolando
el 28/02/2010 a las 19:53
Fue un gruñido,
como el de un animal agonizante, el que me despertó la madrugada del sábado 27
de febrero del 2010. Eran las 3:34 de la madrugada cuando comenzó el terremoto,
el sexto más fuerte en la historia de los cataclismos que se tenga registro en
la historia universal. Chile ya está acostumbrado a aquellos fenómenos que cubren de desolación a un pequeño y remoto
país, no obstante, la fuerza de la naturaleza, aún nos asusta y nos preocupa.
Las noches
anteriores había tenido pesadillas. Soñé con muertos, destrucción y otras cosas
que me hicieron dormir mal durante dos noches consecutivas. Tal vez fue un
presagio, una señal de advertencia para esta angosta faja de tierra que no
recordaba como era cuando la tierra se tornaba arisca y encrespa su pelaje
cubriendo de angustia y temor a quienes habitamos sobre ella, haciendo de aquel dicho de: “tener los pies
sobre la tierra”, un mal chiste de humor negro.
Eran las 3 con
44 minutos cuando un leve vaivén, similar
al de una mujer cuando mece en sus brazos a un bebé, el que me alertó de
que ese no sería un temblor como los que estamos acostumbrados. Ese gruñido de
la tierra es un sonido que aún permanece latente en mis oídos, junto con el movimiento
horizontal bajo mis pies fue el que me hizo presagiar lo que se venía. Me
levanté de la cama y caminé raudo hacia la pieza de mis padres. Mi viejo- el
cual mantiene el aplomo y la tranquilidad – ni siquiera quería levantarse de la
cama cuando aquel deslizamiento iba incrementándose.
- Papá,
levántate.- dije
- No hijo, si no
es para tanto.
- Hueón es un
terremoto el que se viene, sal de ahí.- En ese momento, comenzó el cataclismo. Fue una sacudida que abrió las
ventanas de mi casa e hizo caer un par de vasos sobre la mesa, la pantalla de
un viejo computador, mientras en la calle los chispazos de los
cables del tendido eléctrico iluminaban la oscuridad imperante. Todo vibraba y
yo sentía como si un gigante me remeciera de un lado a otro.
- Papá. Sal de
ahí, te puede caer el techo.
- Hueón, no
puedo levantar a tu mamá- posteriormente ordenó-. Anda a cortar el interruptor
de la luz.
Mientras
caminaba yo sentía como si caminará en gelatina. Corte la luz de la casa y
cuando volteé la mirada, mi padre y mi madre ya estaba a salvo bajo el dintel
de la puerta que da al comedor de la casa. Yo me quedé a un rincón de salida a
la calle justo en el lugar donde sabía que existía uno de los pilares que
sostiene mi hogar. Pasaban los minutos y el sismo no paraba. De pronto miro
hacia la mesa del televisor y me doy cuenta que éste está a punto de caer.
-El televisor-
grité y salté hacia en el momento que estaba al borde del mueble. Me quedé ahí,
sujetándolo hasta que la tierra se
calmó. Minutos después la tierra aún se movía suavemente, casi como un
ronroneo. Mi madre lloraba, mi viejo estaba
tranquilo, consolándola. Las líneas de teléfonos estaba cortadas, no
obstante, recibía llamados. La primera con quien hablé fue con la Val, quien
desde Mendoza me dijo que se había sentido allá también y después de calmarla
de que estábamos todos bien, nos despedimos.
Salí a la calle.
Una nube de polvo cubría a Santiago, la gente estaba despierta, levantando un
lamento y preocupaciones. Doscientos metros al Oeste de mi casa, un poste de
luz cayó sobre la cornisa de un galpón derrumbando parte de la techumbre al
piso. Por suerte no pasó nadie por aquel lugar, sino le hubiera costado la vida
a más de alguien.
Fui a mirar en
mi casa y la vieja muralla del patio había caído y la pandereta que separaba mi
casa con las de los vecinos de los pies, también cedió. Eran daños menores, ya
que mi la estructura de mi casa había aguantado con éxito su tercer terremoto. Ya
un poco más tranquilo y en la oscuridad de la noche me percaté de un detalle…
Nunca había
visto tantas estrellas en el cielo capitalino.
Enviado por degolando
el 16/02/2010 a las 21:12
Al descubrir a mi novia teniendo sexo con otro, no
volví a tirar en dos años. La imagen de Carolina montada sobre un cuerpo ajeno,
disfrutando de rutinas que practicábamos en la intimidad, resultó tan chocante
que me abstuve de cualquier contacto físico con otra mujer. Yo la adoraba. Pensé
construir una vida a su lado, tener hijos, casa, perro, gato, auto y deleitarme
con ella en las comodidades de la vejez. Ahora que han pasado un par de años de
la ruptura, me parece irrisorio armar un futuro con ingredientes impuestos por
el marketing de la iglesia católica. Cuando era un mocoso, una vieja de mierda
me enseñó las bondades de un matrimonio reprimido y frígido como núcleo
esencial de la sociedad. Fue en clase de catequesis donde la señora Clementina
elaboró una frase digna para el bronce:
“El sexo es una herramienta de procreación, jamás de
diversión”, sentenció la ACN su voz chillona y, al conocer a Carolina, yo creí
en la sarta de mentiras de la arteriosclerótica anciana. Le pedí casamiento al
cumplir un año once meses de feliz noviazgo. Me faltaban cuatro semestres para
titularme y apenas lograse ser profesional, anunciaríamos la noticia a los
amigos.
Por suerte no alcancé a cagarme la vida.
Una tarde de abril salí temprano de clases. Unos compañeros
de la U me invitaron a una juerga con las chicas de sicología- con una fama de fáciles que ni
explico- y yo me negué .
-No gracias, le voy a dar una sorpresa a mi polola-.
Me excusé.
-Eres un macabeo, polleruo.
No me importaba
mucho ser considerado un idiota. Amaba a
Caro. Deseaba estar con ella cuando se me brindaba una oportunidad- nuestros
horarios nunca eran compatibles-. Como el profesor de Historia contemporánea
había enfermado, la última hora de clase quedó libre. Sin pensarlo tomé mi
mochila y partí a casa de mi ex.
Según lo que me contó, ella venía del sur y se vino a
estudiar a la capital cual Carmela de San Rosendo. Su padre- un acaudalado
agricultor- le arrendó un loft en Providencia. Al cumplir un año de relación,
ella me entregó una copia de las llaves de su departamento. “Así me podrás
venir a ver cuando se te plazca”, dijo tras de una noche lujuriosa. Pues bien
nunca las había ocupado hasta esa tarde. Abrí la puerta del apartamento
lentamente, intentando evitar el ruido típico de la madera. Lo primero que
escuché fue un quejido agudo entremezclado con un ahogo. Al mirar noté las pantaletas rosa de Carolina colgadas
sobre un ficus. Ya temía lo peor, sin embargo, la esperanza me hizo creer que le
prestó la casa a una amiga para que se divirtiera. Sólo había una formar de
comprobar mis suposiciones, entrando. Ingresé con cautela, siendo silencioso.
Al dar unos pasos noté un camino de prendas que terminaba en la habitación de
la muchacha. Al avanzar tropecé con una blusa, un sostén, un par de
calzoncillos, blue jeans, una falda y una polera.
Al estar frente a la puerta … respiré profundo y giré
con suavidad la fría chapa metálica. Aún tengo grabada la imagen de Carolina meneándose
sobre el cuerpo del desconocido. Su
cabello castaño le cubría los hombros, sus manos se apoyaban en el torso del
semental de la misma manera en que se apoyaba en mi cuerpo, pequeñas gotitas de
sudor resbalaban de su espalda…
Sentí como si Mike Tyson me hubiera dado un gancho al
mentón. No caí, pero quedé paralizado ante el cuadro erótico, el cual contemplé
unos minutos como espectador de película
pornográfica.
- Está rico, mi amor- dije con cierta ironía tras
recuperar el habla. Carolina giró la mitad de su figura quedando extraña posición.
Al observarme ahí, en el dintel, se puso pálida y saltó del cuerpo del amante
dándose un golpe seco contra el piso. Posteriormente, con la sábana intentó
cubrirse las partes íntimas y dijo:
- No es lo que estás pensando-
Salí. Ella me persiguió protegiendo sus vergüenzas
con la sábana. Te amo, te amo, fue un error mi amor, disculpa, gritaba mientras
bajé las escaleras. Por favor no te vayas, conversemos, insistió.
Ya en el hall, la escena prosiguió de la misma manera
y si no hubiera sido porque le arranqué la improvisada toga, hubiera continuado
hasta la casa. A la vista del conserje y los otros inquilinos, su desnudez
alcanzó ribetes patéticos. Con sus manos, Carolina intentó cubrirse gritando mi
nombre.
Yo huí en silencio.
Caminé por Santiago y a la hora en que los bares
abrieron sus puertas, me emborraché de
tal manera que ni siquiera recordaba cómo demonios había llegado a una banca
frente al monumento a Rubén Darío. Estaba sin zapatos, sin dinero y con una
jaqueca de proporciones bíblicas. Por unos instantes, olvidé los sucesos de la
tarde anterior. Cuando caminé a casa, en plena resaca, retornó la memoria.
Carolina me partió el pecho. Ya no tenía razones para continuar viviendo, pensé
en el suicidio como alternativa viable.
Estaba cerca del río Mapocho y con la idea fija pensé en lanzarme al vacío. Me
quedé apoyado en la baranda del puente del Arzobispo. Había tomado la decisión,
no obstante, a último momento, decidí no hacerlo. Algo me aferró la vida. No
fue la esperanza ni el deseo de vivir. Un algo inexplicable me ató al tiempo, a
permanecer con los pies en la tierra y no bajo ella. Una pesadumbre me invadió
camino al hogar, como si la gravedad influyera sobre mi paso.
Habré llegado a eso de las seis de la tarde a mi
casa. Al golpear, mi madre me dio una bofetada y luego un abrazo.
- La carolita está llorando en el living- comentó.
- Saca a esa puta de mi vista. No entro a la casa
hasta que se vaya.
- Qué paso.
- Nada, no la quiero ver.- fui a casa de mis tías
mientras mi ex se marchó. Al llegar, mi madre hizo preguntas que no contesté.
Fui a mi pieza y miré el techo toda la noche.
II
- Para ir al cielo, debes respetar a tu mujer- comentó
Clementina en clase de religión.
Tengo clara una cosa… mi destino no incluía un ticket
al paraíso. Jamás deseé una vida perfecta. Me hubiera aburrido a los dos o tres
años de monótono matrimonio e incurría en las típicas andanzas del casanova, un
hombre que se quita la piel de oveja y se lanza a devorar las primeras piernas
que se abran en el camino.
Nunca hubiera sabido esto si no descubro a mi cuasi
prometida con otro. La palabra fidelidad se borró de mi vocabulario junto- al
menos eso creí- con la palabra orgasmo la cual se relacionaban directamente.
Odiaba las mujeres. Al ver a una en la calle sentía ganas de vomitar. El sexo
no me provocaba nada y durante ese período no tuve actividad de ningún tipo. Ni
siquiera me masturbaba. El deseo se esfumó en alguna parte de mi cerebro y no
lo recuperé hasta 24 meses después.
No me levanté de la cama durante una semana. Me quedé
acostado sin comer ni dormir. Me levantaba sólo para ir al baño. Si hubiera
tenido pañales ni siquiera hubiese hecho el esfuerzo. Era un zombi. No hablaba,
no me reía, ni siquiera era capaz de articular pensamientos coherentes. Al
dormir veía en el sueño a Carolina en medio de una orgía. Negros, blancos,
chinos, la follaban por todos los orificios posibles. Yo contemplaba la escena
mientras un negro “superdotado”, me invitaba al festín. “Ella es de todos, no
te pertenece, ella es de todos, no te pertenece”, repetía esa voz.
Tras ese sueño desperté con rabia. Tomé nuestros álbumes
fotográficos y los rompí en pequeños fragmentos que luego del arrebato volvía a
asir como rompecabezas para luego, volver a destrozarlo. Quemé los peluches- casi
incendio la casa, el fuego alcanzó una cortina. Por suerte logré controlarlo-,
boté las conchas marinas que me regaló, destruí un par de almohadadas y las
sábanas donde habíamos hecho el amor.
Luego de la catarsis, justo al sexto día, salí del
cuarto con dirección a la universidad. Decidí congelar el semestre y pedí la
devolución del dinero. Mi casa de estudio accedió dándome un millón de pesos
que no les entregué a mis padres. Ellos se enteraron de mi deserción
estudiantil seis meses después, cuando les conté que había abandonado la carrera para consumir
coca y una botella de vodka con jugo de naranja como desayuno.
Después de
realizar todos los trámites de rigor y cobrar el cheque, conocí a un grupo de cuicos, hijitos de papá a
los que invité a beber al Entre latas. A todos les gustaba la coca y a mí
también me agrado esa señora blanca que jalaba con un lápiz bic o un billete de
diez lucas. De tan sólo recordar la sensación de la droga raspando mis fosas nasales,
mi boca tiende a babear como perro de Pablov. Uno nunca deja de ser adicto,
aunque- como en mi caso- lleves años
limpio. Extraño esa maldita sustancia, sin embargo, resisto la tentación
acostándome con cualquiera que me abra las piernas. He reemplazado una adicción
con otra, igual que los borrachos. El alcohol no lo abandoné del todo. He aprendido
a medirme. De vez en cuando caigo en una borrachera, claro, no al nivel de esos
meses, donde me tomé hasta las gracias.
Una noche, en medio de esos meses perdidos, desperté
apoyado en la mesa de un departamento desconocido en el barrio alto. En la mesa había una raya blanca y un vaso de
pisco puro. Bebí un poco de ese brebaje y sentí unas horribles nauseas. El
licor me quemó la garganta. Descendió al estómago igual que una bola de fuego.
Quise vomitar, pero logré contener la arcada. Sabía que si jalaba, la sensación
de malestar pasaría, enrollé un billete de cinco lucas para quedar duro y
seguir en la juerga, sin embargo, antes de pegarme el fierrazo, un pensamiento
cruzó por mi mente, un rayo de lucidez donde me dije… qué mierda estoy
haciendo… sacudí mi cabeza. Todo me dio vueltas. Sin reflexionar mucho tomé el
vaso de pisco y lo dejé caer sobre la línea.
-Hueón, qué mierda estay haciendo- gritaron mis ex
amigos.
Arranqué. Corrí mucho y cuando mi corazón ya no daba
más , me detuve frente a la estatua de Baquedano. Me senté en la cuneta y
lloré. No lo había hecho durante casi seis meses. Por primera vez después de la
infidelidad, permití que la pena se cruzara por mi camino…
Fue el primer paso a la recuperación definitiva…
III
Decidí rehabilitarme. Si me quedaba en Santiago
acabaría mal. Me fui al sur, a un poblado de la séptima u octava región… ya no
recuerdo muy bien. Era un villorrio ubicado a orillas del mar. Viví en casa de
unos amigos de mi papá quienes me acogieron como si fuese un hijo. Los primeros
meses fueron difíciles. En las noches no pegaba un ojo. Sudaba. Tenía
escalofríos y unos espasmos estomacales que me retorcían el intestino. No dormí
mucho a causa de la abstinencia. Mi cuerpo pedía droga y no dejaba de pensar en
un saque.
En las mañanas,
daba eternas caminatas a orillas del mar. La brisa salada de la costa golpeaba
mi rostro como una bofetada de aire puro que limpiaba mis insanos pulmones. Mis
pies se hundían en la arena oscura y las olas reventaban en mis piernas
enfriándome mi piel. A pesar de ser un bonito paraje, yo lo odiaba. Mi nariz
goteaba mocos transparentes. Tenía la boca reseca y un dolor de cabeza
horrible. Andaba mal humorado. Cualquiera que se me acercase recibía un insulto
o incluso un golpe, como ese cabro chico a quien le volé la raja con una patada
en culo. El mañoso me arrojó arena a la cara y yo lo perseguí unos cuantos metros hasta tenerlo a tiro de
cañón para impactar en su culo. El chico
voló uno o dos metros cayendo de bruces contra el agua. Esa fue la primera vez
que me reí en mucho tiempo…
Pasaron los meses y comencé a dormir bien, los
dolores de cabeza fueron disminuyendo paulatinamente hasta desaparecer. Mi
humor fue cambiando a medida que mi organismo se desintoxicó. Para matar el
aburrimiento, conseguí empleo de garzón en un restaurante local, una taberna de
mal a muerte donde los pescadores iban de juerga. Era un lugar rústico,
acogedor con mesas de pino, una barra al final del recinto y unos pilares donde
los borrachos se apoyaban para no perder el paso. Fue una experiencia de
mierda, pero si no hacía algo, acabaría volviéndome loco. El lugar no tenía
nada de especial. Era una calle central rodeada de otras que la interceptaban.
A pesar de mi odio- que aún perdura-, ese villorrio me salvó la vida.
Una tarde, mientras servía una mesa compuesta por un
tipo canoso de rostro surcado por arrugas, un cabro rubio de ojos celestes y
otro tipo con cara de angustiado, decidí que me había recuperado. Fue una
decisión arbitraria, torpe, sin embargo, ya estaba aburrido del pueblo. Luego
de servir vino y junto a una orden de seviche, me quité el delantal de la
cintura, pedí mi paga y renuncié. Hice las maletas sin dejar una nota de
despedida y tomé el primer bus a
Santiago. Ya no toleraba el silencio del poblado. Anhelaba el bullicio.
Al llegar al bus, me subí, encendí mi Mp3. Escuché
ocho horas del canto celestial de Janis Joplin. Ni siquiera miré el paisaje. Me
bastaba con Janis y su voz gorrión desgarrado.
Llegué a la capital a eso de las nueve de la noche.
Era diciembre o noviembre, ya no recuerdo bien. Al bajar el pie en la estación
de buses, respiré profundamente el vaho de esmog. Casi me pongo a llorar cuando
la bocanada de humo echó a patadas el
oxígeno. Bendito monóxido de carbono, lo amo.
Salí a Alameda a tomar la micro, las bocinas de los automóviles junto con las
puteadas de los taxistas a los micreros- y uno que otro lanza esperando un
descuido- me recibieron dándome a entender que estaba en casa. Me subí a un bus
que me llevaba a mi viejo y querido Ñuñoa. Como un niño frente a un juguete
nuevo, intenté ver si Santiago había cambiado en algo. La ciudad seguía igual,
salvo por uno que otro edificio que Paz Froimovic había construido derribando
centenarias casas, un par de rayados de los hip hoperos y uno que otro nuevo
vagabundo que se sumaba a la fauna de la urbe.
Cuando golpeé la puerta de mi casa en Campo de
Deportes, casi esquina Irarrázaval, mi madre se puso pálida.
- Qué haces acá- dijo.
- Me vine poh.
- Por qué.
- Me aburrí… no te alegra verme.
- Sí, claro- ella se acercó me brindó un frío abrazo,
junto con un forzado beso en la mejilla.
Mi padre
apareció en casa a eso de las nueve. Venía como siempre, con su terno
impecable, el maletín de James Bond- se jura 007- peinado para atrás y sus look de CNI renovado.
- ¿Estás bien?- preguntó
- Sip
- Cómo te trataron allá.
- Bien.
- Estás más delgado ¿Comiste bien?
- sip, harto.
- Ok, ¿ Qué vas hacer con tu vida?
- terminar Derecho e irme a trabajar a tu staff
- Ok… tienes sueño
- sí, un poco
- Ok si quieres dormir, hazlo.
- Buenas noches, papá
- Buenas Javier… es bueno tener a la familia reunida
- sip, lo es-
Partí a la pieza. Cerré la puerta. Estaba todo como
lo había dejado, incluso con el polvo de la repisa donde guardo mis libros.
Salí de ella, fui a la cocina a buscar un paño para limpiar. Mientras quitaba
la tierra, de un libro salió la única foto de de Carolina que sobrevivió a las
llamas. La tomamos cuando fuimos al zoológico. A mí me cargan los animales,
pero deseaba tener sexo con ella y estaba dispuesto a oler la caca de los
elefantes si fuese necesario. Fue así como un fotógrafo nos ofreció una
instantánea. Había olvidado que la usaba
como marcador de “Memorias de ultratumba”… si no hubiera sido porque marqué la
fecha de compra- 3 de marzo 2002- jamás me hubiese enterado que llevaba un año
y ocho meses sin pensar en ella.
IV
Ese verano fue aburrido. Ninguno de mis ex amigos- no
drogos- quería juntarse conmigo. Era lógico. Los dejé botados. Por eso me quedé
sin juerga durante el calido mes de enero y su aburrido amigo, febrero. Mi viejo me ofreció trabajar como procurador
en su staff, no acepté con la promesa de que marzo entraría a laborar. Pues
bien, como me abundaba dinero por mi trabajo de mesero, me dediqué a gastar mi
pequeña fortuna. Almorzaba todos los días un completo en el dominó, luego
visitaba una librería comprándome una
novela de Bukoswki, Auster o Fante, daba largos paseos por el paseo Bulnes donde
me sentaba a devorar libros. Volvía a mi casa a eso de las nueve o diez de la
noche tan sólo para dormir.
Así llegó marzo. Entré a terminar derecho y como
procurador en el staff de mi padre. Ya no tenía amigos en la universidad.
Estaba solo. Francamente no me importó mucho. En las horas libres me dedicaba a
estudiar las materias bajo la sombra de un sauce. En las tardes llegaba a la
oficina, me cambiaba los jeans para ponerme el terno. Era la única manera de
que me respetaran en el bufett.
Una tarde me encontraba acarreando un montón de
expedientes, cuando apareció una rubia espectacular. Usaba un ajustado traje de
dos piezas que le ceñía su exuberante figura. Tenía un culo bárbaro- como diría
un argentino- unos pechos enormes y un escote donde observé un corpiño negro.
La tipa era una asesina. Yo la miré de pies a cabeza y al cruzó delante de mí,
me di vuelta a mirarla sin percatarme del junior. Choqué con el tipo. Los
papeles cayeron al piso y ella río iluminando la sala. Como un idiota fui
recogiendo uno a uno los oficios mientras la señorita seguía su camino,
meneando las caderas como serpiente apocalíptica.
Al llegar a casa me masturbé. No lo había hecho en
dos años. Mi mano fue bañada con el
chorro blanco de esperma que brotó como un geiser. Tuve que levantarme a buscar
papel higiénico del baño. Ahí descubrí algo importante… estaba caliente.
Necesitaba de un cuerpo para saciar el instinto. De cierta manera, volví a
sentir que la sangre corría por mi cuerpo.
Si era capaz de estar excitado, significaba que mi tragedia pasó.
Era hora de recomenzar… qué mejor manera que con un
buen polvo.
Intenté infructuosamente conquistar a alguna de mis
compañeras, colegas de trabajo, incluso alguna desconocida que se parase en un
paradero de micro. Perdí mi capacidad de seducción, en realidad, descubrí que
jamás había tenido una. Carolina había sido la única mujer con la cual tuve
sexo- hasta ese entonces- en mis 24 años. Carecía del script -que ahora tengo- para
llevar a la cama a quien se me plazca. Era un nerd pajero que deseaba
fervientemente una mujer. Luego de meses de continuo desastre, decidí recurrir
a los servicios de mercado. Una vil transacción económica donde yo ganaba un
par de orgasmos, mientras la señorita abría sus piernas para obtener una
recompensa económica.
Como inexperto en la materia, no sabía donde buscar una puta. Debí recurrir a lo más
sencillo, googlear la palabra escort. En la pantalla aparecieron más de cien
millones de sitios con diversas proposiciones. Tras no saber dónde pinchar,
seleccioné una agencia que, como nombre de fantasía, utilizaba el nombre de
“tabu’s”. Miré cada una de las fotos y una en particular llamó mi
atención. Era una chica de nombre Amaranta. Ella poseía unos grandes
pechos naturales, gordos y redondos, una cintura pequeña y un coqueto vello
púbico de color castaño claro. Anoté el teléfono y llamé.
-Amaranta.
- Sí- respondió una voz sexy, ronquita que me
recordaba a alguien, no sabía a quién.
- Hola quisiera tener… cómo lo digo.
- una cita conmigo.
- Me quitaste las palabras de la boca.
- Es primera vez que haces esto.
- Sí.
- Se nota mi amor, estás nervioso.
- Un poquito.
- Relájate no más.
- Cuánto me sale el servicio
- Cincuenta lucas normal, setenta completo-. Casi me
dio un ataque. Era carísima, aunque dispuesto a pagar.
- Y cuál es la
diferencia-.
- El normal es solo sexo oral y contacto normal, el
otro incluye greco.
- Ok, quiero el último.
- ¿Vienes ahora?- preguntó.
- Eh, no mañana en la tarde.
- Pero amor- me dijo- pudo haberme confirmado
mañana-. Soltando una risa embriagadora- bueno- mañana entonces a qué hora.
- A las cinco, después de que salga del trabajo.
Dónde queda ubicado.
- En Tobalaba con Providencia, te doy la dirección
mañana.
- Bueno nos vemos,
- Chao.
Finalmente había decidido finalizar mi abstinencia.
Sin embargo, una duda me surgió de la nada: ¿Qué era greco?
Otra vez me metí a Internet y buscar el significado
del término.
Greco: chilenismo para hacer referencia el sexo anal.
Me quedó clara la película.
V
Esa mañana hizo un frío horrendo. El termómetro
indicaba dos grados bajo cero. El hielo se adhería a los
vidrios de los vehículos cristalizando los parabrisas. La gente caminaba
entumida, tiritando y quienes venden cafés en las esquinas, obtuvieron
suculentas ganancias.
Yo, en cambio, al levantarme de la cama, decidí
vestirme abrigado. Me puse una bufanda, un
abrigo y un gorro de aquellos que usan los rusos. No presté mucha
atención en clases, ni tampoco en el trabajo. Sólo quería que acabase el día
para ir a satisfacer la necesidad.
A las cuatro tr salí de la oficina con dirección al
lugar indicado. Corría una brisa helada que te golpeaba como cuchillo cualquier
punto donde no te protejas del frío. Las personas caminaban como apretadas,
compungidas, haciendo muecas por las temperaturas. Yo no era la excepción.
Caminaba entre tiritones, intentando calentarme con una sopaipilla.
Diez para la cinco de la tarde y llamo a Amaranta.
-Amaranta
- Con ella
- Yo agendé una cita contigo ayer en la noche
- sí, lo recuerdo muchachín
- Estoy en las coordenadas que me indicaste anoche,
dame la dirección, por favor.
Ella me entregó los datos y di con la dirección. Era un
edificio como cualquier otro de Santiago, rectangular con un par de ventanas y lindos balcones
donde seguro se tenía una vista privilegiada de la capital.
Entré y en la sala de estar me recibió un conserje
sentado tras el mostrador. Vestía camisa celeste, manchada con algo grasoso a
la altura del pecho y unos pantalones grises.
-Buenas tardes.
- Buenas- respondí.
- A dónde va
- Al 705.
- Su nombre por favor.
- Carlos Ramírez- mentí
- momento por favor.- levantó el citófono y dijo mi nombre, luego
movió la cabeza e indicó que subiera. Le
hice caso. Ya en el ascensor, mire mis ojos. Era lo único que se veía del
rostro, porque éste estaba cubierto por una bufanda y un sombrero gris que no
desentonaba con el terno que llevaba puesto. No me había cambiado de ropa, ya
que en la mañana había dado un examen y como a los abogados les gusta ser
formales, no tuve más alternativa que usarlo todo el día.
Al llegar al séptimo piso, estaba un tanto nervioso. Mis
piernas tiritaban como gelatina y al llegar al departamento 705, me dieron
ganas de abortar el plan. Estuve unos segundos dubitativo, no obstante, cerré
los ojos tocando el timbre. Pasaron unos minutos cuando la puerta se abrió
ingresé sin que nadie me recibiera. Luego sentí
que la madera se cerraba atrás de mí.
- Hola- me dijo una muchacha de cabello castaño,
ondulado, ojos verdes redondos, casi de animación japonesa. Usaba un sexy
conjunto rojo que resaltaba una silueta plagada de curvas… yo quedé aterrado. La chica caminó hacia la pieza, mientras yo
quedé paralizado.
- Eres tímido mi amor- dijo- por que no te quitas
esas cosas que llevas puestas.
Le hice caso, saqué primero el sombrero, luego desenrollé
la bufanda café. Ella seguía contemplando la ciudad por la ventana. Cuando se
dio vuelta, la muchacha se puso pálida y una lágrima corrió por su mejilla.
- Ma… ma… Martín.
- Tantos años sin vernos, Carolina… o debo decir
Amaranta.- Mi ex novia cayó sentada en un sillón de cuero en el living, se tomó
la cabeza, pasando sus dedos lentamente por su cabellera.
- Déjame explicarte todo.
- No te preocupes- respondí aparentando calma- ya me
quedó todo claro y las explicaciones después de tanto tiempo no valen la pena.
- yo.. yo, nunca te que quise…-
- Vine por un servicio y quiero que me lo des- repuse
- es que…
- Nada de peros… puta-. La tomé con firmeza volviendo
a sentir su piel tersa, llevándola a una de las habitaciones. Al abrir la
puerta apareció una cama de dos plazas, un velador y un cuadro colgaba en la
cabecera. La arrojé en la cama dándole una cachetada. Ella ni siquiera gritó,
me bajé los pantalones, junto con sus calzones y nuestros sexos quedaron al
aire. La penetré con brusquedad, ella emitió un chillido pequeño, como el de
una gata, la sentí dentro con una impotencia que se reflejó en las embestidas.
- Date vuelta- ordené. Ella aceptó lo hice por detrás.
Yo escuchaba su gemido dolorido mientras yo descargaba el semen entre sus
nalgas.
Caminé hacia donde estaban los pantalones me los puse
y de la billetera arrojé la tarifa. Salí en silencio. Llegué a la calle y encendí
un cigarro pensando que Dios es un hijo de puta que nos odia a todos.
Enviado por degolando
el 05/02/2010 a las 22:28
Por aquí pasó John Rambo. Yo estaba escondido en un granero. Era un niño. Habré tenido cinco o seis años cuando arribó como hurancán por mi pueblo, sólo recuerdo que vi explosiones, fuego, muerte. Delante de mis ojos vi como él mataba a mi padre con un cuchillo que brillaba en la oscuridad. Vi como violaba a mi madre y la degollaba como si fuese una gallina vieja. Vi como sus ojos de guerrero sediento de sangre iban acabando con todo. No habrán sido más de cinco minutos o tal vez menos... ni siquiera alcanzamos a ser extras de su película. Yo tuve que enterrarlos a todos y nadie siquiera me nombró en los créditos
Enviado por degolando
el 30/01/2010 a las 20:51
- La pequeña gigante será la próxima ministra de cultura.
Dicen que es más cara de palo que Paulina Urrutia
- El tío escafandra es acusado de pederasta
- Cizarro le roba un palo al tío escafandra
-El sr escafandra tiene corazón de palo igual que piñera
- Se levantó el "pequeño gigante" del tío Paul.
- la pequeña gigante anda "puro maraqueando"
- Es idea mía o parece que la pequeña gigante llegó carretea a Chile
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